NO TE PIERDAS
El pueblo más bonito y desconocido de la Costa Brava tiene dólmenes y una escritora única
Descubre la otra Praga: una ruta por los lugares más desconocidos de la ciudad de las cien torres
Praga tiene un pequeño problema de éxito: sus monumentos son tan espectaculares que cuesta mirar más allá. Conviene hacerlo. A pocos minutos del centro aparece una ciudad menos monumental e igual de interesante.
Praga recibió en 2025 cerca de ocho millones de visitantes, una cifra extraordinaria para una ciudad que ronda los 1,4 millones de habitantes. El dato nos sirve para visualizar algunas escenas del centro: grupos esperando frente al reloj astronómico, circulación lenta sobre el puente de Carlos y una concentración de tiendas de recuerdos que puede hacer pensar que la ciudad termina aproximadamente donde acaba Staré Mesto. Es una percepción comprensible. Pero también equivocada.
Porque una de las ventajas de Praga es su escala. El tranvía tarda muy poco en llevarte a un escenario totalmente distinto y, sin necesidad de plantearse grandes expediciones, aparecen barrios residenciales, edificios funcionalistas, mercados, centros de arte contemporáneo, cafés sin hacer cola y algunas de las intervenciones arquitectónicas más interesantes de la ciudad. La cuestión es sencilla: dedicar al menos un día a salir del circuito que conecta la plaza de la Ciudad Vieja, Malá Strana y el castillo. Y empezar, por ejemplo, en Vinohrady.

Vinohrady y Vrsovice: mirar hacia arriba, pero a otros edificios
Vinohrady fue durante mucho tiempo uno de los grandes barrios burgueses de Praga y todavía conserva algo de esa seguridad: avenidas arboladas, edificios de finales del XIX y principios del XX, restaurantes pequeños y vida de barrio. Su nombre significa literalmente "viñedos", recuerdo de las plantaciones que ocuparon estas colinas siglos atrás.
Uno de sus centros naturales es námestí Jirího z Podebrad, una plaza por la que merece la pena llegar hasta aquí. Varias mañanas a la semana se celebra un mercado de productores locales, pero el verdadero protagonista permanece inmóvil en uno de sus extremos: la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, proyectada por Joze Plecnik y terminada en 1932.

Plecnik es un nombre fundamental para entender la Praga del siglo XX. El arquitecto esloveno trabajó para el presidente Tomás Garrigue Masaryk en la remodelación del castillo y aquí construyó una iglesia rotunda, extraña y difícil de confundir con cualquier otra: gran fachada de ladrillo, enorme reloj circular y una geometría que sigue siendo moderna. Después de varias horas entre barroco y gótico, supone un cambio de registro considerable.
Desde aquí se puede continuar hacia Vrsovice pasando por Havlíckovy sady, conocido como Grébovka, uno de esos parques que no siempre aparecen entre los imprescindibles de una primera visita. Conserva incluso un pequeño viñedo, además de una gruta artificial y una villa neorrenacentista.

Vrsovice ha ido reuniendo durante los últimos años pequeños proyectos gastronómicos, estudios creativos y espacios culturales, especialmente alrededor de Krymská. La calle adquirió fama como epicentro alternativo de la ciudad, aunque conviene rebajar las expectativas de quien espere encontrar un Shoreditch centroeuropeo. Cerca están espacios como Vzlet, un antiguo cine convertido en centro cultural, y Petrohradská kolektiv, dedicado al arte contemporáneo.
La arquitectura vuelve a proporcionar una buena excusa para caminar hasta Cechovo námestí. Allí está la iglesia de San Wenceslao, diseñada por Josef Gocár, uno de los grandes arquitectos checos del siglo XX y figura esencial del cubismo y el funcionalismo del país.
Holesovice: cuando Praga dejó de mirar al pasado
Si hubiera que elegir un barrio para entender hacia dónde se ha desplazado parte de la energía cultural de la ciudad, probablemente sería Holesovice. Está al norte del centro, al otro lado del Moldava, y durante buena parte del siglo XX fue una zona industrial vinculada a fábricas, almacenes, mataderos y ferrocarril.
El caso más evidente es DOX, el principal centro independiente dedicado al arte contemporáneo de la República Checa. Ocupa una antigua fábrica y desde 2016 tiene sobre su cubierta una de las piezas arquitectónicas más reconocibles de la nueva Praga: Gulliver, una estructura de madera con forma de dirigible diseñada por Martin Rajnis. Dentro se suceden exposiciones, literatura, debates, teatro y música.

Holesovice tiene otro punto de interés en Prazská trznice, el antiguo matadero municipal inaugurado a finales del XIX y convertido posteriormente en mercado. El enorme recinto de pabellones continúa en transformación y mezcla puestos de alimentación con restaurantes, eventos y espacios culturales.
Muy cerca, Vnitroblock reutilizó otro antiguo complejo industrial para reunir café, diseño, exposiciones y actividades culturales. Es el tipo de proyecto que ha proliferado por media Europa durante la última década.
También merece una visita el Veletrzní palác, sede de la Galería Nacional dedicada al arte moderno y contemporáneo. El edificio, construido entre 1925 y 1928 por Josef Fuchs y Oldrich Tyl, fue uno de los mayores edificios funcionalistas del mundo en el momento de su inauguración. Le Corbusier lo visitó y, aunque criticó algunos aspectos del proyecto, reconoció la ambición de aquella arquitectura checoslovaca que estaba intentando hablar un idioma radicalmente distinto al de las agujas góticas del centro.

Karlín y Zizkov, dos maneras de terminar el día
Karlín queda a unos minutos en metro de Staré MÄsto, pero el cambio urbano es inmediato. El barrio quedó gravemente afectado por las inundaciones de 2002 y su reconstrucción aceleró una transformación que todavía continúa: antiguos edificios industriales conviven con oficinas contemporáneas, restaurantes y viviendas cada vez más cotizadas.

Es también uno de los lugares donde mejor se come actualmente en Praga. Eska, del grupo Ambiente, convirtió una antigua fábrica en restaurante y panadería y ayudó a demostrar que la cocina checa contemporánea podía alejarse del repertorio turístico de goulash y trdelník.
Desde Karlín, el túnel peatonal bajo la colina de Vítkov permite alcanzar Zizkov, históricamente uno de los barrios obreros de Praga y todavía uno de los que conservan mayor personalidad.
Su monumento inevitable es la torre de televisión de Zizkov, 216 metros de arquitectura tecnológica inaugurada en 1992 y considerada durante años una intrusión brutal en el perfil de Praga. Las esculturas de bebés gigantes de David Cerný que trepan por su estructura terminaron de convertirla en uno de los edificios más discutidos de la ciudad. Por eso merece la pena verla. Igual que todos estos barrios de Praga.