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Euskadi sin filtros
En este mosaico natural de cientos de tonalidades verdes, donde el mar, el monte y los núcleos urbanos conviven en perfecta armonía, se vive a otro ritmo, sin prisas, disfrutando de todo lo bueno que ofrece cada rincón.
Hay lugares que no necesitan fuegos de artificio ni sofisticados planes de marketing para deslumbrar, basta con acercarse al territorio para asombrarse desde el primer momento. Eso es lo que ocurre en Euskadi, que ha sabido preservar sus valores, sus tradiciones y sus paisajes sin imposturas y seguir conquistando por méritos propios. Aquí, de hecho, el lujo es llegar y sentirte como en casa.
La costa vasca, el mar como refugio
En esta tierra hay mucho que ver y sentir, tres provincias que conviene recorrer poliki-poliki (despacio), como recomiendan sus habitantes. Esta privilegiada región invita a asomarse a una costa cuidada, a valles de otro tiempo y a bodegas donde celebrar la vida.

Bilbao, que ha aprendido a vivir con su propio reflejo, el del titanio del Guggenheim que cambió la ciudad para siempre y el de la ría en el que se mira, es un buen lugar para empezar la ruta. Pero este es solo un punto de partida. Desde el museo hay un recorrido ideal a pie hasta el Casco Viejo, repleto de tabernas y tiendas por las que perderse. Los arcos de la Plaza Nueva son un buen refugio para potear y tomarse unos pintxos, ese bocado tan euskaldun que condensa pura creatividad. El itinerario puede continuar por cualquier camino que se tome y nunca defrauda. Una visita obligada es el Puente de Bizkaia, un transbordador colgante centenario que une Portugalete y Getxo y que aún se usa como transporte cotidiano.
Hacia el norte, un brazo de mar procedente del río Oka da vida a Urdaibai, un paraíso natural Reserva de la Biosfera de la Unesco, que acoge marismas, playas salvajes y montes. Entre los pliegues de este paisaje se esconden enclaves como Bermeo, con su puerto pesquero, o Gernika, con la Casa de Juntas y el árbol símbolo de las libertades vascas. Desde Bakio, un camino de curvas lleva hasta San Juan de Gaztelugatxe y su mítica ermita.

Y si esta provincia huele a puerto, Gipuzkoa es una sucesión de bahías, colinas y pueblos que parecen haber sido diseñados con una escuadra caprichosa. Siguiendo por la costa, vale la pena detenerse en Zumaia, donde el flysch –esas murallas de roca estratificada que se hunden en el Cantábrico– cuenta la historia de este territorio. Otra parada indispensable es, sin duda, Getaria, pueblo natal de Elcano y de Balenciaga, que combina puerto pesquero y museo de moda, txakoli y parrillas donde el pescado se asa de cara al mar. Y, claro está, Donostia es la postal más conocida, con su playa de La Concha y el barrio de Gros. Pero la ruta se amplifica cuando abandonas la capital y serpenteas el litoral. En el extremo mas oriental se levanta Hondarribia, con su casco histórico amurallado. Y basta apartarse unos kilómetros hacia el interior para cambiar radicalmente de escenario: Tolosa con su mercado de los sábados, Oñati con su aire de ciudad señorial, los valles verdes donde los caseríos siguen elaborando queso Idiazabal como siempre…

Sostenibilidad, vida slow y viñedos
Menos conocida que sus provincias hermanas, Araba despliega un paisaje interior que combina sierras, humedales, viñedos y ciudades tranquilas. Vitoria-Gasteiz, la capital, es un buen ejemplo de diversidad: ciudad de parques, anillos verdes y calles medievales, donde el patrimonio gótico y renacentista convive sin estridencias. Hacia el norte, el Valle Salado de Añana ofrece una de las visiones más inesperadas: un anfiteatro de terrazas blancas donde, desde hace siglos, se extrae sal. De hecho, es la fábrica en activo más antigua del mundo. Más al sur, en Rioja Alavesa, el terreno se dispone en líneas casi perfectas surcadas de viñedos. Aquí el lujo auténtico tiene forma de atardecer visto desde las murallas de Laguardia, villa medieval en alto, con sus calles empedradas, casas blasonadas y bodegas subterráneas. Se pueden visitar las que se alzan con espectaculares diseños o pequeñas cuevas familiares donde este producto tan de la tierra se sigue elaborando casi como antaño. También es posible caminar entre cepas siguiendo la ruta de los dólmenes o contemplar cómo el sol se esconde tras los campos.

Viajar por Euskadi desde esta perspectiva es renunciar, con gusto, a la tiranía de la instantánea fácil. Es aceptar que no vas a fotografiar cada rincón que la IA te haya sugerido y que, por contra, vas a disfrutar de la buena mesa de sus restaurantes, de los paseos atentos, del paisaje. A cambio, te vas a llevar la sensación de haber estado en un lugar que todavía respira autenticidad. Y eso, en estos tiempos, es el mayor de los lujos.