La mejor ruta por los imprescindibles de Cuenca: del teatro romano de Segóbriga al monasterio de Uclés
Además del tesoro que es la capital, Cuenca tiene otras joyas que lucir. El llamado Escorial de la Mancha, su propia Giralda, un monasterio vinculado a un poeta o un museo en un convento con obras de Picasso y Dalí. Nos vamos de ruta.
Cuando pensamos en Cuenca se nos vienen a la mente, inevitablemente, las casas colgadas y las hoces que abren a su paso el Huécar y el Júcar, labrando un paisaje de maravilla que ha sido reconocido como Patrimonio de la Humanidad. Pero la provincia va mucho más allá. Tanto que nos lleva hasta tiempos romanos o nos pone cara a cara con Quevedo o Jorge Manrique. Entonando al compás de sus paisajes las "Coplas a la muerte de su padre", del segundo, o "El amor constante más allá de la muerte", del primero. Cuenca se nos vuelve literaria a cada paso.
Por dónde pasa la ruta Joyas de Civilizaciones
Con ánimo viajero, esa lírica acompasada y el Museo de Arte Abstracto en la cabeza, que siempre ayuda a ensanchar los horizontes, nos hemos adentrado en la ruta Joyas de Civilizaciones, que transcurre por tierras manchegas y alcarreñas. En Cuenca hay una Mancha y una Manchuela, además de una Alcarria, que nos remite a Camilo José Cela y su mítico viaje por Guadalajara, y una Serranía, que luego se dividirá en Alta, Campichuelo y Baja.

Empezamos la ruta en Tarancón, un pueblo a una hora de Madrid, por la carretera de Valencia. Queremos ver con nuestros propios ojos la que llaman la Giralda Manchega. El piropo se lo ha ganado la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, una obra maestra del arte renacentista. Llaman la atención su torre, del siglo XVIII, y la portada gótica. En el interior, deslumbra el retablo mayor, plateresco, de quince metros de altura y obra de Pedro de Villadiego. Al lado, sumando atractivo, están los restos de la muralla y el arco de la Malena.
Un monasterio llamado El Escorial de La Mancha
En el vecino pueblo de Uclés está el monasterio bautizado como El Escorial de La Mancha. Domina la llanura conquense desde el cerro con su porte palaciego. El edificio, del siglo XVI, se muestra plateresco, churrigueresco, herreriano. Solo su portada principal, de Pedro de Ribera, es un verdadero lujo artístico. Y otro tanto se puede decir de su patio. Nada menos que un doble claustro con 36 arcadas de medio punto.

Reina el silencio y se respira la paz y la espiritualidad que se esperan. Las exclamaciones de asombro son incontenibles ante el artesonado del refectorio o las pinturas del zaguán. La iglesia luce sobria, discretamente bella en sus capillas, tallas y rejerías. Se vuelve más ornamentada en la sacristía, con bóvedas estrelladas. Entre sus paredes suenan y resuenan aquellos versos que leímos para siempre: "Nuestras vidas son los ríos que van a dar en el mar que es el morir". Los Manrique, protagonista y autor de dichas "Coplas", estuvieron enterrados aquí. El paradero de sus sepulcros se desconoce.
Un teatro y un anfiteatro romanos en Segóbriga
Felipe II, Isabel la Católica y el ya citado Quevedo también están vinculados al monasterio de Uclés, que se levantó sobre el antiguo convento y el castillo del siglo IX clave en la Reconquista, del que quedan tres torres. Así lo quiso Carlos I en 1529, adjudicándole el cenobio a la Orden de Santiago. Tenemos monasterio y castillo juntos, dos en uno. O tres, si añadimos las murallas.
Es el turno ahora de Segóbriga. La emoción crece. El viaje es a la localidad de Saelices, pero en el tiempo nos estamos yendo lejos. A la época de Augusto, aunque podría ser mucho más atrás. En el año 12 a.C. obtuvo el título de municipium. Son sus años de mayor esplendor. Ahí está el glorioso teatro romano con un graderío que ha resistido bien el paso del tiempo y que aún cumple su función. El Festival de Teatro Grecolatino no podía tener un decorado mejor. En su escena se sigue representando a Eurípides, Plauto y compañía.

Lo que queda del inacabado circo, del templo de Diana y el acueducto, además del anfiteatro, con su cuarto de las fieras, la basílica civil, el templo del culto imperial y dos conjuntos de termas confirman que era una ciudad en toda regla. Hoy en ruinas, pero imaginable. No es de extrañar que este parque arqueológico sea uno de los más importantes de la Península.
De los romanos a Felipe II, viaje por la historia de Cuenca
Plinio el Viejo, que murió durante la erupción del Vesubio del 79, ya citaba a Segóbriga en su "Historia natural" y hacía referencia a las minas de las que se obtenía un tipo de yeso con el que se fabricaba el cristal de las ventanas. Estas minas se han hallado en la cercana Carrascosa del Campo, donde está también la iglesia de Nuestra Señora de la Natividad, con una portada plateresca y otra del gótico isabelino que bien valen la visita.
Atesora un "Cristo en la columna" atribuido a Salzillo, el escultor más importante del siglo XVIII español y una de las figuras prominentes del barroco. Esta iglesia fue inaugurada por Felipe II en 1577, que acudió desde el monasterio de Uclés, donde ese año pasó la Semana Santa. Todo cuadra.
Un ábside gótico y dos museos únicos
Después de Carrascosa, solo nos queda Huete. En este pueblo se encuentra el inspirador ábside de Santa María de Atienza, gótico del siglo XIII. El romanticismo de lo que fue. Una maravilla utilizada para actividades culturales. Y con el añadido de que en los alrededores asoman lienzos de la antigua muralla y varias de sus puertas, y restos de la alcazaba árabe.

Descubrimos que Huete tiene dos museos en sendos edificios religiosos. Uno es el Museo de la Fotografía de la Fundación Antonio Pérez, en el antiguo convento de Jesús y María, precedido por una portada manierista atribuida a Andrés de Vandelvira, a quien le debemos la muy poco conocida catedral de Jaén, y un claustro renacentista. El otro es el Museo de Arte Contemporáneo Florencio de la Fuente, que alberga de más de 200 obras de Picasso, Dalí, Corot o Guayasamín en el monumental refectorio del convento de la Merced.