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La llaman el París del este de Europa por su arquitectura: es la ciudad más bonita del Báltico
La llaman el París del este de Europa por su arquitectura: es la ciudad más bonita del Báltico
Arquitectura art nouveau, cafeterías con chimenea, mercados cubiertos y un casco antiguo que parece salido de un cuento invernal. Riga, la capital de Letonia, se ha ganado con méritos su reputación como la más bella del Báltico.
A orillas del río Daugava, Riga combina lo que muchas capitales europeas han perdido: historia, escala humana y autenticidad que nada tiene que ver con escenarios de cartón pluma. Fundada en 1201 por mercaderes alemanes y declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es la ciudad más grande de los países bálticos —casi 700.000 habitantes—, pero sigue teniendo el tamaño perfecto para recorrerla a pie en un fin de semana. Su mezcla de estilos —del gótico hanseático al modernismo más elaborado— convierte cada paseo en una clase de historia urbana.
En los meses de frío, Riga tiene un encanto especial. La nieve cubre las calles del casco antiguo (Vecriga) y los canales se congelan. Es la época en la que la ciudad despliega su carácter más acogedor: las luces son cálidas, los cafés se convierten en refugio y las calles se inundan de ese silencio nórdico que solo se rompe con el sonido de las campanas.
El casco antiguo de Riga: historia y refugio
El centro histórico de Riga es uno de los más fotogénicos de Europa del Este. Sus callejones empedrados, sus fachadas de colores y sus iglesias medievales crean un laberinto lleno de vida.
La Catedral de Riga, del siglo XIII, y la Iglesia de San Pedro, con una torre de 123 metros, ofrecen las mejores panorámicas de la ciudad cubierta de nieve. Desde lo alto, los tejados parecen un tablero de ajedrez helado. A lo lejos, la silueta de la Torre de Radio y Televisión de Riga, una de las más altas de Europa (368 metros). En días despejados, su estructura de acero parece un compás señalando el cielo.
Cerca de la plaza del Ayuntamiento se encuentra la Casa de las Cabezas Negras, reconstruida tras la Segunda Guerra Mundial. Su fachada renacentista, iluminada por la noche, es uno de los símbolos de la ciudad. Muy cerca, el edificio del Pequeño Gremio y los Tres Hermanos —tres casas medievales adosadas— resumen siete siglos de arquitectura local.
Pero Riga no vive solo del pasado. En los antiguos almacenes y calles adoquinadas se esconden tiendas de diseño, galerías contemporáneas y cafés que calientan el alma. Uno de ellos es Rocket Bean Roastery, con café tostado en la ciudad y una estética industrial nórdica, o Parunasim, escondido en un patio interior del casco antiguo.

Dónde comer bien y entrar en calor
La gastronomía de Riga ha dado un salto notable en los últimos años. Lo que antes era territorio de sopas contundentes y platos de invierno hoy convive con una cocina creativa que reinterpreta los sabores bálticos.
Para una experiencia auténtica, el Central Market (Centraltirgus) es una visita imprescindible. Instalado en antiguos hangares de dirigibles construidos en los años veinte, es uno de los mercados cubiertos más grandes de Europa. En sus pasillos se encuentran pescados ahumados, pan negro de centeno, miel local, quesos artesanales y encurtidos que son un resumen del invierno letón. Hay puestos donde probar arenques con crema agria, empanadillas pirogi o el clásico grey peas with bacon, el plato más comentado del país.
A la hora de sentarse a la mesa, el restaurante Entresol es una parada obligatoria. Más informal pero igualmente recomendable es Fazenda, un local con paredes de ladrillo visto y mesas de madera donde todo se cocina con calma.
Después de comer, nada mejor que un trago del licor local, el Riga Black Balsam, una mezcla de hierbas y vodka inventada en el siglo XVIII. Se sirve caliente o en cóctel, y se vende en una botella de cerámica negra que ya es casi un icono nacional.

Después de ese paseo, el frío se siente. Y ahí entra el Hotel A22, un refugio contemporáneo en una antigua embajada de los años 30. Con solo veinte habitaciones, combina diseño, confort y discreción. Sus interiores —madera oscura, tejidos cálidos, iluminación tenue— están pensados para desconectar del ruido exterior. El restaurante John ofrece una cocina moderna con productos locales, y el bar, con sus cócteles y luz dorada, es el lugar ideal para terminar el día.

Art nouveau, parques y calma nórdica
Más allá del casco antiguo, Riga es una joya del modernismo europeo. El barrio del Art Nouveau, al norte del centro, concentra más de 800 edificios de principios del siglo XX con fachadas esculpidas, columnas retorcidas y rostros femeninos que emergen de la piedra. Las calles Alberta iela y Elizabetes iela son un museo al aire libre y una visita imprescindible incluso para quienes no son amantes de la arquitectura.
Entre paseo y paseo, los parques urbanos ofrecen un respiro visual. El Bastejkalna Park, que bordea el canal de la ciudad, se convierte en invierno en un escenario blanco atravesado por puentes de hierro y árboles cubiertos de escarcha. Desde ahí se puede llegar al Monumento a la Libertad, símbolo nacional de Letonia, y continuar hacia la Ópera Nacional, uno de los teatros más activos del Báltico.
