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Este pueblo desconocido de Murcia es precioso y en sus restaurantes se come de maravilla
Historia, naturaleza y gastronomía: este pueblo de Murcia es precioso y en sus restaurantes se come de maravilla
Cehegín es el pueblo murciano de las casas blasonadas, pero también el de las pinturas rupestres y el de la gastronomía antológica. El arroz, por supuesto, de Calasparra, y el vino, de Bullas.
No tenemos que irnos muy lejos para disfrutar de sitios auténticos con historia, naturaleza y buena gastronomía. Murcia es un territorio aún por descubrir. No vamos hablar esta vez de paraísos para desconectar como los baños de Somogil, unas pozas naturales edénicas en Moratalla, o los rincones costeros paradisiacos de Calblanque o Calnegre. Nuestro destino es Cehegín, un pueblo sorprendente que tiene el casco antiguo más bello de la región, y que nos perdone Caravaca. Los dos están en la comarca del Noroeste.
Cehegín está declarado conjunto histórico-artístico. Lo normal cuando se tiene una estampa como la suya, una plaza porticada como la del Castillo y casas señoriales por todas partes. Además, presume de ser pionero en la producción de mármol rojo, piedra noble con la que se han decorado ilustres edificios de toda España. Para colmo, su historia se pierde en la noche de los tiempos.
Todo lo que tienes que ver en Cehegín
Sobre ello arrojan luz en el Museo Arqueológico, donde se remontan hasta el Neolítico, haciendo hincapié en los yacimientos de Peña Rubia y Begastri. En la Peña Rubia, en concreto, están las cuevas con pinturas rupestres, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco junto con las del resto de la Región de Murcia y del Arco Levantino de la península ibérica. Cehegín es una lección de prehistoria y de historia, con testimonios íberos, romanos, visigodos y árabes.

De todo, nos quedamos con los soportales de la plaza del Castillo. Por la esbeltez y altura de sus desafiantes columnas y el color albero de sus muros, y porque son un excelente mirador. Datan de 1725 y cobijaron los palcos de las familias pudientes, que desde estas balconadas, como pasaba en los madrileños Colmenar de Oreja o Chinchón, podían presenciar cómodamente las ceremonias religiosas, las corridas de toros y los festejos locales. El edificio es de construcción moderna. En el siglo XIX se instalaron aquí los vendedores de carne y pescado, por lo que pasó a ser conocido como las Carnicerías.
El núcleo urbano de Cehegín estuvo cercado durante la Edad Media por una muralla, de la que queda en pie la puerta de Caravaca, y coronado por un castillo que fue cedido a la Orden de Santiago con la incorporación del Reino de Murcia a la Corona de Castilla. La alcazaba, levantada sobre una peña, contaba con la gran torre del Homenaje y otras cinco de menor tamaño.
El pueblo murciano de las casas blasonadas y los palacios
En la misma plaza del Castillo, y muy llamativo también, se alza el palacio de los Fajardo, del siglo XVII y barroco en su concepción, con placas de yeso enmarcadas en negro rompiendo la uniformidad del ladrillo. No falta el escudo de sus propietarios, los Fajardo, aunque en 1985 lo adquirió el ayuntamiento y alberga el Museo Arqueológico junto a otros dos edificios, la Casa del Concejo y una casa noble dieciochesca de la calle Mayor, que va a dar a la plazuela del Mesoncico, donde confluyen otra cuatro calles principales.

Es en esta plazuela donde queda otro de los edificios más destacables de Cehegín, el Hospital de la Real Piedad, fundado por Pedro María Chico de Guzmán, III conde de la Real Piedad, para acoger a los más necesitados. Como el de los Fajardo, es barroco y juega también en la fachada con el ladrillo visto y los entrepaños de mampostería estucada, que le dan un aire más decorativo.
Por qué te va a encantar Cehegín
¿Más palacios? El de los Duques de Ahumada, perteneciente también a los Chico de Guzmán desde el siglo XVI y que incluye el Museo Etnográfico, en el que se exponen trajes y complementos del siglo XIX, carruajes y una muestra de la artesanía de los alpargateros, de tradición ceheginera. O la Casa Jaspe, actual ayuntamiento, que presume de escalera de estilo imperial, fachada con mármoles, molduras y un llamativo color ocre. Todo apuntando al barroquismo.
Cehegín es así. Ya se veía nada más internarnos en el casco histórico y toparnos con la Casa de Doña Blanca, con torre y torreón, originaria del siglo XV pero con fachada del XVIII. Sin duda, este es el pueblo de las casas nobiliarias. Se podría seguir y no parar. El Casino, por su cuenta, también tiene mucho que decir a nivel arquitectónico y artístico, más allá de la relevancia social acumulada desde 1862. Míticos son sus bailes de carnaval.

Es hora de pasar al patrimonio religioso. El convento de San Esteban fue fundado por Felipe II en 1566 y acoge a una comunidad de frailes franciscanos, a cargo de la iglesia de las Maravillas, donde es custodiada la patrona de la localidad. Responde, como casi todo, a los planteamientos del barroco, aunque hay elementos neoclásicos.
La iglesia de la Soledad, construida en 1595 en el cerro sobre el que se asienta el casco antiguo, dibuja el perfil ceheginero. De la misma época, y renacentistas como ella, son la iglesia de Santa María Magdalena, en la plaza de la Constitución, y la ermita de la Sangre de Cristo, con portada hecha de jaspe de ese paraíso natural que es la sierra de Quípar.
Dónde comer en Cehegín: ruta gastronómica
La ruta cultural se tiene que cruzar en algún momento con la ruta gastronómica porque aquí se come de maravilla. En el restaurante Almazara, ubicado en el Escobar, un pequeño caserío, podrás probar la cocina tradicional. Es decir, verduras de la tierra a la brasa, migas con tropezones, arroz con conejo y caracoles o el famoso empedrao (arroz con bacalao, alubias, pimiento, tomate seco…), sin olvidar la carrillera de chato murciano en salsa de setas. De postre, migas con chocolate y algarroba.

En el bar restaurante Domingo son antológicas sus tapas de pulpo y boletus, así como el chuletón, mientras que en el Utopía hacen las delicias de los comensales la pata de cabrito, las gyozas de cordero o la empanadilla de morcilla y manzana, innovando a partir del producto local.
Entre los históricos está El Sol, con 80 años y tres generaciones ya tras los fogones. Aquí se puede empezar con la típica marinera murciana y unas verduricas en tempura, para pasar a continuación a un arroz negro con flores de calamar o a unas chuletitas de cabrito al ajo cabañil. El arroz, por supuesto, de Calasparra. Los vinos, de Bullas.