El pueblo de Ávila donde los duques de Alba pasaban los veranos: está a menos de dos horas de Madrid y su palacio es espectacular
A poco menos de dos horas de Madrid, Piedrahíta combina pasado nobiliario, vida de plaza y paisaje de sierra. Aquí los Alba veraneaban con palacio propio y hoy se viene a caminar, comer bien y bajar revoluciones.
Cruzando el suroeste de la provincia de Ávila y a poco menos de dos horas de Madrid (la distancia justa para considerarse cerca), Piedrahíta aparece como una de esas villas que funcionan bien para una escapada corta porque concentran varias cosas a la vez: historia reconocible, vida local auténtica y un entorno natural que empieza prácticamente al salir del casco urbano. Está situada a más de 1.000 metros de altitud, en el valle del Corneja, como Bonilla de la Sierra, con la Sierra de Gredos muy cerca, y eso explica tanto su clima más fresco como su papel histórico como lugar de retiro estival.
Durante siglos, Piedrahíta fue un enclave relevante dentro del mapa nobiliario castellano. No es un que haya crecido al margen de la historia: fue señorío, tuvo muralla, actividad comercial y una relación directa con uno de los grandes linajes del país, la Casa de Alba. Ese pasado sigue siendo legible si se recorre el pueblo con algo de contexto.
Un palacio que por sí solo ya merece una visita
El edificio que nos ha llevado hasta esta zona de Ávila es el Palacio de los Duques de Alba, levantado en el siglo XVIII como residencia de verano del linaje. Conviene aclarar algo importante: el palacio no es hoy un museo ni un hotel, y precisamente ahí está una de sus particularidades. El edificio alberga en la actualidad un centro de enseñanza infantil y primaria, el CEIP Gran Duque de Alba, y sus jardines funcionan como parque público de la localidad.
Esto condiciona la visita y también la hace más interesante: el palacio no se contempla como una pieza aislada, sino como parte activa del día a día del pueblo. Ver a los niños entrar a clase en un edificio de esta escala y pasear por unos jardines que siguen teniendo uso público da una idea bastante clara de cómo Piedrahíta ha integrado su patrimonio sin sacralizarlo.
El palacio se sitúa junto a uno de los tramos conservados de la muralla medieval, lo que permite entender la doble naturaleza del lugar: villa defensiva primero, residencia nobiliaria después. Desde ahí, el casco histórico se despliega hacia la Plaza Mayor, uno de los espacios más agradables del pueblo y el punto donde realmente se mide su pulso actual. Es una plaza amplia, porticada, con multitud de terrazas y tránsito constante, donde se cruzan vecinos y visitantes.

Vida de plaza en Piedrahíta
En esa plaza está uno de los rituales gastronómicos más comentados de Piedrahíta: la croqueta de huevo del bar Vine Tree. No es una croqueta cualquiera, se hace alrededor del huevo, con una bechamel bien ligada y ese contraste de textura que la ha convertido en una referencia local. No es un plato especialmente sofisticado ni pretende serlo, pero funciona como marcador de lugar: quien pasa por Piedrahíta y se sienta en la plaza acaba pidiéndola. Y es común que suelan repetir.
Desde la Plaza Mayor se entiende bien la escala del pueblo. Las calles salen en abanico hacia iglesias, casas blasonadas y antiguos espacios comerciales. Una parada obligatoria es la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, que mezcla restos románicos con reformas posteriores y refleja la evolución arquitectónica de la villa.

El entorno de Piedrahíta
Uno de los grandes atractivos de Piedrahíta es que, sin ser un destino de montaña en sentido estricto, está muy cerca de Gredos. En menos de media hora en coche se accede a puertos, praderas y rutas que permiten caminar sin necesidad de grandes preparativos. El entorno del Puerto de Peña Negra, por ejemplo, ofrece panorámicas amplias del valle y rutas sencillas que funcionan bien para una mañana tranquila. También el propio río Corneja permite paseos de ribera en tramos accesibles desde el pueblo, especialmente agradables en primavera y verano.
Para completar la escapada, merece la pena acercarse a Bonilla de la Sierra, a unos veinte minutos. Es uno de los conjuntos medievales mejor conservados de la zona, con muralla, trazado compacto y una sensación clara de villa histórica. Es una visita breve, fácil de combinar con Piedrahíta en el mismo fin de semana, y sirve para entender cómo funcionaba esta parte de Ávila como red de pequeños núcleos con roles distintos.
Dormir y comer en Piedrahíta
En cuanto al alojamiento, no hay grandes hoteles ni propuestas de lujo, y eso juega a favor del destino. Una opción concreta y bien valorada es el Hotel Rural Cayetana, situado en el propio municipio. Es un alojamiento pequeño, cómodo, pensado para descansar y moverse a pie por el pueblo sin complicaciones. Encaja bien con la lógica de la escapada: dormir bien, salir temprano a pasear o a la sierra y volver sin depender del coche para todo.
Comer en Piedrahíta es sencillo y coherente con el entorno. Además de la parada obligatoria en Vine Tree, el pueblo ofrece cocina castellana reconocible: carnes, guisos, productos de temporada y raciones pensadas para compartir. No hace falta planificar demasiado; basta con seguir el movimiento de la plaza y preguntar. La ventaja es que los tiempos aquí son manejables: no hay colas interminables ni reservas imposibles.
Fue un lugar elegido para el descanso estival por una de las casas nobiliarias más importantes del país, y esa función de refugio sigue vigente, aunque ahora sea más democrática. Está cerca de Madrid, tiene historia visible, paisaje inmediato y una vida local que no se ha diluido. Para una escapada de dos o tres días, ofrece exactamente lo que promete. Y eso, hoy, no es poco.
