Ni París ni Lyon, esta es la ciudad francesa ideal para viajar sin prisas, comer bien y pasear mucho
La Iglesia de San Miguel preside el centro de la ciudad. Foto : Pexels

Ni París ni Lyon, esta es la ciudad francesa ideal para viajar sin prisas, comer bien y pasear mucho

Un casco antiguo muy bien conservado, un mercado tan activo como delicioso y acceso directo a los viñedos de Borgoña: Dijon ofrece una forma muy clara y agradable de viajar por Francia.

Aleks Gallardo | Febrero 3, 2026

El nombre de Dijon es una de esas palabras que, sin darte cuenta, se cuelan en tu día a día. Abres la nevera, coges un tarro de mostaza y ahí está, impreso en la etiqueta como si fuera un concepto doméstico más que una ciudad real. Pero Dijon existe —y de qué manera—. Es capital histórica de Borgoña, antigua sede de uno de los ducados más poderosos de Europa y hoy una ciudad manejable, culta y sorprendentemente cómoda. Y es, además, una de las ciudades más bonitas de Francia.

Situada en el corazón de Bourgogne-Franche-Comté, Dijon combina patrimonio medieval, tradición gastronómica y una relación seria y natural con el vino. Se deja recorrer a pie, se explica bien y tiene la virtud de ofrecer mucho sin pedir esfuerzo a cambio.

Dijon, una ciudad con pasado ducal

Para entender Dijon hay que volver a los siglos XIV y XV, cuando la ciudad fue capital del Ducado de Borgoña, uno de los territorios más influyentes de Europa occidental. Desde aquí gobernaron los duques Valois —Felipe el Atrevido, Juan sin Miedo, Felipe el Bueno y Carlos el Temerario—, que convirtieron Borgoña en una potencia económica, política y cultural que rivalizó directamente con la monarquía francesa y el Sacro Imperio.

Ese pasado se ve. El Palais des Ducs de Bourgogne no es un edificio aislado, sino el verdadero corazón de la ciudad. Fue residencia ducal durante siglos y hoy sigue marcando el centro simbólico y físico de Dijon. En su interior conviven patios medievales, ampliaciones clásicas y el Museo de Bellas Artes, uno de los más importantes de Francia fuera de París.

La riqueza de aquel ducado no procedía solo del poder militar o político, sino del comercio, del vino y de una red de ciudades prósperas.

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El centro de Dijon una mañana de cualquier fin de semana. Foto: Francia Turismo

El recorrido del búho: una guía urbana bien pensada

El parcours de la chouette —el recorrido del búho— es uno de los ejemplos más inteligentes de cómo una ciudad puede explicarse sin saturar al visitante. A lo largo del casco antiguo, pequeñas placas metálicas con la silueta de un búho marcan un itinerario que conecta los principales puntos históricos, arquitectónicos y culturales de Dijon.

Lejos de ser un simple reclamo, el recorrido está bien calibrado: no es largo, no obliga a seguirlo de principio a fin y permite desviarse con naturalidad. Funciona como una narrativa urbana que se adapta al ritmo del caminante. Iglesias góticas, casas de entramado de madera, plazas recogidas y edificios ducales se colarán en tu paseo.

El símbolo del búho tiene además un origen concreto. La pequeña escultura tallada en uno de los contrafuertes de la iglesia de Notre-Dame se convirtió con el tiempo en un emblema local, asociado a la protección y la buena fortuna. 

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Palais des Ducs de Bourgogne. Foto: Expedia

Comer en Dijon: más allá de la mostaza

Hablar de Dijon es hablar de gastronomía, pero conviene ir un paso más allá del tópico. La mostaza de Dijon es solo la puerta de entrada. Aquí la cocina borgoñona se basa en producto, salsas trabajadas y vinos que forman parte de la receta.

El Marché des Halles de Dijon, diseñado por Gustave Eiffel, es una parada clave. Funciona varios días a la semana y permite entender qué se come aquí: quesos de la región, carnes, panes artesanos y especialidades locales como el pain d’épices. Es un mercado para comprar y para observar.

Hay bistrós bien afinados donde probar clásicos borgoñones —boeuf bourguignon, œufs en meurette— y restaurantes que reinterpretan la cocina regional con técnica actual. 

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La historia se respira en las calles de Dijon. Foto: Peter Herrmann (Unsplash)

Dónde dormir: historia en el centro

Para una experiencia verdaderamente alineada con el espíritu de Dijon, hay un nombre que destaca por encima del resto: Grand Hôtel La Cloche Dijon – MGallery. Situado frente a la Place Darcy, en el límite entre el casco histórico y las grandes avenidas, este hotel es el más emblemático y premium de la ciudad.

Inaugurado en 1884, La Cloche ha sido durante más de un siglo el gran hotel de referencia de Dijon. Por sus salones han pasado políticos, artistas, viajeros ilustres y generaciones de burguesía borgoñona. Su fachada clásica y su interior elegante reflejan la idea de lujo francés tradicional: discreto, bien construido y pensado para durar.

El hotel combina habitaciones amplias, algunas con vistas a los jardines Darcy. Se puede salir caminando hacia el centro histórico, regresar a descansar y volver a salir sin depender de transporte. Además, tanto su restaurante como su bar funcionan como extensión natural de la vida urbana, no como espacios aislados para los huéspedes del hotel.

Vino, viñedos y escapadas cortas

Dijon es la puerta de entrada natural a la Route des Grands Crus, una de las rutas vinícolas más prestigiosas del mundo. A pocos minutos en coche o tren aparecen nombres como Gevrey-Chambertin, Nuits-Saint-Georges o Beaune. Incluso sin ser experto en vino, recorrer estos pueblos ayuda a entender por qué Borgoña ocupa un lugar central en la cultura gastronómica europea.

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El histórico Grand Hotel La Cloche Dijon. Foto: Accor

TURIUM TIPS

Sigue el recorrido del búho por el casco histórico: es la forma más fácil de orientarte y entender la ciudad caminando.
Entra al Palacio de los Duques y sube a la torre para situarte, las vistas ayudan a leer la escala urbana de Dijon.
Pasa por el Marché des Halles por la mañana para ver el producto local en acción y entender la cocina borgoñona.
Dedica una tarde al canal de Borgoña para cambiar de ritmo y salir del centro sin irte lejos.
Usa Dijon como base para una escapada a los viñedos de la Route des Grands Crus, incluso aunque no seas experto en vino.