Esta es la ciudad donde termina el mundo: un destino precioso entre hielo y mar
Más allá de los mapas y de los tópicos, Ushuaia es un lugar real, que existe, con montañas, glaciares, mar y una energía inigualable. La ciudad más austral del planeta no solo marca el fin del mundo: marca el principio de todo lo demás.
La ciudad de Ushuaia está tan al sur que cuesta imaginarla en un mapa: 54°48’ de latitud sur, en la punta de la Tierra del Fuego, frente al canal Beagle y a menos de 1.000 kilómetros de la Antártida. Fundada oficialmente en 1884 como colonia penal y puerto estratégico, hoy es una ciudad de casi 80.000 habitantes que combina espíritu patagónico, infraestructura moderna y una naturaleza imposible de domesticar.
Llegar hasta aquí ya es en sí toda una experiencia. La mayoría lo hace por avión desde Buenos Aires (unas 3 horas y media) o en crucero desde Punta Arenas, Chile. El descenso al aeropuerto Malvinas Argentinas, con los Andes fueguinos bajo las alas, es de los más espectaculares del mundo. Desde la ventanilla se ven los glaciares, los lagos y el contraste entre la cordillera y el mar. Esa mezcla —nieve, bosque y océano— explica buena parte de lo que Ushuaia representa: la frontera entre lo habitable y lo salvaje.
A pesar de su fama de lugar remoto con lugares como los túneles de hielo, Ushuaia es una ciudad viva, con una escena gastronómica interesante, tiendas, cafés y un ambiente cosmopolita alimentado por viajeros de todo el mundo. Es la puerta de entrada a la Antártida, punto de partida de los cruceros polares, pero también un destino para senderistas, aventureros y curiosos que buscan conocer el “Fin del Mundo”.

Ushuaia, una ciudad entre las montañas y el mar
La primera impresión es visual: Ushuaia está encajonada entre los Andes fueguinos y el canal Beagle, lo que le da un perfil inconfundible. En verano, el sol apenas se pone; en invierno, la nieve lo cubre todo. Las casas de colores, los barcos en el puerto y el aire frío que baja de los glaciares componen una postal muy cambiante.
El centro urbano se organiza en torno a la Avenida San Martín, repleta de restaurantes, librerías y tiendas de montaña. Aquí se mezclan guías de expedición, tripulantes de cruceros, mochileros y viajeros de lujo que vienen a embarcar rumbo a la Antártida. En un mismo día, puedes ver un buque científico zarpar, un grupo de esquiadores llegar de Cerro Castor y una familia tomar chocolate caliente en el Ramos Generales, un café histórico decorado con objetos del siglo XIX.
El Museo Marítimo y del Presidio de Ushuaia, instalado en la antigua cárcel, es una visita obligada: allí se explica cómo esta ciudad nació de un penal y cómo sus muros marcaron el inicio de la colonización del sur argentino. Las celdas conservadas, las historias de los presos y las colecciones navales ayudan a entender la dureza y el mérito de haber levantado una ciudad en este punto del planeta.

Parques, glaciares y el fin de la carretera
A solo 12 kilómetros del centro se encuentra el Parque Nacional Tierra del Fuego, 63.000 hectáreas de bosques de lenga y guindo, lagos glaciares y caminos junto al mar. Es el único parque argentino que combina cordillera, bosque y costa marítima. Las rutas más populares son la Senda Costera, que recorre el canal Beagle con vistas a Chile, y la Laguna Negra.
Dentro del parque está también el Correo del Fin del Mundo, una pequeña caseta de madera donde los viajeros sellan su pasaporte o envían postales con matasello del último punto postal de América. Desde aquí parte el Tren del Fin del Mundo, un tren turístico que sigue el trazado original que usaban los presos para transportar leña. Aunque corto, el recorrido merece la pena.
Otra excursión imprescindible es la subida al Glaciar Martial, visible desde el centro de la ciudad. El sendero, de dificultad moderada, regala vistas panorámicas del canal y, en invierno, pistas de esquí y trineo. Para los que prefieren el esquí alpino, el Cerro Castor, a 26 kilómetros, es la estación más austral del planeta.

Navegar hacia el horizonte
Ninguna visita a Ushuaia está completa sin navegar por el canal Beagle, el estrecho de 240 kilómetros que separa Argentina y Chile y conecta el Atlántico con el Pacífico. Desde el puerto parten excursiones diarias que permiten ver leones marinos, pingüinos, cormoranes y delfines en su entorno natural.
Las rutas suelen incluir el Faro Les Éclaireurs, que se alza sobre un islote rocoso y que muchos confunden con el “faro del fin del mundo” (el verdadero, el de San Juan de Salvamento, está mucho más al este). El trayecto dura entre dos y cuatro horas y ofrece una de las mejores perspectivas de Ushuaia y su entorno.
Los más aventureros pueden optar por excursiones más largas hacia las islas Bridges o incluso hacia el Cabo de Hornos, el punto donde se encuentran los dos océanos. Y para quienes sueñan con ir aún más lejos, Ushuaia es el punto de partida de casi todos los cruceros antárticos: entre noviembre y marzo.

Comer y dormir donde se acaba el mapa
Aquí el mar y la montaña comparten el mismo protagonismo. El plato más famoso es la centolla fueguina, que se sirve fresca en casi todos los restaurantes del puerto. En Kaupé, con una estrella Michelin, la vista del canal compite con la cocina: centolla, merluza negra, vieiras y cordero patagónico tratados con precisión y sin artificio. Kalma Restó, más pequeño y moderno, propone una cocina de autor centrada en productos locales y ha sido reconocido entre los mejores del país.
Para dormir, el Arakur Ushuaia Resort & Spa es la referencia absoluta. Ubicado sobre el Cerro Alarken, a 250 metros sobre el nivel del mar, domina la ciudad y el canal con unas vistas espectaculares. El edificio, de piedra y madera, se integra perfectamente en la ladera y cuenta con piscinas climatizadas al aire libre desde las que se ve el paisaje nevado.
