A una hora de Madrid y llena de edificios modernistas: está en Castilla y León y es perfecta para un fin de semana
A una hora de Madrid, Zamora sorprende a los visitantes por su aire tranquilo, sus edificios modernistas y su gastronomía castellana.
La ciudad de Zamora no tiene nada que envidiarle al resto de Castilla y León. Su comunidad es la de los bienes Patrimonio de la Humanidad, las catedrales góticas y la piedra. También la de los pequeños pueblos bonitos y las localidades con trazado medieval. Y aun así, la ciudad del románico no tiene nada que envidiar al resto.
También conocida como la perla del Duero, destaca por ser una ciudad histórica, que combina la arquitectura religiosa de origen medieval con los edificios de estética modernista propios de los siglos XIX y XX. Su interés histórico-artístico y su cercanía con Madrid la convierten en el destino perfecto para una escapada de fin de semana.
Zamora más allá del románico: el Art Nouveau castellano
Mucho se ha hablado de la Zamora románica, la de los muros de piedra gruesos y las torres macizas y cuadradas. Por un lado, tenemos la catedral: imponente, pese a ser la más pequeña de la comunidad, y muy diferente al resto. Por otro, un número considerable de templos que van desde la iglesia de la Magdalena, del siglo XII, hasta la de Santa María la Nueva, pasando por la de San Cipriano, la de San Juan de Puerta Nueva o la de San Andrés.
Sin embargo, hay otro estilo que reina en esta capital de provincia, donde el románico convive con el Art Nouveau. Y no sucede solo en un barrio, no. Está repartido por buena parte de la ciudad, pese a que es inevitable mencionar la calle Santa Clara y sus alrededores, donde las curvas orgánicas y los motivos vegetales aparecen aquí y allá.

Basta con buscar para encontrarlos. En la plaza de Sagasta, la Casa de las Cariátides, con sus columnas con forma de mujer e inspiración griega. En la calle Renova, la casa de Gregorio Prada. No muy lejos, el Casino de Zamora, cuya balconada vigila a los transeúntes que pasan por delante y que de vez en cuando, se quedan mirando esos azulejos que nos llevan directos a la Belle Époque.
Merece la pena recorrer su trazado sin rumbo fijo y jugar a encontrar los detalles: una cenefa de cerámica que pinta de color su fachada o un mirador acristalado que se proyecta hacia delante. El rastro de un tiempo cercano, que convive en armonía con los últimos vestigios del pasado más remoto.
Buena gastronomía en la tierra del vino
Por supuesto, no todo es arquitectura. Una visita a Castilla no está completa si no se degusta su gastronomía, tan famosa y apreciada en el resto del país. En Zamora, las tapas, la carne y los platos de cuchara forman parte de su identidad, e irse sin probar los pinchos morunos sería un error.
Las rutas gastronómicas casi siempre empiezan en la Plaza Mayor. Muy cerca, las zonas de Los Herreros y El Riego concentran buena parte de los bares que se llenan de gente durante el fin de semana, deseosos de juntarse con los suyos y, cómo no, de huir del frío.
Cuando las inclemencias del tiempo aprietan más que nunca, son bocados reconfortantes los mejillones al vapor que aquí se llaman “tiberios”, el arroz a la zamorana, hecho con la carne de la matanza, y los vinos de la D.O. Toro, cuya potencia es abrigo hasta en las mañanas más gélidas.