Elegancia imperial y confort contemporáneo en Viena
Salones centenarios, estancias refinadas y una propuesta gastronómica que combina tradición y notas internacionales hacen brillar el Eurostars Grand Hotel Wien.
En Viena conviven la historia y la sofisticación. Lo hacen en los señoriales bulevares de la ciudad, en los elegantes cafés (con esas joyas de la viennoiserie, la repostería artesanal) y en las fachadas de la Ringstraße, recortadas por la luz del sol. En este escenario, el Eurostars Grand Hotel Wien se erige como un testigo de excepción de alrededor de 150 años de vida urbana, cultural y artística. Inaugurado en 1870 como el primer gran alojamiento de lujo del Imperio austrohúngaro, destaca como uno de los referentes del distrito de Innere Stadt, a pocos pasos de la Ópera Estatal y de la Catedral de San Esteban. Desde aquí, es fácil dejarse llevar por el ritmo de la capital austriaca y descubrir su versión menos concurrida.

Sofisticación y comodidad
Techos altos, mármoles lustrosos, molduras talladas, tapices, pequeñas esculturas, lámparas de araña y piezas de arte reciben al huésped en este establecimiento, donde, durante décadas, se cruzaron músicos (de Strauss a Brahms), intelectuales, políticos y aristócratas. No olvidemos que hablamos de la Viena de Isabel de Baviera, la célebre Sissi. Cada rincón conserva la refinada atmósfera del siglo XIX, aunque a la última en lo que se refiere a confort contemporáneo: climatización silenciosa, muebles adaptados a la vida moderna y detalles de diseño que respetan el legado imperial sin renunciar a la funcionalidad. Esto último se aprecia, en especial, en las estancias –amplias, luminosas, de grandes ventanales y decoradas con mimo–, asomadas a la Ópera o a áreas interiores en las que se imponen la ausencia de ruido y la calma. Mandan los colores neutros, las maderas cálidas y las texturas delicadas, siempre sin estridencias, al servicio de un lujo discreto, pero incuestionable.

Equilibrio culinario
En cuanto a la propuesta gastronómica, el hotel invita a un armonioso viaje por la tradición y la creatividad. En la séptima planta, con terraza y vistas espectaculares, el restaurante 1870 ofrece una experiencia culinaria que se articula a partir del concepto Ökkei: la fusión de técnicas europeas, asiáticas y latinoamericanas. El comensal puede disfrutar de un clásico wiener schnitzel (el imprescindible filete empanado típico de la urbe) wantán, creativos ceviches o dumplings, todo con el sello del chef Jürgen Lengauer, que ha sabido innovar sin renunciar a las recetas con raíces.
El compromiso del hotel con la alta cocina se extiende a Unkai, el cual, con los menús Kaiseki, Gozen y Shabu Shabu como principales argumentos, rinde tributo a los sabores de Japón y presume de dos toques (comparables a las estrellas Michelin y los soles Repsol) de la guía Gault&Millau, nacida a finales de los años 60, en plena efervescencia de la nouvelle cuisine. El espacio cuenta con salas privadas y comedores cuidadosamente ambientados, en cuyas mesas se eleva el teppanyaki, el sashimi y el sushi a la categoría de arte. Este último, cada primer domingo del mes, protagoniza el sorprendente (y rotundo) brunch East Meets West, perfecto para cargar las pilas antes de lanzarse a la conquista de las calles de Viena.
Completan la oferta gastronómica el agradable bar-lounge, donde dejarse ver en un aperitivo antes de la cena; la terraza Schanigarten, de ambiente más relajado y en la que tomar un almuerzo ligero, y Rosengarten, pensado para entregarse al dolce far niente bajo la música tocada al piano en directo y frente a un spritz, una copa de vino, un té aromático o una ración de Grand Guglhupf, un exquisito bizcocho marmoleado en forma de corona que se ha convertido en uno de los iconos de la casa.

El lujo de relajarse
Quienes busquen una dosis extra de pausa la encontrarán en la sexta planta, concebida para el descanso y la regeneración. La puerta 605 no da paso a una suite, sino al Grand Spa, cuyos 200 metros cuadrados concentran sala de relax, sauna, baño de vapor y gimnasio. El diseño del entorno, que ha respetado los muros históricos del edificio, evoca la tradición de la cultura termal vienesa de principios del siglo XX, con muebles y detalles ornamentales que parecen haber viajado en el tiempo. De esta manera, el huésped permanece conectado a la majestuosidad y el carácter de la capital de Austria sin salir del hotel.