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Los cuatro museos egipcios fuera de Egipto que merecen una visita al menos una vez en la vida
Turín tiene el museo egipcio más antiguo del mundo; Berlín, a Nefertiti; Londres la piedra de Rosetta, y París, un departamento creado por Champollion. Cuatro paradas para mirar Egipto desde Europa.
La historia del antiguo Egipto está repartida por toda Europa. Para sorpresa de nadie. Nefertiti está en Berlín; la piedra de Rosetta, en Londres , y algunas de las mayores colecciones egipcias del mundo se encuentran en Turín y París. El origen está en la fascinación que Egipto despertó en Europa durante el siglo XIX, cuando expediciones, excavaciones, compras y repartos de hallazgos llevaron miles de piezas del valle del Nilo hasta sus grandes capitales.
La reciente apertura del Gran Museo Egipcio de Guiza ha vuelto a poner el foco donde empezó todo. A pocos kilómetros de las pirámides, reúne una colección extraordinaria y presenta el ajuar de Tutankamón con una ambición inédita. Pero para seguir la historia de la egiptología todavía hay que viajar también por el resto de Europa. Turín, Berlín, Londres y París guardan cuatro de sus capítulos imprescindibles.

Turín: el museo que no esperabas
Es más que comprensible llegar a Turín pensando en Carlo Mollino, los cafés históricos, los Saboya o la arquitectura racionalista y terminar reorganizando el fin de semana alrededor del Museo Egizio, uno de esos museos cuya importancia cuesta calibrar hasta que se entra.
Fundado en 1824, es el museo más antiguo del mundo dedicado íntegramente a la cultura egipcia. Su colección ronda actualmente los 40.000 objetos, fruto de una historia que comenzó mucho antes de su apertura y que creció de manera decisiva con las excavaciones dirigidas por Ernesto Schiaparelli y Giulio Farina durante las primeras décadas del siglo XX.
Un consejo: conviene reservar tiempo. Mucho. La visita ocupa cuatro plantas y permite pasar de piezas monumentales a objetos que cuentan una historia mucho más doméstica de Egipto. Entre sus grandes argumentos está la Galería de los Reyes, con esculturas monumentales —incluida una estatua de Seti II de unas cinco toneladas.
La tumba intacta del arquitecto Kha y su esposa Merit, descubierta por Schiaparelli en Deir el-Medina en 1906, es uno de los grandes reclamos. Muebles, ropa, objetos personales, alimentos y equipamiento funerario. Esa capacidad para bajar la egiptología a escala humana explica parte del atractivo de Turín.

Berlín y una mujer de 3.300 años
En Berlín ocurre algo distinto. Puedes atravesar varias salas extraordinarias del Neues Museum siempre con un destino claro: Nefertiti tiene ese efecto. El célebre busto, realizado hacia 1340 a. C. y descubierto en 1912 durante las excavaciones de Tell el-Amarna, llegó a Berlín al año siguiente. Hoy ocupa prácticamente en solitario la sala bajo la cúpula norte del segundo piso. Después de tanta imagen reproducida en libros, carteles y documentales, encontrarse con la pieza real requiere algo de tetaralidad.
Eso sí, reducir el museo a Nefertiti sería un error. El Ägyptisches Museum und Papyrussammlung posee una colección especialmente fuerte en el periodo de Amarna, el breve y radical episodio protagonizado por Akenatón, Nefertiti y el culto a Atón. Allí aparecen retratos que rompieron con siglos de convenciones artísticas egipcias: cuerpos alargados, vientres prominentes, rostros casi íntimos y escenas familiares que todavía resultan extrañas.
También importa el continente. El Neues Museum de Friedrich August Stüler quedó gravemente destruido durante la Segunda Guerra Mundial y permaneció décadas como ruina hasta la intervención de David Chipperfield, iniciada en 2003 y culminada con la reapertura en 2009. Chipperfield decidió conservar cicatrices, fragmentos y superficies dañadas en lugar de reconstruir una falsa versión decimonónica.

Londres: observar la Piedra de Rosetta en 2026
La sala 4 del British Museum puede ser desesperante. Grupos, teléfonos levantados, visitas escolares y una concentración de público que delata inmediatamente dónde está la estrella.
La piedra de Rosetta cambió nuestra comprensión del antiguo Egipto porque contiene el mismo decreto en jeroglífico, demótico y griego. Descubierta por soldados franceses en 1799 durante la campaña napoleónica, terminó en manos británicas tras la derrota francesa y llegó al museo en 1802. Dos siglos después sigue siendo una de las piezas alrededor de las cuales se concentra el debate internacional sobre la restitución del patrimonio egipcio.
El departamento de Egipto y Sudán reúne más de 100.000 objetos y ocupa varias galerías. Muy cerca espera el llamado Younger Memnon, el colosal busto de Ramsés II trasladado desde Tebas por Giovanni Battista Belzoni.
Después están las pinturas de la capilla funeraria de Nebamun, las galerías dedicadas a las momias y la excelente sala 65, que amplía la mirada hacia Nubia y Sudán.

París: el Louvre también tiene mucho de Egipto
El Louvre intimida: La Gioconda, la Victoria de Samotracia, las salas napoleónicas, turistas siguiendo flechas. Por eso el Departamento de Antigüedades Egipcias puede convertirse en una magnífica estrategia para escapar del circuito masificado.
Su propia existencia está ligada a uno de los nombres esenciales de la egiptología. Jean-François Champollion, que descifró los jeroglíficos en 1822, creó y dirigió el primer museo egipcio del Louvre, inaugurado en 1827 con cuatro salas. Hoy la colección ocupa dos niveles y expone más de 6.000 piezas que recorren cerca de cinco mil años.
La entrada ya marca el tono: la Gran Esfinge de Tanis, una mole de granito rosa de 4,80 metros de longitud descubierta a comienzos del XIX. Después merece la pena avanzar. Una de las virtudes del Louvre es la densidad de objetos: mobiliario, herramientas, joyas, instrumentos, recipientes y pequeñas esculturas que permiten entender cómo se organizaba la vida junto al Nilo antes de entrar en el territorio inevitable de templos, dioses y tumbas.
Y entonces aparece una conexión inesperada con el principio de esta historia. Champollion visitó Turín en 1824 para estudiar la recién adquirida colección egipcia de los Saboya. Su entusiasmo quedó condensado en una frase que el propio Museo Egizio sigue utilizando: "El camino a Menfis y Tebas pasa por Turín".
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