Las islas del tesoro
Las playas casi desiertas, donde descansan embarcaciones de pesca y recreo, son un lujo. FOTO : D.R.

Las islas del tesoro

Poco conocido por el viajero que visita Reino Unido, el archipiélago de las Sorlingas constituye un pedacito ignoto de la Inglaterra más amable y tradicional.

Paul Richardson | Abril 7, 2026

Las Sorlingas (Scilly Isles, en inglés) son un conjunto de 140 islas situado a 45 kilómetros del extremo occidental de Cornualles, de las que solo cinco de ellas están habitadas.

Envueltas en leyenda como una niebla que llega del mar, se encuentran entre los rincones más pintorescos y románticos de Reino Unido.  Y como ocurre en todos los lugares especiales, llegar hasta ellas forma parte de la aventura. Se puede  conducir hasta Penzance, para después hacer la travesía de dos horas y media en el ferry Scillonian. Otra opción es, desde ese mismo punto intermedio, volar en una avioneta de 19 plazas hasta el destino. Y, finalmente, también se puede viajar en un tren nocturno de Londres a Penzance y subirse luego a un helicóptero, en un trayecto que dura unos 20 minutos.

Yo elegí la tercera posibilidad, y pronto me di cuenta de que era la ganadora. Mi camarote privado en el Great Western Railway Night Riviera Express desde la estación de Paddington estaba limpio, bien climatizado y perfectamente equipado, con frescas sábanas blancas y un pequeño lavabo. Y al llegar al helipuerto adiviné que sobrevolar el mar iba a ser casi una experiencia religiosa. De pronto aparecieron en la infinidad del océano unos pocos islotes rocosos, luego un puñado de islas más grandes, donde se empiezaban a vislumbrar casas, campos verdes y franjas de arena blanca bañadas por un mar azul cerúleo que te trasportaban a un lugar de cuento.

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Los Abbey Gardens, en la isla de Tresco. FOTO: D.R.

De otro mundo

Recomiendo aterrizar en St Mary’s, la isla de mayor tamaño y donde residen la mayoría de los 2.054 habitantes del archipiélago, y alojarte en el Star Castle, una fortaleza isabelina que alberga probablemente el mejor hotel de las islas, sin menospreciar el Karma, en St Martin’s, y el Hell Bay Hotel, en Bryher. Mi habitación daba a un minúsculo puerto con barcos de madera meciéndose en las aguas cristalinas.

Aquí perderse es difícil, pero encontrarse es uno de los mejores recuerdos que puedes llevarte. Basta con bajar caminando desde el castillo hacia Hugh Town, diminuta capital del archipiélago y un pueblo marinero de tosco granito gris. Las casas, con sus ventanas de guillotina pintadas de blanco o azul pálido y algún que otro modesto detalle georgiano o victoriano, un porche arqueado o unas modestas columnas, sumergen al viajero en otra realidad. Una de las cosas que más llama la atención es que apenas hay tráfico, y es que se puede ir a pie a todos lados. El pueblo cuenta con un supermercado básico, un par de establecimientos de fish and chips, salones de té tradicionales y dos antiguos de pescadores, el Mermaid y el Atlantic.

En la tienda de ultramarinos Mumford, un viejo letrero en el escaparate reza ‘St. Bruno: A Man’s Tobacco’ (tabaco de hombre). El ambiente es curioso y sorprendente, un poco como estar en el decorado de una serie de televisión ambientada en la Inglaterra de posguerra.

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El cementerio de Kenneth Sidney Crawley, en la isla de Bryher. FOTO: D.R.

En estado puro

La vida aquí depende de la flota de pequeñas embarcaciones que trasladan pasajeros y mercancías entre las islas. El corto viaje se puede compartir con un grupo de escolares, una caja de langostas y un puñado de turistas, pero aún así vale la pena, por ejemplo, hacer la travesía para conocer la pequeña isla vecina de Tresco. Una vez allí, partiendo del muelle de piedra, que conduce un laberinto de caminos rurales salpicados de flores silvestres, lo ideal es dejarte llevar.

Tresco pertenece al ducado real de Cornualles, cuyo actual dueño es el príncipe Guillermo, aunque desde hace muchos años se arrienda a la aristocrática familia Dorrien-Smith. Esta gestiona todos los aspectos de la isla, una mezcla de nostálgico idilio rural y exclusivo club de campo.

En los cuidados jardines de las distintas propiedades, con nombres tan evocadores como Sandy Lane, Sea Breeze y Sunbeam, las palmeras ondean y grupos de majestuosos echiums con flores de color azul intenso se alzan junto a la carretera, recordándome más a las Islas Canarias que a ningún otro lugar de Inglaterra. En los Abbey Gardens, un mágico jardín botánico del siglo XIX, senderos sinuosos desembocan en bosques fantasmales, donde las bromelias crecen hasta alcanzar tamaños gigantescos. Calentadas por las corrientes, que cruzan el Atlántico desde el Golfo de México, las Sorlingas disfrutan de un microclima subtropical que rara vez baja de los 5 °C.

La isla de Bryher, a la que se llega a bordo de un barco carguero, el Britannia, tiene un encanto más salvaje y agreste. En la parte occidental sopla un vendaval sobre las rocas negras de la orilla que te hipnotiza. Mientras, en cara oriental, protegida del temporal, reina la calma. Las lápidas del cementerio cuentan una historia de tiempos duros por estos lares: Kenneth Sidney Crawley, nacido en 1928, “se perdió en el mar”, según rezan estas losas.

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Mesa y mantel

El Ruin Beach Café es el mejor restaurante de Tresco, con un ambiente playero y una carta relajada (linguini con cangrejo local; ensalada niçoise con caballa y patatas de Cornualles…). Otro sitio recomendable es Hell Bay Hotel (Bryher). En St Mary’s, Dibble & Grub. Aquí los jóvenes cocineros Button Veseigh y Sam Pinkersgill trabajan los ingredientes isleños en pequeños platos con toques de España, Marruecos y Persia.

El marisco es una especialidad del archipiélago. En el restaurante del hotel Star Castle hay que probar la langosta que pesca su propietario y prepara a la plancha. El cangrejo local capturado por la familia Pender es la estrella de The Crab Shack, en Bryher, un chiringuito ubicado en un antiguo granero de piedra.

También vale la pena visitar la destilería artesana SCDogs, de Andrew Walder, que elabora licores de alta calidad.