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Muy cerca de España y llena de casas de cuento: esta ciudad es preciosa y la rodea un paisaje mágico
Muy cerca de España y llena de casas de cuento: esta ciudad es preciosa y la rodea un paisaje mágico
Santana, en la isla de Madeira, es el destino ideal para los que no quieren elegir entre mar y montaña. Tiene un paisaje exuberante, dominado por el bosque de laurisilva, y unas casas de cuento que nos remiten a los Hermanos Grimm y a otros tiempos.
Parece que están en la otra punta del planeta, pero nada más lejos de la realidad y, al tiempo, más cerca de la fantasía. Estas casas tradicionales de madera, con techo de paja a dos aguas, que podrían perfectamente haberse salido de un cuento de los Hermanos Grimm, o de un dibujo un tanto naíf trazado con los colores del parchís, están en el territorio insular del país vecino. Ante la vista se ordenan como los molinos de viento en el holandés Kinderdijk. Hay que mirar al norte de la isla de Madeira para toparse con Santana, a cuarenta kilómetros de Funchal, la fascinante capital, que queda al sur.
Así pues, hora de descubrir por qué la llaman la Perla del Atlántico y de pisar la Macaronesia, que son literalmente, en griego, "las islas de los felices". O sea, las Afortunadas. Un gozo compartido con las Canarias, Cabo Verde, las Azores y las deshabitadas Salvajes.
Las casinhas, el reclamo turístico de Santana
Santana es una ciudad que actúa como un imán para los viajeros, en especial por estas casinhas, originarias del siglo XVI, que nos remiten a las pallozas de los Ancares, ambas mágicas, aunque cada una a su manera. También las madeirenses se han hecho famosas y hasta icónicas dada su particularidad. Sobre todo, las que forman un núcleo junto al ayuntamiento y funcionan como oficina de turismo y tiendas de productos típicos.

Un espacio eminentemente turístico, donde se muestran rodeadas de jardines repletos de flores exuberantes, que crecen como por arte de magia. Si en la espectacular Costa Brava, entre tantos otros sitios, son las casas de pescadores las que llaman nuestra atención, aquí, pese a estar rodeados del océano, se trata de antiguas viviendas de agricultores. En Madeira, todo tiene un aire de fábula.
Toda Madeira es un paraíso para los senderistas
Madeira, como todas las islas, emerge como un sueño del mar con el poder evocador de la mitología. Porque, además de estas viviendas, que son de por sí un potente reclamo, Santana es el punto de partida para adentrarse en esas tentadoras montañas y en el bosque de laurisilva, que es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Y hacerlo además por rutas de senderismo que llevan el lírico nombre de levadas, en alusión a los canales construidos en el XVI para transportar el agua desde el norte a las regiones agrícolas del sur. Hay más de 200 y constituyen una larga y compleja red de caminos, por los que se puede transitar.

No es casualidad, ni mucho menos, que los amantes de la montaña se den cita en este punto de la geografía lusitana, que luce un entorno fabuloso, aderezado por la referida arquitectura. En términos de naturaleza, se viene a gozar de la cumbre del archipiélago, el pico Ruivo, con 1.862 metros de altitud, el tercero más alto del país, al que se puede ascender por la Vereda do Pico Ruivo en un paseo de hora y media, con unas vistas extraordinarias.
Siete teleféricos y un magnífico paisaje costero
La naturaleza se muestra en todo su esplendor igualmente en la Reserva Natural de Rocha do Navio, creada para proteger esta zona costera por la diversidad de su fauna marina y por lo que supone de conservación de los recursos pesqueros y marítimos. Se accede desde el mirador del mismo nombre, andando o en teleférico, uno de los siete que salvan los grandes desniveles de la isla.

Estas son, aviso a navegantes, aguas queridas por la foca monje, por si las moscas. La misma Santana está declarada Reserva de la Biosfera por la Unesco, a causa de un patrimonio único muy bien conservado. De hecho, entre sus lindes se encuentra un tercio del bosque de laurisilva de Madeira.
El bosque de laurisilva, un escenario también de cuento
Como es sabido, este bosque-joya subtropical tiene, por lo menos, veinte millones de años, remontándose al Terciario, y ha sobrevivido en la Macaronesia. Una reliquia viviente de las selvas que poblaron, en tiempos tan remotos, una buena parte de la Tierra. Solo hay que pensar en el Parque Nacional de Garajonay, en La Gomera. O aquí, en Madeira, en el Parque Forestal de Pico das Pedras, siguiendo la ruta que sale de la Achada do Texeira, que se recorre en unos escasos, pero suficientes, treinta minutos. Solo faltan las hadas.

Asimismo, se hace evidente en el Parque Forestal de Queimadas, con un refugio que comparte características con las casinhas y desde donde sale la Levada do Caldeirâo Verde, una de las míticas. Otro hito del senderismo es el Pico do Areeiro, el tercero más alto de la isla (1.818 m), al que se puede llegar por la Vereda do Areeiro, que no solo asciende hasta este excepcional mirador, sino que se dirige posteriormente hasta la segunda de estas cumbres, el Pico das Torres (1.851 m) para acabar en la primera, el Ruivo (1.862 m).
Un parque temático y jardines exuberantes
Esta contundente realidad cultural y paisajística tiene su réplica en el Parque Temático de Madeira, un espacio que busca promover la cultura y las tradiciones de la isla en clave lúdica. Está el Pueblo de Casas Típicas de Santana; la Quintinha, poblada de animales y con información sobre las actividades rurales que aún hoy forman parte del día a día de los madeirenses; el Viaje Fantástico y el Pabellón Júnior.

Desde este lugar destinado al entretenimiento se promueve, además, el contacto con los artesanos que trabajan la lana, el mimbre, el lino o los bordados. Lo completan una tienda de comestibles del lugar y una cocina con horno de leña donde se elabora el pan de Santana, así como unos jardines con la flora endémica, la réplica del tren del Monte y un lago que invita al paseo.
Las casas que nos han traído hasta aquí, y que son pura atracción turística, reflejan a la perfección el aislamiento al que se enfrentó desde antiguo esta localidad, a la que era difícil llegar tanto por tierra como por mar. Esto es lo que la ha hecho única, al haber preservado de esta manera sus rasgos culturales, de los que disfrutan sus cerca de 9.000 habitantes y sus numerosísimos visitantes.