Volcanes, hoteles boutique y casas blancas: descubre Arequipa, la ciudad más bonita de Perú
El imponen volcán Misti de fondo. Foto : Amilcar Álvarez (Unsplash)

Volcanes, hoteles boutique y casas blancas: descubre Arequipa, la ciudad más bonita de Perú

Arequipa no compite con Lima, juega otra liga: la de las segundas ciudades que se disfrutan sin prisas, entre volcanes, cocinas históricas y hoteles-boutique escondidos tras muros de sillar blanco.

Aleks Gallardo | Enero 6, 2026

Cuando llegas a Arequipa, descubres rápidamente que Perú tiene una “segunda ciudad” que, en realidad, hace muchas cosas en primera división. Mientras Lima acapara toda la atención, aquí la vida transcurre a otra velocidad, con un centro histórico de piedra blanca declarado Patrimonio Mundial por la Unesco y nombrado Ciudad Creativa de la Gastronomía, un título que no se regala precisamente. 

A 2.300 metros de altura y rodeada por el Misti, el Chachani y el Pichu Pichu, Arequipa sirve como refugio urbano para viajeros que ya han hecho “los básicos” del país. No es necesaria otra lista de imprescindibles, sino un itinerario más selectivo: dónde sentarse a ver cómo se encienden las cúpulas al caer la tarde, en qué picantería se come como un arequipeño de toda la vida o qué hotel-boutique merece la pena pagar para dormir entre muros de convento del siglo XVI.

La eterna ciudad blanca

El apodo de Ciudad Blanca no viene de la niebla ni de algo tan espiritual como la pureza, sino del sillar, esa piedra volcánica clara con la que están construidos palacios, iglesias y casonas del centro. El resultado es un damero de arcos, patios y fachadas talladas que la Unesco calificó como “ejemplo de arquitectura ornamentada” al incluir el casco histórico en la lista de Patrimonio Mundial en el año 2000.

La primera parada lógica es la Plaza de Armas, con la catedral al fondo y los soportales de piedra rodeando el cuadrado. El plan clásico es subir a alguna de las terrazas con vista directa a las torres y pedir un pisco sour. El plan ligeramente mejorado: hacerlo al atardecer, cuando las cúpulas empiezan a iluminarse y los volcanes se recortan al fondo. Si prefieres evitar los sitios demasiado turísticos, busca un hotel con rooftop propio o alguno de los bares de la lista de azoteas de la ciudad, como Sunset Rooftop Bar o el siempre animado Puku Puku Arequipa.

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Plaza de Armas en Arequipa. Foto: Hongbin (Unsplash)

A dos manzanas de la plaza se esconde uno de los espacios más singulares de América Latina: el monasterio de Santa Catalina, una auténtica “ciudad dentro de la ciudad” que ocupa más de 20.000 metros cuadrados de calles empedradas, plazas, fuentes y casas pintadas en tonos azules y rojizos.  La visita, mejor con guía, permite entender cómo vivían las monjas en sus celdas privadas, recorrer cocinas de otra época y pasear por los claustros en silencio. 

Cuando tengas controlado el centro, vale la pena salir a pie hacia San Lázaro, el barrio más antiguo de Arequipa, con casas bajas, plazas pequeñas y un aire de pueblo dentro de la ciudad. Desde allí, un taxi rápido te llevará al mirador de Yanahuara, con sus arcos de sillar y una de las mejores panorámicas del Misti sin necesidad de subir a ningún trekking imposible.

Entre paseo y paseo, anota Mundo Alpaca como parada curiosa: mezcla de pequeño museo, granja urbana y tienda donde se explica el proceso de la fibra de alpaca, con telares tradicionales funcionando en directo. Saldrás con un bonito jerséy, es inevitable. 

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Paseo por el Monasterio de Santa Catalina. Foto: Lorena Samponi (Unsplash)

La capital secreta de la buena mesa peruana

En cuestiones de cocina, Perú lleva años marcando la pauta: el país ha sido elegido destino culinario líder en Latinoamérica y sus restaurantes de alta cocina se cuelan de forma habitual en la lista The World’s 50 Best, con Maido, en Lima, coronado como el mejor del mundo en 2025.  Lo interesante es que esa revolución ya no se queda solo en la capital. La revista Food & Wine ha colocado a Arequipa entre las diez ciudades emergentes con mejor comida del planeta.

Empieza, como mandan los cánones, en las picanterías, esas casas de comida de mediodía donde se sirve menú contundente, mesa larga y poca tontería. Para un primer contacto sin concesiones, reserva en La Nueva Palomino o en La Capitana, dos clásicos donde probar platos tan arequipeños como el rocoto relleno, la ocopa o el chupe de camarones, un guiso de marisco con ají y huacatay que reconcilia con el mundo.

Por la noche, el tono cambia. Zig Zag, en una casona de piedra con escaleras de hierro diseñadas por Gustave Eiffel, es una apuesta segura para probar carnes —incluida llama— servidas en planchas volcánicas y una cocina que mezcla influencias europeas y peruanas. Salamanto, en una casa antigua del centro, juega en otra liga: menú más contemporáneo, producto local, maridajes trabajados y un servicio que no se toma demasiado en serio a sí mismo. Chicha, el proyecto arequipeño de Gastón Acurio, funciona como puente entre tradición y carta moderna.

Además, hay clásicos que siguen mereciendo visita. Sol de Mayo, uno de los restaurantes más antiguos de la ciudad, es ideal si buscas patio con fuentes, música en vivo algunos días y platos tradicionales bordados después de generaciones de práctica. Pide chupe, prueba el pastel de papa y deja sitio para el queso helado, ese postre que no es queso ni helado, pero que en Arequipa se toma como si lo fuera.

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La ciudad de Arequipa desde el arriba. Foto: Mayur Arvind (Unsplash)

Dormir entre muros de sillar

La gracia de Arequipa está en que puedes dormir en edificios que ya estaban en pie cuando todavía se discutía en Europa si el barroco era demasiado barroco. Cirqa —miembro de Relais & Châteaux— ocupa parte de una antigua casa anexa a un monasterio del siglo XVI y la ha convertido en un boutique hotel de apenas unas pocas habitaciones, con techos abovedados, muros de sillar vistos y un interiorismo que mezcla minimalismo, mantas de alpaca y chimeneas estratégicas.  No es barato, pero pocas veces se puede dormir en algo tan histórico. 

Otra opción interesante es Palla Boutique Hotel, conocido por su terraza con vistas a los volcanes, ideal para empezar el día con desayuno largo o terminarlo con una copa mirando cómo se apagan las luces de la ciudad.  

Para quienes viajan con algo más de tiempo, el lujo está en combinar la ciudad con el cañón del Colca. A unas tres horas y media por carretera, Las Casitas, a Belmond Hotel, ofrece villas independientes con chimenea, huerto propio y spa, perfecto para desconectar después de haber exprimido la agenda urbana.  

Antes de marcharte, reserva un par de horas para el Museo Santuarios Andinos, donde se conserva Juanita, la famosa momia inca encontrada en el cercano nevado Ampato. La visita, guiada y muy didáctica, pone contexto histórico a lo que has visto en las calles: recuerda que la ciudad blanca de hoy se levanta sobre un territorio indígena mucho más antiguo.

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Una de las preciosas habitaciones de Cirqa de Relais & Chateaux. Foto: Relais Chateaux

Escapadas entre salares, cañones y volcanes

Una de las ventajas de usar Arequipa como base es que, en menos de tres horas de carretera, puedes cambiar por completo de paisaje. Salares a 4.300 metros, cañones que duplican en profundidad al del Colorado y valles volcánicos declarados geoparque mundial por la Unesco.  

El clásico que sigue mereciendo su fama es el cañón del Colca. Desde Arequipa salen excursiones de uno o dos días que combinan noches en lodges con aguas termales, paradas en miradores y, por supuesto, el famoso balcón de la Cruz del Cóndor, donde se pueden ver planear a estas aves con hasta tres metros de envergadura. Si tienes poco tiempo, el full day funciona; si puedes permitirte el lujo, quédate al menos una noche en alguno de los hoteles de valle.

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Avistamiento de cóndor en el cañón del Colca. Foto: Jean Vella (Unsplash)

Más cerca de la ciudad, la Reserva Nacional de Salinas y Aguada Blanca es el destino perfecto para quien busca algo distinto al circuito Machu Picchu–Lago Titicaca. A unos 100 kilómetros de Arequipa, esta área protegida de más de 366.000 hectáreas combina lagunas saladas, bofedales y planicies donde pastan vicuñas, alpacas y llamas en serio, no como figurantes.  Dependiendo de la época del año, la laguna de Salinas se convierte en un espejo de agua con flamencos o en un salar blanco donde se camina literalmente sobre sal. 

Para entender de verdad de dónde sale la “ciudad blanca”, nada como la Ruta del Sillar. A solo 14 kilómetros del centro, en la base del Chachani, se visitan las canteras de Añashuayco y Culebrillas, donde se extrae la piedra volcánica con la que se construyeron las casonas y templos de Arequipa. Es una excursión de medio día muy manejable, con desfiladeros que recuerdan (en pequeño) a Petra.

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Salinas de Arequipa. Foto: Gala Briela (Pexels)

Cómo organizar el viaje

Arequipa merece, como mínimo, dos noches completas; tres si quieres añadir Santa Catalina con calma, un día gastronómico serio y alguna excursión corta. El clima es seco y templado la mayor parte del año, con días soleados y noches frescas, así que bastan una chaqueta ligera y protector solar. Es un buen intermedio para aclimatarse si vienes de nivel del mar antes de seguir a Cusco o al altiplano.

TURIUM TIPS

Quédate en el centro histórico: busca hotel en torno a la Plaza de Armas o San Lázaro, podrás hacerlo casi todo a pie y tendrás terrazas con vistas al Misti a un par de manzanas.
Reserva las picanterías con antelación: sitios como La Nueva Palomino, La Capitana o Sol de Mayo se llenan los fines de semana. Mejor reservar mesa para el almuerzo, que es cuando se vive de verdad el ambiente.
Aprovecha el atardecer en una azotea: planifica al menos una tarde en un rooftop con vista a la catedral y a los volcanes. 
Cuida el estómago… y el soroche: estás a unos 2.300 metros: los primeros días come ligero, bebe mucha agua, no abuses del alcohol y deja los platos más pesados y el pisco para cuando te sientas adaptado.