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Ruta brutalista por España: los edificios que hay que visitar al menos una vez en la vida
Ruta brutalista por España: los edificios que hay que visitar al menos una vez en la vida
Hormigón visto, formas rotundas y una estética que pasó de ser discutida a convertirse en objeto de culto. España guarda algunas de las piezas brutalistas más fascinantes de Europa.
La palabra brutalismo tiene hoy mejor departamento de marketing que hace veinte años. Lo que durante décadas fue señalado como arquitectura dura, fría o directamente antipática aparece ahora en editoriales de moda, libros de fotografía y rutas urbanas organizadas por arquitectos. El hormigón visto, las estructuras monumentales y las formas contundentes han pasado de ser objeto de polémica a convertirse en un reclamo para viajeros amantes de la arquitectura.
Después de años de fachadas impecables, interiores neutros y edificios diseñados para gustar a todo el mundo, el brutalismo todavía ofrece algo poco frecuente: personalidad. No intenta resultar amable ni esconder cómo está construido. Su origen suele vincularse al término francés "béton brut" —hormigón en bruto— popularizado por Le Corbusier, aunque la corriente acabó desarrollando un lenguaje mucho más amplio y complejo.
España guarda algunas de las piezas muy interesantes de esta historia. Entre los años sesenta y ochenta, una generación excepcional de arquitectos encontró en el hormigón una herramienta para experimentar con nuevas formas de habitar, trabajar y relacionarse con la ciudad. El resultado fue una colección de edificios que todavía hoy son difíciles de clasificar. Algunos recuerdan a escenarios futuristas; otros se acercan más a esculturas habitables que a construcciones convencionales. Pero todos merecen una escapada.

Facultad de Ciencias de la Información, Madrid
La Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense tiene algo de plató abandonado, de búnker universitario y de laberinto administrativo mientras ahí se forman periodistas, publicistas y profesionales de la comunicación. Proyectada por José María Laguna Martínez y Juan Castañón Fariña, se convirtió en uno de los edificios más reconocibles del campus madrileño por una razón bastante sencilla: no se parece a casi nada de lo que la rodea.
Su fuerza está en esa mezcla de escala rotunda, hormigón visto y circulación interior cinematográfica. Rampas, pasillos, patios, escaleras y grandes vacíos componen un paisaje muy de los años setenta, cuando la universidad española crecía y la arquitectura pública todavía se permitía ciertos gestos de ambición formal. El edificio tiene fama de difícil, incluso de incómodo, pero ahí reside parte de su interés.

Torres Blancas, Madrid
Pocos edificios españoles han envejecido tan bien como Torres Blancas. Cuando se inauguró en 1969 parecía una pieza llegada directamente del futuro. Más de medio siglo después continúa siendo contemporánea. La paradoja empieza por el nombre: ni son torres —el proyecto original contemplaba dos— ni son blancas. Lo verdaderamente revolucionario fue la manera en que Sáenz de Oiza rompió con la ortodoxia racionalista dominante. Frente a las líneas rectas y las fachadas repetitivas, propuso una estructura orgánica de hormigón armado formada por cilindros, terrazas curvas y núcleos verticales que recuerdan más a un organismo vivo que a un bloque residencial.
Su construcción exigió soluciones técnicas extremadamente complejas para la época. La influencia de las investigaciones estructurales de arquitectos como Le Corbusier o Louis Kahn es evidente, aunque Oiza acabó creando un lenguaje completamente personal. Vista desde la distancia, sigue siendo uno de los perfiles más singulares de Madrid.

Santuario de Aránzazu, Oñate (Guipúzcoa)
Algunos edificios explican una época. El Santuario de Aránzazu explica varias al mismo tiempo. Situado entre montañas y bosques del interior de Guipúzcoa, constituye una de las obras más importantes de la arquitectura religiosa española del siglo XX. El proyecto, desarrollado por los arquitectos Francisco Javier Sáenz de Oiza y Luis Laorga, fue tan innovador para la España de la posguerra que provocó una enorme controversia. La Iglesia llegó a paralizar parte de las intervenciones artísticas asociadas al santuario. Hoy resulta difícil entender aquel escándalo. Las esculturas de los apóstoles de Jorge Oteiza, la fachada de piedra afilada y la integración de las obras de Eduardo Chillida y Néstor Basterretxea forman uno de los conjuntos artísticos más importantes del país.
Lo interesante es que Aránzazu no adopta el brutalismo como una cuestión estética, sino como una manera de dialogar con el paisaje. La rugosidad de los materiales y la potencia escultórica de los volúmenes parecen prolongar las montañas que lo rodean.

Instituto del Patrimonio Cultural de España, Madrid
A la mayoría le suena más por su apodo: la Corona de Espinas. El Instituto del Patrimonio Cultural de España, proyectado por Fernando Higueras y Antonio Miró, es uno de los edificios más poderosos de la Ciudad Universitaria madrileña y una de las imágenes más claras del brutalismo español. Su planta circular, sus cuatro alturas y esa cornisa dentada de hormigón que recorta el cielo justifican de sobra el sobrenombre.
Fue concebido como centro de restauración y formación, un lugar dedicado a cuidar el patrimonio desde una arquitectura que también acabó siendo patrimonio. Higueras tenía una forma muy particular de trabajar el hormigón: menos seca, más expresiva, casi muscular. Sigue pareciendo raro, incluso en Madrid, y eso es parte de su mérito.

La Fábrica y Walden 7, Sant Just Desvern
En Sant Just Desvern, La Fábrica y Walden 7 forman uno de los episodios más fascinantes de la arquitectura española reciente. La Fábrica no fue diseñada desde cero como obra brutalista: era una antigua cementera que Bofill y su Taller transformaron, a partir de los años setenta, en estudio, vivienda, jardín, archivo y manifiesto construido. Conservar silos, cicatrices industriales y estructuras existentes para convertirlas en un lugar de trabajo casi monástico y teatral a la vez.
A pocos metros, Walden 7 lleva esa ambición al terreno residencial. Diseñado por Ricardo Bofill Taller de Arquitectura e inaugurado en 1975, el edificio toma su nombre de "Walden Two", la novela de B. F. Skinner sobre comunidades experimentales. El dato importa porque Walden 7 no quería ser solo una fachada potente, sino una hipótesis sobre cómo vivir juntos: patios interiores, pasarelas, viviendas agrupadas, recorridos verticales y una densidad que evita la monotonía del bloque convencional.

La Pirámide, Alicante
El Edificio Montreal, conocido como la Pirámide, es una de las piezas más reconocibles de Alicante y también una de las más discutidas. La autoría corresponde al arquitecto Alfonso Navarro Guzmán, aunque sobre sus fechas conviene ser prudente: las fuentes lo sitúan como proyecto de finales de los sesenta, mientras otras referencias locales hablan de una terminación posterior. Lo indiscutible es su presencia. En una ciudad acostumbrada al bloque mediterráneo más previsible, esta construcción triangular se comporta como un objeto extraño.
Su forma no es un capricho gratuito. La disposición en vela o pirámide permitía mejorar vistas, ventilación y organización de viviendas, introduciendo una lógica espacial más ambiciosa que la de muchas promociones residenciales de la época. También por eso ha sido tan atacada: porque no encaja con la idea de "edificio correcto". La Pirámide tiene algo de arquitectura de boom inmobiliario y algo de experimento formal. Esa tensión la vuelve interesante.

Torre de Valencia, Madrid
La Torre de Valencia, proyectada por Javier Carvajal Ferrer y construida entre 1970 y 1973, sigue siendo uno de los edificios más conocidos de Madrid. Su ubicación, junto al Retiro y en el eje visual que afecta a la lectura de la Puerta de Alcalá desde Cibeles, provocó una discusión que aún no se ha apagado del todo.
Pero reducirla a "la torre que tapa la vista" no sería suficiente. Carvajal planteó un edificio de gran altura con basamento comercial y de oficinas, y una torre residencial organizada con una notable atención a las plantas, las orientaciones y las vistas hacia el Retiro. La frase que mejor la resume quizá sea una de las más repetidas entre arquitectos: un edificio extraordinario en un lugar extraordinariamente discutible. Por eso merece estar en esta ruta.