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Esta antigua residencia imperial es uno de los hoteles más elegantes de Europa Central
Esta antigua residencia imperial es uno de los hoteles más elegantes de Europa Central
Nacido como residencia privada en el siglo XIX, el Hotel Imperial es hoy una de las mejores puertas de entrada a la Viena clásica y contemporánea.
Algunos edificios no necesitan explicación ni presentación en algunas ciudades porque son internacionalmente reconocidos. La Ópera de París, el Savoy de Londres, el Ritz de Madrid. En Viena ocurre lo mismo con el Hotel Imperial. No hace falta saber que fue un palacio aristocrático ni que ha alojado a emperadores, músicos y jefes de Estado para entender su peso. Basta con verlo en la Ringstrasse, integrado en ese gran bulevar monumental que define la ciudad desde el siglo XIX, para intuir que aquí pasan —y han pasado— cosas importantes.
El Imperial no es uno de esos hoteles de cinco estrellas que ocupan un edificio histórico. Es el edificio. Construido en 1863 como residencia privada del duque de Württemberg y transformado en hotel con motivo de la Exposición Universal de 1873, sigue funcionando como una pieza activa del paisaje urbano vienés.
El Hotel Imperial, de palacio aristocrático a gran hotel
El origen del Hotel Imperial está directamente ligado al momento en que Viena decidió reinventarse. A mediados del siglo XIX, el emperador Francisco José ordenó derribar las murallas medievales y crear la Ringstrasse, un gran bulevar monumental que redefinió la capital del imperio. En ese contexto nació el palacio del duque Philipp von Württemberg, concebido como residencia urbana de representación.
Pocos años después, con motivo de la Exposición Universal de Viena de 1873, el edificio se transformó en hotel. No fue una adaptación improvisada: se respetaron salones, escaleras, proporciones y una forma de entender el lujo basada en el espacio, la simetría y los materiales nobles. Desde entonces, el Imperial ha sido escenario de visitas oficiales, conciertos privados, recepciones diplomáticas y estancias prolongadas de figuras clave de la cultura europea.
Por sus habitaciones han pasado compositores, directores de orquesta, jefes de Estado y artistas que encontraban aquí algo que no siempre ofrece un hotel moderno: continuidad.

Dormir en un fragmento de la Viena imperial
Alojarse en el Hotel Imperial es algo más que dormir en un cinco estrellas con todos sus servicios. Es hacerlo en un edificio donde los techos altos, las molduras, las lámparas de araña y los tejidos pesados siguen teniendo sentido. Las habitaciones y suites conservan una estética clásica. Pero todo está pensado para funcionar hoy: confort actual, silencio real y una atención que entiende el lujo como discreción.
Las suites imperiales, algunas con salones independientes y vistas a la Ringstrasse, mantienen una escala poco habitual en la hotelería contemporánea. El servicio es otro de los pilares. Aquí la hospitalidad es precisa, heredera de una tradición centroeuropea donde la excelencia se demuestra sin necesidad de subrayarla.

La ubicación: Viena a pocos pasos
Uno de los grandes valores del Imperial es su ubicación. Desde la puerta principal se accede caminando a algunos de los puntos clave de la ciudad. La Vienna State Opera está a pocos minutos, igual que el Musikverein, sede de la Filarmónica de Viena y uno de los auditorios más importantes del mundo.
El centro histórico, con la catedral de San Esteban, los cafés clásicos y las calles comerciales, se recorre a pie. Y hacia el sur, el Palacio Belvedere ofrece una de las mejores combinaciones de arte y arquitectura barroca de la ciudad, con los jardines como transición perfecta entre visitas.

Viena más allá del cliché imperial
Viena es una ciudad consciente de su pasado, pero no vive atrapada en él. Más allá de los grandes iconos —Ópera, Hofburg, catedral de San Esteban— hay una Viena contemporánea que merece atención y que encaja muy bien con una estancia en el Imperial.
El MuseumsQuartier es uno de los mejores ejemplos. Un antiguo complejo imperial convertido en uno de los distritos culturales más activos de Europa, donde conviven museos como el Leopold o el mumok con patios abiertos, librerías especializadas y una vida urbana muy moderna.
Otro punto clave es el Naschmarkt, el gran mercado de la ciudad. Más allá del atractivo gastronómico, funciona como termómetro social: puestos históricos, restaurantes contemporáneos y una mezcla constante de locales y viajeros.
Y para quien busca verde sin salir de la ciudad, el Prater sigue siendo una lección de urbanismo: un parque inmenso, atravesado por avenidas arboladas, donde caminar, correr o simplemente desconectar sin esfuerzo.

Comer en Viena: alta cocina y un ritual muy dulce
Para los que buscan una experiencia gastronómica de alto nivel, Steirereck es la referencia absoluta. Dos estrellas Michelin, producto austríaco llevado a un nivel técnico impecable y una ubicación privilegiada en el Stadtpark.
Otra dirección imprescindible es Mraz & Sohn, más informal en el ambiente, pero extremadamente precisa en lo culinario. Aquí la creatividad no está reñida con la solidez, y la experiencia resulta moderna sin perder profundidad.
Para una lectura más clásica y elegante, de toda la vida, que dirían algunos, Plachutta Wollzeile sigue siendo el lugar donde entender la cocina vienesa bien ejecutada, especialmente su famoso Tafelspitz.
Y si hay un ritual ineludible es el de la tarta Sacher. La versión canónica se prueba en el Café Sacher Wien, ligado directamente al hotel del mismo nombre y defendida como patrimonio casi nacional.
Ahora que muchos hoteles históricos han perdido identidad en el proceso de modernización, el Imperial demuestra que otra vía es posible. La experiencia completa se vive en los detalles: en una escalera, en un salón, en una ubicación que conecta pasado y presente.
