Los mejores destinos para bañarse en otoño son estas islas mediterráneas: están llenas de pueblos con encanto
El mejor momento para bañarse en el Mediterráneo llega cuando muchos ya han dado el verano por terminado. Menos gente, temperaturas más agradables y un mar que conserva durante semanas el calor de agosto.
El mar tiene peor memoria que nosotros. Mientras septiembre activa de inmediato esa absurda maquinaria de "vuelta a la rutina" —chaquetas en los escaparates, agendas nuevas, primeras conversaciones y escapadas de otoño—, el Mediterráneo tarda más en enterarse del cambio de estación. El agua ha acumulado calor durante julio y agosto y lo pierde lentamente, de modo que en algunos puntos de Europa bañarse a finales de septiembre resulta más apetecible que hacerlo a principios de junio.
El final del verano ya no consiste solo en perseguir los últimos 35 grados, sino en buscar el lugar donde todavía se pueda desayunar fuera, ir a la playa a mediodía y cenar con una camisa encima del bañador. Y, de paso, recuperar algunos destinos que en agosto pueden resultar difíciles de defender: demasiados coches, demasiadas tumbonas, demasiada gente intentando hacer exactamente lo mismo.

Creta más allá de sus playas famosas
Creta tiene un pequeño problema de escala. En el mapa parece manejable; sobre el terreno, sus 260 kilómetros de este a oeste aconsejan olvidarse de la fantasía de ver toda la isla en cuatro días. Mucho mejor escoger una parte y tomársela en serio.
El oeste permite empezar por Chania, probablemente la base más apetecible para una primera visita. Su puerto veneciano es una delicia visual, pero la ciudad mejora cuando uno se aleja unas calles del frente marítimo: antiguas casas otomanas, talleres, pequeñas tiendas y una escena gastronómica envidiable. La isla tiene además una cultura culinaria con suficiente personalidad como para dedicarle el viaje: dakos, quesos locales, verduras, aceite de oliva, pescado y la típica costumbre griega de pedir demasiados platos y asumir las consecuencias.
Desde Chania se puede conducir hacia el sur y cambiar completamente de registro. Paleochora, Sougia o la costa alrededor de Sfakia ofrecen una Creta más seca, montañosa y menos domesticada. Y si Balos o Elafonisi siguen estando en la lista, conviene recordar que las playas famosas son famosas por algo, pero no necesariamente tienen que ocupar todos los días del viaje.

Malta sin quedarte en la Blue Lagoon
Malta también mejora cuando se deja de tratar como un catálogo de aguas transparentes. Valletta es una de las capitales más pequeñas de Europa y una de las más densas en arquitectura: los Caballeros de la Orden de San Juan dejaron palacios, fortificaciones e iglesias barrocas en una cuadrícula que se recorre muy bien a pie. Siglos después, Renzo Piano añadió el actual Parlamento y la intervención sobre las ruinas de la Royal Opera House.
Al otro lado del Grand Harbour están Vittoriosa, Senglea y Cospicua, las Three Cities, una excursión que merece bastante más atención que algunas de las paradas obligatorias que copan las guías. Y después está Gozo, donde el ritmo cambia de manera casi inmediata. Victoria y su ciudadela sirven como centro de operaciones para recorrer una isla de carreteras pequeñas, iglesias de dimensiones inexplicables para los pueblos que las rodean y calas en las que terminar el día.

Sicilia, elegir bien es parte del viaje
Sicilia no admite prisas. Es enorme, las distancias engañan y las carreteras pueden convertir una planificación ambiciosa en una sucesión de horas al volante. Para un viaje corto con el mar todavía como protagonista, el sureste tiene la combinación perfecta.
Siracusa y, sobre todo, la isla de Ortigia permiten instalarse varios días sin sentir que se está utilizando la ciudad simplemente como dormitorio. Hay mercados, palazzi, plazas barrocas y plataformas desde las que bajar directamente al agua. A una hora aproximadamente aparecen Noto, Modica, Ragusa y Marzamemi; y entre medias, la reserva natural de Vendicari ofrece kilómetros de costa.
Además, esta es una Sicilia que se disfruta especialmente alrededor de una mesa. Granita con brioche por la mañana, tomates Pachino, almendras de Avola, pasta alla Norma, pescado y vinos del Etna o de la zona de Noto.

Chipre, el Mediterráneo más oriental
Para quien se niegue seriamente a despedirse del verano, Chipre es probablemente la apuesta más contundente. En septiembre, la temperatura media del mar se acerca a los 28 ºC y en octubre continúa alrededor de los 26 ºC; las máximas diurnas en la costa pueden mantenerse en torno a los 27-29 ºC durante buena parte de octubre.
Aquí conviene mirar más allá de los grandes resorts. Paphos permite combinar costa con uno de los conjuntos arqueológicos más importantes de la isla; la península de Akamas ofrece una versión mucho menos urbanizada del litoral; y Limassol se ha convertido en una base interesante para quien quiera restaurantes, hoteles contemporáneos y algo de ciudad entre baño y baño. En el interior, las montañas de Troodos introducen otro registro completamente distinto, con pueblos, monasterios bizantinos y temperaturas sensiblemente más frescas.
La propia oficina de turismo chipriota considera septiembre y octubre meses adecuados para nadar y tomar el sol, y señala que el mar abierto se mantiene por encima de los 22 ºC entre junio y noviembre.