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SORPRENDENTE Y AUTéNTICA

Princess Hotel

Bienvenidos al sudeste de Cuenca

Publicado

27 de Octubre 2025

Redactor

Laura

Fortuño

Hay algo de insondable misterio, discreto y silencioso, en este territorio. Será por la combinación de la llanura con las montañas, o por su condición de encrucijada de culturas, o porque en estos paisajes de asombrosa vocación mediterránea la vida discurre aferrada a las raíces, ajena a la urgencia del mundo.

Son las comarcas de La Manchuela y La Serranía Baja las que ocupan este rincón caracterizado por servir de transición entre las llanuras agrícolas de La Mancha y las sierras del Sistema Ibérico. Una mutación que pasa de la belleza horizontal del paisaje, allí donde los campos parecen océanos de trigo, a las suaves ondulaciones de un incipiente relieve que también presenta sorprendentes desniveles.

El agua nutre el alma de estos parajes, como en el resto de las tierras serranas, regalando vida y belleza. Está presente en humedales, lagunas, embalses y manantiales, pero especialmente en dos señores ríos, el Júcar y el Cabriel, que no solo trazan cauces serpenteantes, sino que rompen con su ímpetu la roca caliza, cincelando vertiginosas hoces. Tierra de paso para las distintas civilizaciones entre la meseta y el levante, también el patrimonio cultural sorprende por su magnificencia. Especialmente en los pueblos, desperdigados al abrigo de la naturaleza, en los que se deja sentir el peso de la historia, en los que se recuerda que aquel pasado de beligerantes reinos y señoríos medievales ha quedado escrito en los muros de las iglesias, los palacios y las fortalezas.

Estos destinos pequeños y apacibles comparten una arquitectura tradicional de casas de piedra y calles enlosadas, de plazas solemnes y viejos puentes que salvan las brechas fluviales. Son, además, guardianes de tradiciones artesanas que perduran desde tiempo inmemorial, así como de arraigadas fiestas y celebraciones que ensalzan la alegría y que, cómo no, rinden tributo al paladar con una gastronomía deliciosa. Ahora bien, si hay algo cautivador y que conquista corazones en este rincón, es la esencia de las pequeñas cosas, la entrañable cotidianeidad: el tañido de las campanas al amanecer, los paseos en bicicleta, el aroma a tierra mojada, el humo de las chimeneas, la mirada perdida entre los colores cobrizos que ya despuntan... El otoño es fabuloso para descubrir una Cuenca repleta de atractivos, en ocasiones eclipsados por un amplio catálogo de maravillas.

Corazón rural y auténtico

Mira, muy cercana a tierras valencianas, es un buen punto de partida para explorar. La localidad, enmarcada por la Serranía Baja y atravesada por los ríos Ojos de Moya y Cabriel, atesora los mejores ejemplos de arquitectura popular serrana. La belleza de sus casas blancas con puertas, ventanas y balcones de madera, grandes aleros y fachadas de vigas vistas, convierte en una delicia el perderse por las tortuosas callejuelas que parten de la porticada Plaza Mayor, corazón del pueblo. ¿Las más bonitas? Las Truchas, Calicanto, Lorza, Capellán y de la Cruz, donde se alza la conocida casa de Antón Martín, nacido aquí en 1500, quien fuera primero discípulo y después sucesor y continuador de la obra hospitalaria de san Juan de Dios.

Rutas de senderismo

Caminos que conducen a una naturaleza desbordante.

Varias rutas de senderismo llevan a ese objetivo, como la PR-53, que sigue la ribera, o la PR-50, que atraviesa la hoz del Agua y la Cerrada con unas vistas maravillosas. Otras conducen a la Sierra de los Cuchillos, allí donde las hoces están encañonadas y las paredes son más verticales, o al rincón conocido como La Playeta y La Lastra, una zona de baño permitido, pero... de aguas gélidas. Son caminos que discurren por la frondosidad de un bosque mediterráneo de pino, carrasca, quejigo, jara, romero y lentisco, y por el que sientan sus reales ejemplares de fauna tan emblemáticos como el águila perdicera, que anida en los afloramientos rocosos, la cabra montesa, visible en zonas altas, y la nutria, que nada en las aguas y que, con suerte, hasta se deja fotografiar.

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Pueblos con encanto, patrimonio vivo

Una vez deslumbrados por el entorno natural, conviene recorrer sin prisa otros pueblos del sudeste de Cuenca, en los que el tiempo parece congelado. Sus señas de identidad remiten a las diferentes culturas que los han habitado (iberos, romanos, árabes...) y que hoy se ensamblan en una apreciada mezcolanza, por lo que visitarlos supone siempre un viaje al pasado. Algunos alcanzan notoria fama, como ocurre con Alarcón, una reliquia medieval situada junto a la hoz del Júcar y considerada entre las localidades más bonitas de Castilla-La Mancha. En su imponente fortaleza, posada sobre una abrupta elevación, el infante don Juan Manuel escribió gran parte de su obra literaria, quizá también El conde Lucanor. Otros pueblos, sin embargo, resisten en el anonimato, pese a ser dueños de una hermosa arquitectura y destilar esa atmósfera de lugares tranquilos, ensimismados en su propia historia, anclados en una autenticidad solo apta para viajeros pausados. Desperdigados por las colinas y dotados de sistemas defensivos (torres, barbacanas y baluartes) que, si bien desproporcionados para su diminuto tamaño, son una muestra de su inexpugnable poderío. Villanueva de la Jara es uno de ellos, con un notorio patrimonio histórico artístico que hace obligatoria la visita. Son tantos los tesoros arquitectónicos que se debe ir con calma, empezando por la Plaza Mayor, donde además de la torre del reloj y el restaurado pósito, hay edificios de gran interés como el ayuntamiento, renacentista (siglo XVI), la Posada Massó, con su secreto pasadizo, o Villa Enriqueta, un palacio del siglo XIX hoy reconvertido en viviendas.