Puertas de madera a media altura y agua bajando por las calles: así es Candelario, el pueblo más curioso de Salamanca
En las laderas de la Sierra de Béjar, Candelario conserva una arquitectura única en España. Sus batipuertas, herencia de la tradición chacinera, son la clave para entender la historia de este pueblo serrano.
A 75 kilómetros de Salamanca y a 1.100 metros de altitud, Candelario es uno de esos pueblos de Castilla y León que, además de bonitos, son curiosos. Peculiares. No solo por su aspecto —un entramado de calles empedradas, balcones de madera y fachadas encaladas—, sino por haber sabido conservar intacta una forma de vida serrana.
Aquí todavía se curan embutidos de manera artesanal, las chimeneas se encienden con leña de encina, y el agua baja por canalillos tallados en piedra que cruzan las calles. Todo responde a una lógica práctica que hunde sus raíces en siglos de adaptación a la montaña.
Con poco más de mil habitantes, Candelario fue durante siglos un centro chacinero de referencia en España. Su prosperidad vino del cerdo y de un invento arquitectónico tan simple como ingenioso: la batipuerta, esa media puerta de madera que protege las casas del frío y la nieve mientras permite la entrada del aire necesario para curar los embutidos. En ningún otro lugar del país se conserva tan bien este elemento.
Hoy, las batipuertas son un símbolo local, una seña de identidad y, también, la excusa perfecta para visitar un pueblo que parece detenido en un equilibrio exacto entre tradición y belleza.
Candelario, donde las batipuertas cuentan la historia
Pasear por Candelario es leer su historia en las fachadas. Las batipuertas, colocadas en la parte inferior de las entradas, servían para impedir que entraran animales o nieve en las casas mientras se ventilaban los interiores. La razón era puramente práctica: casi todas las viviendas funcionaban también como pequeñas fábricas de embutidos. La estructura típica incluía un zócalo de piedra, balcones de madera para secar productos y canales por los que corría el agua limpia de la sierra.
Aún pueden verse esas canalizaciones originales en las calles de la Cuesta de la Romana o la Calle Mayor, que conservan el trazado medieval del pueblo. Muchas casas lucen escudos familiares tallados en piedra, testimonio de los antiguos comerciantes de embutidos que hicieron fortuna con el jamón serrano y el chorizo de Candelario.
El Museo de la Casa Chacinera, instalado en una vivienda tradicional, recrea cómo era la vida doméstica en el siglo XIX, con herramientas originales, ropa de época y un recorrido por todo el proceso de la matanza. Es uno de los mejores ejemplos de etnografía rural de Castilla y León y ayuda a entender por qué el pueblo ha sido escenario de películas y series ambientadas en siglos pasados.

Invierno con alma serrana
El encanto de Candelario aumenta en invierno. Las nevadas tiñen de blanco las calles estrechas y los tejados de pizarra, y el olor a humo de leña impregna el aire. El pueblo forma parte de la Reserva de la Biosfera de las Sierras de Béjar y Francia, una de las más extensas de la península, donde abundan los castaños, acebos y robles centenarios.
A menos de 15 minutos, la estación de esquí de La Covatilla es una de las más cómodas de Castilla y León, con pistas amplias, vistas al Sistema Central y una cota máxima de 2.000 metros. Incluso si no se esquía, el trayecto merece la pena por la panorámica del valle. Desde allí pueden hacerse rutas de senderismo o raquetas de nieve hasta los lagos del Trampal y la zona de Hoya Moros, dos parajes de montaña frecuentados por montañeros y fotógrafos.
También merece una visita la vecina ciudad de Béjar, a solo 6 kilómetros. Su casco antiguo conserva restos de muralla medieval y un interesante Museo Textil, que recuerda el pasado industrial de la comarca. En verano, Béjar acoge el festival Blues Béjar, pero en invierno mantiene un aire reposado y elegante, ideal para combinar con la calma de Candelario.

El mejor lugar para comer, descansar y desconectar
Comer en Candelario es casi tan importante como pasearlo. El restaurante La Candela, en el centro del pueblo, se ha convertido en una referencia por su cocina tradicional reinterpretada con sensibilidad contemporánea. Su menú incluye guisos de cuchara, carnes a la brasa y una carta de vinos breve pero bien elegida. El local, con techos de madera y paredes de piedra, encarna a la perfección el espíritu serrano: calor, producto y sencillez.
Para dormir, el hotel rural El Jardín del Laurel es la opción más encantadora. Una casa de piedra rehabilitada con solo unas pocas habitaciones, un pequeño jardín y vistas a la sierra. Su interior mezcla mobiliario antiguo con detalles actuales y un desayuno casero que hace honor a la fama gastronómica de la zona. Desconexión de la de verdad.

Naturaleza y tradiciones vivas
Candelario no es un pueblo que se visite solo por su arquitectura. Es también punto de partida para explorar una comarca llena de naturaleza y cultura. Las rutas de senderismo del entorno del río Cuerpo de Hombre permiten recorrer antiguos molinos y bosques de castaños hasta la Dehesa de Candelario, un paraje con vistas sobre todo el valle.
En febrero, la localidad celebra la Matanza Típica, declarada de Interés Turístico Regional. Durante varios días se organizan demostraciones, degustaciones y desfiles con trajes tradicionales que mantienen viva la memoria del oficio que dio forma al pueblo.
Y si la visita coincide con días fríos, no hay mejor plan que caminar sin rumbo por sus calles empedradas, escuchar el agua correr por las canaletas y tocar con la mano las viejas batipuertas. Cada una tiene una historia y, juntas, cuentan la del pueblo entero.
