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Las playas paradisíacas de Brasil en las que la selva llega al agua y solo se puede ir a pie
En estas playas paradisíacas de Brasil, la selva llega hasta el agua y solo se pueden recorrer en barco o a pie
A menos de dos horas de Río, Ilha Grande ofrece algo cada vez más difícil de encontrar: playas sin carreteras, selva atlántica intacta y un ritmo que no depende del turismo masivo.
Ilha Grande forma parte del municipio de Angra dos Reis, un archipiélago con más de 300 islas en la costa sur del estado de Río de Janeiro. La isla principal —la que da nombre al conjunto— tiene unos 193 km cuadrados, está cubierta en más de un 80% por Mata Atlántica protegida y, lo más relevante para entenderla, no tiene carreteras ni coches. Ese dato define completamente la experiencia porque obliga a moverse a pie o en barco, eliminando de golpe cualquier lógica de turismo rápido. No hay desplazamientos inmediatos ni accesos directos: todo requiere un pequeño esfuerzo, y por eso todo se disfruta de otra manera.
Durante décadas, Ilha Grande estuvo fuera del radar turístico. Funcionó como colonia penal hasta los años noventa y eso frenó cualquier desarrollo urbanístico masivo. Hoy, ese pasado explica su presente: una isla donde la selva llega hasta el agua, donde no hay grandes resorts y donde el paisaje sigue imponiendo sus propias reglas. Un territorio que ha llegado bastante intacto hasta ahora, de los que pocos quedan.

Cómo llegar a Ilha Grande
Desde Río de Janeiro, el trayecto hasta Ilha Grande implica combinar carretera y barco, un cambio progresivo de contexto clave para entender lo que viene después. Primero hay que llegar hasta Angra dos Reis o Conceição de Jacareí —cerca de dos horas— y desde ahí tomar una lancha rápida o ferry hasta Vila do Abraão, el principal punto de acceso.
Ese último tramo en barco es casi una transición mental. A medida que te alejas de la costa continental, desaparecen los edificios y aparece una línea continua de vegetación, pequeñas calas y un paisaje que no tiene interrupciones. Ahí empiezas a notarse que el viaje va en otra dirección. En la dirección que estabas buscando.

Playas que requieren planificación
Ilha Grande tiene más de 100 playas, pero lo importante no es la cifra, sino cómo se accede a ellas. Muchas no tienen ningún tipo de infraestructura ni conexión directa, lo que limita de forma natural la afluencia y mantiene una sensación de aislamiento poco habitual en Brasil.
La más conocida sigue siendo Praia de Lopes Mendes, con casi tres kilómetros de arena blanca y un oleaje constante que la convierte también en punto de surf. Llegar implica caminar —alrededor de dos horas desde Abraão, atravesando selva y pequeñas colinas-, lo que actúa como filtro y evita la saturación. Pero quedarse solo con Lopes Mendes sería simplificar demasiado.
Praia de Parnaioca, en el lado más aislado de la isla, ofrece una experiencia completamente distinta. Aquí no hay prácticamente nada más que arena, selva y una pequeña comunidad local. El acceso es más complejo —sendero largo o lancha—, y precisamente por eso la playa mantiene un nivel de tranquilidad difícil de encontrar incluso dentro de Ilha Grande.
Otro punto clave es la Lagoa Azul, una zona de aguas extremadamente transparentes donde el plan no es tanto tumbarse en la arena como nadar o hacer snorkel entre peces en un entorno protegido. Suele ser accesible en excursiones en barco.
A esto se suman lugares como Dois Rios, que combina playa abierta con el contexto histórico del antiguo presidio, o Aventureiro, donde la famosa palmera inclinada se ha convertido en uno de los iconos visuales de la isla. Y luego están las pequeñas calas sin nombre, accesibles solo en lancha, donde la sensación de aislamiento es total.

Senderos, selva y una forma distinta de moverse
Sin carreteras, Ilha Grande se entiende a través de su red de senderos. No es una opción alternativa: es la forma principal de explorar la isla. Caminos que atraviesan la Mata Atlántica, conectando playas, miradores y antiguos núcleos habitados.
El recorrido entre Abraão y Lopes Mendes es uno de los más habituales, pero hay rutas más largas que permiten cruzar la isla o llegar a zonas mucho menos transitadas como Parnaioca. No es necesario ser experto, pero sí asumir que el desplazamiento forma parte de la experiencia, no es un trámite. Prepárate para sudar, eso sí.
Ese contacto constante con la naturaleza es uno de los puntos fuertes del destino. La Mata Atlántica es uno de los ecosistemas más ricos del planeta, y aquí se conserva en condiciones.

Dónde dormir en Ilha Grande
Ilha Grande no ha desarrollado una infraestructura de grandes hoteles, y eso condiciona el tipo de alojamiento. La mayoría son pousadas pequeñas, integradas en el entorno y con una escala coherente con la isla. Vila do Abraão concentra la mayor parte de la oferta, pero no es la única opción.
Si buscas algo más aislado, merece la pena fijarse en Paraíso Azul Retiro, un alojamiento situado fuera de los circuitos más transitados, donde la experiencia se centra en la desconexión real. No hay accesos inmediatos ni actividad constante. Lo que hay es silencio, vistas abiertas al mar y una integración bastante natural con el entorno.
Esa es, en general, la lógica de la isla: alojamientos que funcionan como base para explorar, no como destino en sí mismos