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Este es el rincón más bonito y desconocido de la Provenza: una finca vinícola muy artística
Este es el rincón más bonito y desconocido de la Provenza: una finca vinícola llena de obras de arte por la que puedes darte un paseo idílico
El Château La Coste es un territorio sagrado para la viticultura, pero también para el arte contemporáneo. Aquí los viñedos se funden con la arquitectura de Jean Nouvel, Tadao Ando o Renzo Piano, y con las obras artísticas de Louise Bourgeois o Ai Weiwei. Pasear, mirar, comer o dormir en este rincón de la Provenza es un lujo.
La Provenza tiene el don de convocar a las musas con suma facilidad, y también a nosotros, seducidos por sus múltiples encantos. Ya sean los de un pueblo como Gordes, en lo alto de una colina y salpicado de árboles, entre los que asoma la piedra con su rotundidad de siglos. Ya los de Cassis, que enamoró a Virginia Woolf y está a la orilla del mar, exhibiendo una mediterraneidad que abruma y es el preludio de esa joya natural que son las Calanques.
Por esta región histórica y cultural de Francia, que tan cerca queda de España, nos hemos internado esta vez en busca de un château que empezó siendo una finca vinícola, con una extensión que ronda las 200 hectáreas, y ha terminado convertida en un centro de peregrinación para los amantes del arte contemporáneo, a impulso del coleccionista irlandés Patrick MacKillen. En el Château La Coste se puede recorrer un Paseo de Arte y Arquitectura con parada en más de 40 estaciones -léase obras de arte-, a las que hay que sumar sus exposiciones temporales.
Qué ver en el Château La Coste
Esto es solo el aperitivo de un complejo provenzal que tiene un restaurante proyectado por eTadao Ando, una bodega diseñada por Jean Nouvel o un pabellón-auditorio firmado por Oscar Niemeyer -su último proyecto-. Todo entre viñedos, pero también pinos piñoneros, olivos, robles y cipreses, que no podían faltar. Para colmo, está en Le Puy-Sainte-Réparade, a solo 20 minutos de Aix-en Provence, que es el pueblo del pintor Paul Cézanne, donde se alza la montaña que tantas veces retrató, la Sainte-Victoire.

Todo en estos pagos está a este nivel, al de los principales artistas de nuestros tiempos. Se ha concebido como un museo al aire libre. Ya la puerta de entrada es un muro de hormigón que lleva el sello del propio Tadao Ando. Suyos son también el Centro de Arte, la Capilla, los Bancos de origami y los Cuatro cubos para contemplar nuestro entorno, que invitan a la reflexión sobre el medio ambiente. En un lugar como este no podía faltar una araña de Louise Bourgeois. Y la tenemos. Esta Araña agazapada fue creada por la artista francesa en 2003 e instalada en el château en 2010.
De Bob Dylan a Ai Weiwei o Richard Serra
Este periplo artístico nos lleva hasta el Dead End (2018), de Sophie Calle; al Rail Car, de Bob Dylan, una instalación de vagones de carga de hierro sobre vías de tren, que remite al pasado del cantautor; al Círculo de piedras de río (2019), de Richard Long, formado por cantos rodados extraídos del río Durance; o al Wall of ligth cubed (2007), de Sean Scully, compuesto por más de mil toneladas de piedra caliza gris, azul y roja. De este último son también las Cajas llenas de aire (2015).

El que vaya atraído por el vino ecológico de este château, e incluso por la gastronomía, que se despliega en sus muchos restaurantes, se encontrará con el camino trazado por Ai Weiwei, el Ruyi Path (2017), hecho con adoquines del puerto de Marsella, puerta de entrada a Europa durante siglos, y vinculado, por tanto, a la actual crisis de refugiados, un tema que vertebra la obra del artista chino. O con un tótem en amarillo brillante en medio de los pinos; es el Faux-pas (2006) de Franz West. Richard Serra establece un diálogo entre la naturaleza y el hombre de hoy con las enormes láminas metálicas de Aix (2008). Mientras, Tom Shannon juega con su Drop (2009), y Alexander Calder hace lo mismo con uno de sus móviles.
Del pabellón de Renzo Piano al restaurante de Tadao Ando
Asimismo, la arquitectura está representada por la mano maestra de Richard Rogers, artífice de La Galería, con una impresionante estructura en voladizo. Por el Pabellón de Exposiciones (2017) de Renzo Piano, excavado a seis metros de profundidad para integrarlo en el viñedo. Por el Pabellón de Música (2008) de Frank Gehry, realizado en colaboración con la Serpentine Gallery. O por el Komorebi (2018), de Kengo Kuma, un término japonés referido a la manera en que los rayos de luz se filtran entre los árboles. La estructura está hecha de ipé, madera conocida como nogal brasileño.

Se podría seguir hasta el infinito, por la dimensión filosófica que cobran algunas de estas obras, pero se baja a la realidad, aunque la arquitectura sea de Tadao Ando, cuando se está ante un menú adaptado a las estaciones y con productos de la propia huerta, o con una taza de té genmaicha.
Comer entre obras de arte
En la colorida Terrasse Provençale se pueden degustar ensaladas, sopas de temporada, embutidos artesanales y quesos orgánicos. También se rinde homenaje al terruño en el restaurante Louison, con el chef Pietravalle al frente y en medio de una estética deslumbrante. Y la lista de templos del buen comer, sin salir de La Coste, continúa.

Ver, pasear, mirar, inspirarse, catar, comer y, si uno puede y quiere darse el lujo, dormir. Villa La Coste es un hotel de cinco estrellas con 31 suites, diez de ellas con piscina privada y todas con terraza con vistas a las colinas del Parque Natural Regional de Luberon. Además de jardines, biblioteca, bar y spa. Como alternativa, el Auberge La Coste, cien por cien provenzal, con 71 habitaciones por donde entra a raudales la luz.