Esta desconocida ciudad portuguesa es preciosa y está a un paso de Lisboa: está entre el río, el mar y la montaña
Setúbal está escondida en una zona de Portugal privilegiada, entre la Reserva Natural del Estuario del Sado y el Parque Natural de la Arrábida, a un paso de Lisboa. Un enclave apenas conocido, pese a que es una maravilla paisajística.
La ciudad de Setúbal es poco conocida, inexplicablemente. Es verdad que se encuentra en un lugar escondido de la península ibérica, pero, en el fondo, a solo 50 kilómetros de Lisboa, la capital a visitar siempre. Localizarla en el mapa entre la Reserva Natural del Estuario del Sado y el Parque Natural de la Arrábida ya resulta emocionante. A este último lo embellece el monasterio de Nossa Senhora da Arrábida (XVI), casi una pequeña aldea de montaña. Y, bajando de las alturas, sus benditas playas: Figueirinha, Galapos o Galapinhos.
El entusiasmo va a más cuando se advierte que justo enfrente está la península de Troia, con más de 25 kilómetros de longitud y las playas más espectaculares jamás vistas. La casi isla que termina de rematar este paraíso, pespunteándolo incluso. Arranca prácticamente en Comporta, un exclusivo oasis de calma en la costa, y se adentra con su vocación de pasarela en aguas atlánticas. Para cruzar de un lado al otro hay barcos fluviales. Todo cobra cierta dimensión de apoteosis, entre aves aprovechando el remanso de las marismas y delfines (golfinhos) coreografiando el salto. Se nota que están en casa.
Qué puedes ver en la ciudad de Setúbal
Pero es que, además de la sofisticada envoltura natural, Setúbal es un tesoro en lo histórico y cultural, como le pasa a Coímbra, que no tiene nada que envidiarle a Oporto. Algo que se advierte nada más pisarla. Lo decimos porque los suelos están hechos de los clásicos adoquines portugueses. Y porque la parte vieja está revestida de esa decadencia que aún deja asomar el esplendor de antaño. La reconocemos como propia del país vecino. Tan propia como una costa así y los azulejos. Mucha mansión venida a menos, pero la más evocadora.

El Palácio da Bacalhôa parece no acusar el paso del tiempo. Y en parte se lo debe al vino, ya que es una de las bodegas más grandes de Portugal. Ocupa una hacienda que perteneció a la familia real portuguesa y que incluye un soberbio palacio, con azulejos antiquísimos (XV y XVI) y un jardín fabuloso. Se halla en la hermosa freguesia de Azeitâo, lo mismo que el envejecido palacio de los Duques de Aveiro y la iglesia de Sâo Lourenço (XVI), sencilla pero con azulejos.
Una fuente asombrosa con leyenda en Azeitâo
Andando por aquí, entre tiendas de productos locales, como el queijo de Azeitâo, el moscatel o las típicas tortas, y talleres de artesanía, nos toparemos con la impresionante Fonte dos Pasmados (XVIII). Se llama así por el asombro que causa. La acompaña una leyenda: «Quien beba de esta agua quedará para siempre ligado a Azeitão». A la freguesia no le falta ni su propio poeta, Sebastiâo da Gama (1924-1952), quien tanto se inspiró en los paisajes envolventes de la Arrábida. Se entiende por qué fue el lugar de recreo de la aristocracia, lo mismo que la Riviera portuguesa.

Como los nobles y el poeta, caemos rendidos ante las hermosas vistas que parecen abrir el horizonte, entre las montañas y el océano, sobre todo a la hora del atardecer. Un espectáculo del que puede gozarse desde cualquiera de los miradores que salpican la carretera serpenteante que atraviesa el parque natural entre una vegetación frondosa. Un dicho popular lo resume bien: «Si no estoy en el paraíso, estoy en sus afueras».
Una fortaleza con vistas a la Arrábida y el Sado
Otro tanto puede decirse del fuerte de Sâo Filipe. Luce diseño poligonal en forma de estrella, como Elvas; atesora una capilla completamente revestida de azulejos, y desde sus imponentes murallas se divisa la geografía verde de la Arrábida y la azulada del estuario del Sado. Un balcón asomado al infinito. Se construyó en 1582, a raíz de una visita de Felipe II, para reforzar las defensas ante los continuos ataques de piratas e invasores.

Para contemplar la ciudad y el puerto en su plenitud, y ver los barcos pasar, está el mirador de Sâo Sebastiâo, accesible desde el núcleo urbano. Comparte el nombre con una de las puertas que quedan de la antigua muralla medieval. La otra es la Porta do Sol, conocida también como Porta do Moura Encantada, que guarda en sus piedras la memoria de mercaderes y viajeros. Mientras, el cercano Baluarte da Conceiçâo recuerda la muralla que se construyó en 1692.
La pasión portuguesa por los azulejos
Entre estas dos murallas está el casco histórico, donde se agrupan la mayoría de monumentos. Es el caso del antiguo convento de Jesús, uno de los primeros edificios de estilo manuelino, la versión portuguesa del gótico tardío. El proyecto nació a finales del siglo XV a iniciativa de Justa Rodrigues Pereira, niñera de Manuel I, y fue absolutamente innovador. Hoy es el Museo de Setúbal y alberga una interesante colección de arte sacro.
La catedral de Santa Maria da Graça también es emblemática. Construida en el siglo XIII, fue reformada en el XVI y siguientes, cuando se le añadieron los frescos, la talla dorada de la capilla mayor y, por supuesto, los azulejos. La iglesia de Sâo Juliâo es de la misma época y corrió idéntica suerte. Del gótico primero pasó al manuelino, como se observa en sus magníficas fachadas, para hacerse barroca en sus azulejos, los retablos y la capilla mayor.

Sorprende la Galería Municipal del Banco Portugal por su factura art nouveau. De ser la agencia de distrito de dicho banco durante casi todo el siglo XX pasó a convertirse en espacio cultural, sobre todo exposiciones. A su lado, el mercado Livramento, que es una de las lonjas más bonitas y genuinas del mundo. Por el espacio en sí, tapizado de azulejería neobarroca, columnas de hierro fundido y fachada art déco, y por lo que vende. El mejor pescado del país, dicen.
Un acueducto y el castillo de Palmela
El acueducto le dejo a uno de piedra. Proviene de la época del rey Joâo II, finales del siglo XV. Sirvió para transportar el agua desde el manantial de Palmela hasta el centro. Y solo se conservan algunos tramos, visibles en la Rua dos Arcos. En cuanto a Palmela, gran región vitivinícola en las estribaciones de Arrábida, es otro lugar a conquistar. Concretamente, su castillo, desde donde se llega a ver hasta la sierra de Sintra, donde se alza la ciudad más romántica de Portugal. Alberga un convento en su interior que habitaron los caballeros de Santiago, actualmente una pousada.