De viaje en familia por la ruta de los volcanes, en Islandia
Islandia concentra en pocos kilómetros algunos de los paisajes más extremos y fascinantes de Europa. La ruta de los volcanes, que une Reikiavik con la laguna glaciar de Jökulsárlón, permite descubrirlos en un itinerario tan accesible como sorprendente.
Islandia es un destino salvaje e hipnótico, de geografía sorprendente y clima impredecible, donde el paisaje evoluciona palmo a palmo. Para descubrirlo y disfrutarlo a fondo, nada como perderse en su ruta de los volcanes, que parte de la capital, Reikiavik, y se dirige hacia el sureste del país. La aventura exige planificación y tiempo, pero la recompensa merece la pena. Hablamos de un territorio en el que late la energía subterránea de los géiseres y de los viejos glaciares, salpicado de playas y cascadas imposibles y surcado por carreteras que animan a detenerse cada pocos kilómetros. Sin prisa, con libertad y para todos los públicos.

Reikiavik: punto de partida entre diseño y naturaleza
Además de muy creativa, la capital islandesa es pequeña y manejable, y eso, en un viaje como este, supone una ventaja: todo resulta accesible. Dedicad al menos una jornada completa a disfrutarla, a perderos en su animada agenda cultural y a dejaros llevar por su atmósfera abierta y familiar. Los más pequeños de la casa vibrarán en el Perlan, un museo interactivo dedicado a la naturaleza, y en las piscinas geotérmicas repartidas por la zona, como las de Laugardalslaug, Sundhöllin, Hvammsvík y Sky Lagoon.
No os perdáis la visita a la torre Hallgrímskirkja (se sube en ascensor, así que no hay excusas), desde donde tendréis unas vistas imponentes de los tejados de colores de la ciudad, del mar y, al fondo, de las montañas. Y no olvidéis de pasear por el puerto ni de adentraros en el espectacular edificio Harpa, que acoge conciertos, exposiciones y conferencias y puede presumir de un diseño que deja con la boca abierta.

Dónde comer y dormir en Reikiavik
Islandia es un país que invita a las caminatas y a la aventura, y es fácil caer en la tentación de salirse de las rutas marcadas. Por eso es tan importante que planifiquéis la contratación de un seguro a la medida de vuestro viaje. Una opción completa es ASISA Travel and You, especialmente pensado para salidas familiares al extranjero. Es flexible, fácil de contratar y adaptable a la duración y el destino. Cuando lo necesitas, basta con hacer una llamada; los traslados son ilimitados por enfermedad, accidente o fallecimiento y tiene garantía de anulación sin incremento de precio.
Con esta misma filosofía, también es buena idea elegir un cuartel general a la medida de vuestras necesidades y organizar las comidas para aprovechar el tiempo al máximo… sin renunciar a la gastronomía local ni a propuestas con enorme tirón popular. Estas son algunas propuestas interesantes:

A través del Círculo Dorado
El llamado Círculo Dorado es una ruta de unos 250 kilómetros que nace (y desemboca) en Reikiavik. Sobre el papel, se recorre en tres horas y media. En la práctica, ocupa, como mínimo, un día entero. No porque la carretera 36 se encuentre en mal estado (al contrario), sino porque cada parada merece su tiempo.
Thingvellir es, literalmente, una grieta visible en la Tierra, un valle donde se separan las placas euroasiática y norteamericana. El paisaje es sobrio: grandes paredes oscuras de basalto, llanuras cubiertas de musgo verde intenso y senderos para conocer a fondo la zona en dos horas, aproximadamente. Ver la interacción del agua y la roca es una experiencia hipnótica.

A unos 50 kilómetros, el entorno cambia de forma radical: el verde desaparece y el terreno se vuelve mineral, con tonos ocres, grises y blancos, charcos de agua en ebullición y fumarolas constante. El gran protagonista es el géiser Strokkur, que entra en erupción cada pocos minutos. Más allá del espectáculo puntual, lo interesante es el conjunto: el olor a azufre, el vapor que sale del suelo, la sensación de que el terreno está vivo.
Apenas 10 minutos más adelante, en Gullfoss, el paisaje muta de nuevo. El río Hvítá se encajona en un cañón y cae en dos niveles sucesivos. Abruman la altura, el volumen de agua, la proximidad de los mirados y el ruido permanente de salto, que puede observarse desde varios caminos. Si tenéis suerte y sale el sol, descubriréis una explosión de arco iris.
El agua como gran espectáculo
Al dejar atrás el Círculo Dorado y conectar con la carretera 1 —la arteria principal de Islandia—, el paisaje comienza una transformación progresiva que marca uno de los momentos más interesantes del viaje. Durante los primeros kilómetros, resulta casi amable: praderas abiertas de un verde intenso, granjas aisladas con tejados de chapa y pequeñas elevaciones que suavizan el horizonte. Es una Islandia todavía domesticada, en la que la presencia humana se deja notar. Sin embargo, ese equilibrio dura poco. A medida que se avanza hacia el sur, el terreno se vuelve más húmedo y las montañas empiezan a ganar altura y carácter. Entonces aparecen, casi sin transición, las grandes cascadas.

La de Seljalandsfoss es una de las más singulares del país, no tanto por su tamaño como por su forma. El agua se precipita desde una pared de roca relativamente fina, lo que permite rodearla por completo a través de un sendero que discurre por su parte trasera. Caminar tras la cortina de agua —con el suelo mojado, el efecto del viento y la luz filtrándose entre las gotas— convierte la visita en una experiencia casi física.
Por su parte, Skógafoss supone un cambio de escala; aquí la caída es frontal, amplia y contundente: una cortina de agua perfectamente definida que se desploma desde unos 60 metros y genera una nube constante de vapor. La base es accesible y permite acercarse lo suficiente como para sentir la fuerza del caudal.

Hacia Vik
A partir de este punto, el verde pierde protagonismo y la geología volcánica empieza a imponerse. La tierra se oscurece, el musgo cubre antiguos campos de lava y el viento se vuelve más presente. La sensación es la de estar entrando en un territorio más primitivo. Dicha transformación, alcanza su cima en Reynisfjara, que ofrece una de las imágenes más icónicas del país: la arena negra, a base de restos volcánicos, contrasta con el blanco de la espuma del Atlántico, mientras las columnas de basalto se elevan en formas geométricas casi perfectas. Hablamos de un lugar imponente, pero también imprevisible: las olas pueden ser peligrosas, por lo que conviene mantener siempre la distancia.
A pocos minutos se encuentra Vik, una pequeña localidad que funciona como base ideal en este tramo del viaje. Se trata de uno de los pocos puntos de la costa donde encontraréis servicios completos: gasolinera, supermercado, restaurantes y alojamientos de distinto tipo. Es, en cierto modo, el enclave más cómodo antes de que el territorio se vuelva más remoto.

Skaftafell: la transición hacia el hielo
Desde Vik, la carretera 1 se adentra en uno de los paisajes más característicos del sur de Islandia. El tráfico disminuye, las distancias entre núcleos habitados se estiran y la sensación de aislamiento se intensifica. Durante muchos kilómetros, el entorno está dominado por grandes extensiones de lava cubiertas por una capa de musgo verde que, en determinadas condiciones de luz, adquiere un aspecto casi irreal. Son campos aparentemente planos, pero formados por materiales volcánicos solidificados que generan una textura irregular bajo esa capa vegetal.
El Parque Nacional de Skaftafell, junto al inmenso glaciar de Vatnajökull, combina valles amplios, lenguas de hielo que descienden entre montañas y zonas de vegetación densa en áreas protegidas. Uno de los recorridos más accesibles es el que conduce hasta la cascada de Svartifoss. El sendero, bien señalizado y de dificultad moderada, asciende suavemente durante aproximadamente una hora, por un paisaje que va ganando complejidad. La recompensa es una caída de agua enmarcada por columnas de basalto que recuerdan a un órgano natural, una formación geológica tan estética como singular.
Skaftafell es también uno de los mejores puntos para iniciarse en las excursiones sobre hielo: caminar con crampones por una lengua glaciar, explorar grietas o adentrarse en pequeñas cavidades permite comprender la dimensión real de este entorno y su constante transformación.

Recuerda que…
En formato breve o de larga duración, a solas o en compañía, los viajes se disfrutan más cuando ciertas preocupaciones se quedan en tierra. Es lo que ocurre al contratar el seguro ASISA Travel and You, que cubre posibles incidentes durante la escapada, ya sea por ocio, por trabajo o por estudios. Se trata de un producto de prestación de servicio, lo que significa que no tendrás que adelantar cantidad económica alguna y que nunca el capital asegurado se quedará corto. ¿Sus coberturas? Entre otras, asistencia sanitaria hasta un millón de euros por persona, asistencia legal, pérdida de equipajes, demora en la entrega, búsqueda y localización. anulación e interrupción de viaje (hasta 4.000 euros por persona), demora de viaje y pérdida de servicios, indemnización por fallecimiento o invalidez en accidente de 6.500 euros (si es en medio de transporte, 20.000) o responsabilidad civil privada de 60.000 euros por persona. Además, incluye la garantía que supone el sello ASISA, especialista en salud desde hace más de 50 años.