Viviendo una experiencia de otra época
Viajar en tren cobra una nueva dimensión de placer y descubrimiento a bordo del renovado Dolce Vita Orient Express, que recorre a ritmo reposado algunos de los más bellos parajes italianos.
En la lujosa sala de espera de la estación Ostiense de Roma, el tren sale dentro de una hora, pero la dolce vita ya está en marcha. Hay capuchinos, champán helado y exquisitos aperitivos italianos. Dentro del tren, un trío de piano, saxofón y contrabajo ameniza el trayecto con clásicos del jazz, entre los que reconozco un tema de Miles Davis, 'Take The A-Train'.
Lo que estoy a punto de coger es un tren en otro sentido bien distinto. La Dolce Vita es una versión renovada de la legendaria marca Orient Express, que eleva el listón de los viajes en tren a cotas nunca alcanzadas en los espléndidos 140 años de historia de la marca.
En el monótono entorno de este andén de cercanías los vagones lucen elegantes en tonos azules con detalles dorados. A las 12:07 horas sale el tren para embarcarnos en un trayecto de ida y vuelta de 24 horas por los viñedos de Toscana, una de las ocho rutas –todas en Italia– que han ido entrando en funcionamiento este año.

Arte, gastronomía... y cócteles de autor
Cruzamos el río Tíber y avanzamos por Trastévere. Me instalo en mi suite, de generosas dimensiones, con una cama doble, un pequeño sofá, una mesa lacada, sillones tapizados en cuero, un minibar y un baño de mármol con ducha de alta presión. En el pasillo, imágenes en blanco y negro del fotógrafo de sociedad Marcello Gepetto (el paparazzi original) reflejan el mundo dorado de los años 60 de Fellini y Mastroianni, de Lollobrigida, Loren y Cardinale.
El almuerzo, servido en el vagón comedor, totalmente blanco, es un menú degustación creado por el chef Heinz Beck, con tres estrellas Michelin, servido ágilmente por camareros uniformados y acompañado de vinos italianos premium. Mientras damos buena cuenta del festín, al otro lado de la ventana los bloques de viviendas de la posguerra dan paso a un paisaje de campos, viñedos y pinares.
A media tarde llegamos a una estación rural que conecta con el pueblo toscano de Montalcino. El programa incluye una visita a la aristocrática bodega de Argiano, del siglo XVI. Comienza con un recorrido privado por la colección de arte renacentista del propietario, el magnate brasileño André Santos Esteves, seguida de una cata y una magnífica cena en el gran salón.
Un momento estrella es regresar de un negroni nocturno en el bar para comprobar que unas zapatillas de terciopelo Friulane (hechas en Venecia) me esperan sobre la cama, junto con un macarrón aromatizado con azafrán. Me impresiona el grado de detalle; el jabón de baño, de la firma artesana Eredi Zucca, viene envuelto en papel de seda y guardado en una caja azul cobalto. Y el librito encuadernado en cuero de la papelería florentina Pineider lleva mis iniciales grabadas en pan de oro. Esto es excelencia.

Tras los pasos de un mito
El Orient Express histórico se inauguró en 1883. Unía diferentes ciudades europeas desde París hasta Estambul. Un escenario que una vez inmortalizado por Agatha Christie se convirtió en sinónimo de lujo e intriga. Estuvo en funcionamiento durante más de un siglo antes de desaparecer en 2009, reconvirtiéndose después en una serie de rutas cortas operadas por Belmond bajo el nombre Venice Simplon-Orient-Express. Ahora Accor ha reactivado la marca.

Con un estilo inconfundible
Un tren sofisticado por fuera, que alberga estancias llenas de glamur. El interior, concebido por los maestros milaneses de Dimorestudio, remite al chic italiano de mediados del siglo XX. Sus formas curvas y superficies brillantes evocan los diseños de Gió Ponti y Gae Aulenti.