El Bosque de Béjar: la única villa de recreo renacentista de España está en Salamanca y merece una visita
Un duque del siglo XVI quiso tener su propia villa italiana en la sierra de Béjar. Casi cinco siglos después, su jardín, su palacete y un enorme estanque siguen allí, a apenas dos kilómetros de la ciudad.
Puede que uno de los mejores caprichos de la aristocracia española del siglo XVI esté a dos kilómetros del centro de Béjar, Salamanca, y que, aun así, mucha gente no haya oído hablar de él. En 1567, Francisco de Zúñiga y Sotomayor, IV duque de Béjar, decidió transformar una finca vinculada a su familia en algo que por entonces resultaba exótico por estos lares: una villa de recreo construida según modelos del Renacimiento italiano. Palacete, jardines, huertas, bosques, fuentes, prados y un enorme estanque componían un lugar pensado para retirarse, recibir invitados y demostrar, de paso, que el poder también podía expresarse a través del paisaje.
Casi cinco siglos después, El Bosque de Béjar continúa dentro de su recinto histórico y conserva la relación entre arquitectura, agua, jardines, huertas y terreno que definía el proyecto. La documentación patrimonial lo considera uno de los ejemplos más antiguos y completos de villa suburbana renacentista del ámbito hispánico, mientras que las Cortes de Castilla y León han destacado que es el único que mantiene íntegros sus componentes arquitectónicos y espacios libres dentro del recinto original. Más que un parque bonito con edificios antiguos (categoría en la que sería fácil colocarlo tras una visita), estamos ante una forma de entender el territorio que llegó a España desde Italia y que aquí dejó muy pocos ejemplos.

Un poco de Italia en Salamanca
Para entender El Bosque hay que mirar hacia la Italia del Renacimiento. La villa suburbana recuperaba una idea que venía de la Antigüedad: salir de la ciudad sin renunciar a las comodidades, el protocolo ni la representación social. Durante el Renacimiento, las grandes familias italianas convirtieron esa tradición en una sofisticada mezcla de arquitectura, agricultura, ocio y paisaje.
El modelo encontró en Béjar un terreno adecuado. El lugar ocupa un pequeño valle rodeado por las cumbres de la sierra, con abundancia de agua y una topografía que permitió organizar el conjunto mediante terrazas. Para conseguirlo hubo que intervenir a lo grande: mover tierras, levantar una nueva presa y construir una regadera de unos 3.200 metros que desviaba parte del agua de la Garganta del Oso. El jardín renacentista tenía belleza pero también mucha ingeniería.
La composición seguía un eje y descendía por distintos niveles. Arriba estaban el palacete y el gran estanque; más abajo, el jardín ornamental; después aparecían las huertas y los espacios productivos. Entre 1583 y 1585 se documentan aquí manzanos, perales, verduras, legumbres, fresas, frambuesas y olivos.
Y luego está el agua. El estanque mide unos 68 por 77 metros, una escala que cambia por completo la percepción del conjunto. Servía para almacenar y distribuir agua hacia las cotas inferiores, pero también formaba parte del espectáculo. A su alrededor fueron apareciendo fuentes y espacios de recreo: la Fuente de los Ocho Caños, fechada en 1577; La Rotonda, de 1583; y, ya en el siglo XVIII, la Fuente de la Sábana. Todo estaba conectado.

El Renacimiento no se quedó congelado
Uno de los atractivos de El Bosque es que sus casi cinco siglos de historia no han sido borrados para fabricar una versión ideal del XVI. El jardín ornamental, por ejemplo, cambió durante el siglo XIX, cuando el gusto romántico sustituyó parte de la geometría renacentista por recorridos más sinuosos e incorporó especies exóticas. De aquel momento procede una de las presencias más llamativas de la finca: una enorme secuoya. También el templete de la isla central del estanque que vemos hoy pertenece a una fase posterior y responde a una estética que bebía de la moda de Eiffel.
Ese cruce de épocas le sienta bien. Frente a esos jardines históricos restaurados hasta adquirir un aspecto sospechosamente perfecto, El Bosque conserva capas. Los Zúñiga mantuvieron la propiedad hasta 1869, cuando pasó a manos de una familia vinculada a la industria textil, actividad inseparable de la historia moderna de Béjar. En 1999 fue adquirido por las administraciones públicas y en la actualidad su gestión corresponde al Ayuntamiento de Béjar y a la Junta de Castilla y León.

Su reconocimiento patrimonial venía de mucho antes. En 1946 fue declarado Jardín Artístico Nacional y hoy está protegido como Bien de Interés Cultural con categoría de Jardín Histórico. En 2025, Castilla y León adecuó formalmente su declaración y delimitación, insistiendo en algo importante: El Bosque debe entenderse como una unidad, desde los edificios y jardines hasta los prados, el monte y el sistema hidráulico que hizo posible todo lo demás.

Una excursión que cambia la idea de Béjar
La ciudad suele aparecer asociada a su pasado textil, a la sierra y a La Covatilla, pero esta finca introduce una historia inesperada: la de una pequeña corte ducal conectada con las ideas arquitectónicas que circulaban por Europa en pleno siglo XVI.
La visita gana cuando se hace sin prisas y prestando atención a las relaciones entre las partes. El palacete es sobrio; el gran golpe de efecto llega al salir hacia el estanque. Después aparecen las fuentes, los desniveles, los árboles centenarios, las huellas del jardín romántico y las antiguas áreas productivas.
Por eso resulta tan extraño que El Bosque siga siendo relativamente desconocido fuera de Salamanca. Si este conjunto estuviera en la Toscana, probablemente habríamos visto su estanque unas cuantas veces antes de llegar. Está en Béjar, a poco más de dos kilómetros de su centro, rodeado de castaños y sierra. No te lo pierdas.