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En el extremo más remoto de Girona, Beget aparece entre curvas y bosques como una miniatura perfecta del Pirineo catalán. Cuando nieva, el pueblo se convierte en un refugio de piedra, silencio y fuego encendido.
No es accesible. Beget no está de paso, hay que ir expresamente y esto ya te da una pista de dónde te metes: desde Camprodon se toma una carretera secundaria que se interna unos 14 kilómetros en el valle, entre curvas y bosque cerrado, hasta que la calzada se estrecha y aparece el núcleo, encajado literalmente en la ladera.
El pueblo, hoy integrado en el municipio de Camprodon, forma parte geográficamente de la Alta Garrotxa y se asienta en torno a los 550 metros de altitud, rodeado de montes y surgencias de agua. A finales del siglo XIX llegó a tener más de 600 habitantes; hoy no pasan de una treintena de residentes fijos y buena parte de las casas funcionan como segunda residencia. Esa pérdida de población, unida al aislamiento, explica por qué el conjunto se ha conservado casi intacto y fue declarado Bien Cultural de Interés Nacional.
En invierno, Beget se entiende mejor. La nieve subraya la estructura del pueblo y deja claro qué tipo de lugar es: pequeño, recogido y pensado para resistir el frío. Hay un caserío compacto de piedra, dos puentes medievales sobre el río y una iglesia románica que organiza el espacio.
El río Beget cruza el núcleo por el fondo del valle y condiciona la trama urbana: las calles se escalonan en terrazas sobre el cauce, y muchas casas tienen acceso desde dos alturas. En los días de nieve, la combinación de tejados blancos, humo de chimenea y agua corriendo explica por qué este pueblo, diminuto en el mapa, aparece siempre en las listas de pueblos más bonitos de Cataluña.
La esencia de Beget
Las casas, construidas con piedra local y cubiertas de teja cerámica, conservan las alturas originales —dos o tres plantas como máximo— y siguen adaptadas a la pendiente del terreno. No hay edificios nuevos que rompan la escala ni fachadas disonantes: el pueblo sigue la lógica de un asentamiento de montaña que aprovechaba cada metro de roca disponible. El resultado es un caserío compacto dividido en tres pequeños barrios, separados por dos arroyos y unidos por sendos puentes de piedra.
En el centro se levanta la iglesia de Sant Cristòfol de Beget, un templo románico de finales del siglo XII y comienzos del XIII, con nave única, ábside semicircular y un campanario cuadrado de cuatro cuerpos que se ha convertido en la imagen más reconocible del pueblo.
En su interior se conserva la llamada Majestat de Beget, una talla policromada de Cristo en Majestad, de unos dos metros de altura, considerada una de las obras clave de la escultura románica catalana. El campanario, visible desde casi cualquier punto del valle, funciona como referencia visual constante.
Las calles son estrechas, empedradas y con fuertes pendientes; muchas viviendas conservan balcones y galerías de madera donde se secaban productos agrícolas y se ventilaban las dependencias. Los dos puentes principales —el que da acceso al sector más antiguo y el que cruza hacia la parte más reciente, levantada entre los siglos XVIII y XIX— siguen siendo el eje de circulación peatonal.

Comer al calor de la chimenea
Quien llega a Beget en invierno acaba, inevitablemente, entrando en Can Jeroni. No es solo el restaurante más conocido del pueblo, es su punto de encuentro. En este edificio de piedra con techos bajos y fuego de leña, la comida se hace con la calma que exige la montaña. La carta es breve, centrada en productos del Ripollès y la Garrotxa: trinxat de col y patata, embutidos caseros, carne de ternera a la brasa, sopas espesas y postres de elaboración propia.
Can Jeroni es de esos lugares donde el lujo está en lo sencillo: comida caliente, porciones generosas y una chimenea que no se apaga nunca. En verano es agradable comer en la terraza frente al río; en invierno, no hay mejor lugar para entender lo que significa el calor de la montaña.

Dormir entre valles y chimeneas
La oferta de alojamiento en Beget es pequeña pero cuidada. Para quienes buscan algo auténtico, Can Criach es una opción ideal. Se trata de una masía restaurada con apenas unas pocas habitaciones, vigas de madera, mantas gruesas y vistas al valle.
Otra alternativa está a pocos kilómetros, en Mas el Mir, una casa rural ubicada en las afueras de Camprodon, con piscina natural, jardín y un enfoque sostenible que la ha convertido en referencia en la zona. Su arquitectura combina piedra original con elementos contemporáneos, y muchas habitaciones tienen chimenea o bañera con vistas al bosque. Un alojamiento que resume lo mejor del Pirineo actual: confort y naturaleza en primera línea.

Naturaleza en estado puro
Beget forma parte del Parque Natural de la Alta Garrotxa, una de las zonas más salvajes y menos intervenidas de Cataluña. Desde el mismo pueblo salen varias rutas de senderismo señalizadas que conectan con otros núcleos del valle. La más popular es la que une Beget con Oix por el Coll de Malrem, un recorrido de unas tres horas entre bosques de hayas y miradores naturales. En días claros, las vistas alcanzan hasta los picos nevados del Canigó.
Otra opción más corta es caminar hasta Rocabruna, un pequeño pueblo de montaña con un castillo en ruinas del siglo XI. El sendero discurre junto al río y atraviesa tramos de bosque cubiertos de musgo, un espectáculo en invierno. Desde allí, se puede continuar hasta Camprodon, conocido por su puente romano y su ambiente animado, o desviarse hacia Molló y Setcases, dos pueblos que conservan la esencia del Pirineo gerundense.
En verano, estas rutas se llenan de excursionistas. En invierno, en cambio, la sensación de aislamiento es total. Hay días en que uno camina horas sin cruzarse con nadie, solo con el sonido del hielo bajo las botas.
