La bella ciudad gallega que decidió quitar los coches y ganó calidad de vida: casco histórico y naturaleza
Pontevedra decidió hace más de veinte años devolver las calles a los peatones. Hoy es una ciudad que se recorre a pie, se vive despacio y funciona mejor.
A finales del siglo XX, mientras muchas ciudades europeas seguían ampliando carriles y aparcamientos, Pontevedra tomó una dirección opuesta. En 1999, el Ayuntamiento inició un proceso profundo de transformación urbana: reducir el tráfico rodado, priorizar al peatón y devolver el espacio público a quienes lo usan. No fue una intervención puntual. Fue un cambio de modelo, como ocurre en Hydra, la isla sin coches.
Hoy, más de veinte años después, la ciudad registra algunos de los mejores indicadores de seguridad vial, calidad del aire y ruido urbano de España, y su centro histórico es un ejemplo práctico de cómo se puede vivir mejor en una ciudad mediana. Lo mejor, con esta decisión siguió siendo una ciudad administrativa, comercial y universitaria, pero con una diferencia fundamental: caminar volvió a ser la forma natural de moverse. Esa decisión ha marcado su fisonomía, su ritmo y su manera de relacionarse con el entorno.
Hoy, Pontevedra es una de las ciudades europeas con menor tasa de atropellos mortales, con niveles de ruido y contaminación muy por debajo de la media urbana y con un centro histórico donde caminar no es una actividad secundaria, sino la norma. Su modelo ha sido estudiado por universidades, citado por la ONU y replicado -con mayor o menor éxito- en otras ciudades del mundo.

Qué ver en Pontevedra en un día (a pie)
Pontevedra tiene una ventaja de partida: el tamaño. El centro histórico y los barrios colindantes forman un entramado compacto donde casi todo queda a menos de quince minutos caminando. La peatonalización no rompió la ciudad; la cosió. Plazas que antes funcionaban como rotondas se convirtieron en espacios de encuentro. Calles que eran atajos para coches ahora son corredores tranquilos para vecinos, niños y terrazas.
El recorrido lógico empieza en la Alameda, uno de los espacios verdes más agradables de la ciudad. Diseñada en el siglo XIX, funciona como antesala natural del casco histórico, con vistas abiertas hacia la ría y un ambiente muy local. Desde aquí se accede directamente al centro, sin transiciones bruscas ni grandes avenidas.
A pocos pasos aparece la Basílica de Santa María a Maior, uno de los grandes hitos del gótico gallego tardío. Su fachada, ricamente decorada y orientada hacia el mar, refleja la importancia histórica de Pontevedra como puerto comercial. El interior, sobrio y bien proporcionado.

Desde la basílica, el paseo continúa por una sucesión de plazas que definen el carácter de la ciudad. La Praza da Ferrería, amplia y muy vivida, actúa como punto de encuentro. A escasos metros, la Praza da Peregrina acoge el santuario homónimo, uno de los edificios más singulares de Galicia por su planta en forma de vieira, símbolo del Camino Portugués a Santiago, que atraviesa la ciudad.
Las plazas, el río Lérez y la ciudad abierta
El trazado peatonal conduce después a la Praza da Leña, ejemplo perfecto de plaza gallega bien proporcionada, rodeada de casas nobles de piedra y pequeños locales. Muy cerca están la Praza da Verdura y la Praza de Teucro, que completan un casco histórico compacto, fácil de recorrer y sorprendentemente coherente. Todo ocurre sin ruido de tráfico, sin semáforos y sin prisas.
El río Lérez marca el límite norte del centro y funciona como espacio de transición entre la ciudad y el paisaje. El paseo fluvial es uno de los lugares más utilizados por los vecinos para caminar o correr, y conecta directamente con la Illa das Esculturas, un parque al aire libre donde arte contemporáneo y naturaleza conviven. Desde aquí se entiende bien la relación de Pontevedra con su entorno: una ciudad que se abre hacia el agua y el verde.

Dormir en un antiguo palacio
Para alojarse en el centro histórico, la mejor opción es el Parador de Pontevedra, situado en el Palacio de los Condes de Maceda, un edificio renacentista del siglo XVI. Dormir aquí, además de una cuestión de comodidad, aporta contexto: muros de piedra, patios interiores y una ubicación que permite recorrer toda la ciudad a pie desde primera hora.

Comer bien en la ciudad (y más allá)
En el propio casco histórico destaca O Eirado da Leña, uno de los restaurantes más sólidos de la ciudad. Su cocina parte del recetario gallego tradicional, trabajada con técnica actual y un respeto absoluto por el producto. El comedor, ubicado en una antigua casa de piedra, acompaña con sobriedad una propuesta gastronómica clara y bien ejecutada.
Para quienes quieran completar la escapada con una experiencia más inmersiva, a unos treinta minutos de Pontevedra se encuentra el restaurante de Pepe Vieira, situado en plena naturaleza y acompañado de habitaciones integradas en el paisaje. Es una opción ideal para combinar ciudad y entorno rural, entendiendo la gastronomía como parte del viaje como hacen los auténticos "foodies".