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Les Prés d'Eugénie, un refugio de leyenda escondido en Las Landas
Enclavado en una aldea con mucha historia y oculto en un bucólico bosque, este romántico palacio salpicado de antiguas residencias señoriales, huertos con plantas aromáticas, restaurantes con estrellas Michelin, instalaciones de aguas termales…, es una auténtica joya, ideal para unas vacaciones de relax y disfrute para los sentidos.
Subir al norte en verano está de moda, una tendencia que, a la vista del galopante cambio climático y del ascenso imparable de las temperaturas, no parece arriesgado decir que ha llegado para quedarse. De hecho, cada vez son más quienes apuestan por el Cantábrico en busca de noches frescas, paisajes verdes y un ritmo más pausado.
Un poco más al norte de ese norte nuestro, cruzada ya la frontera de Irún, se esconde uno de esos lugares que justifican por sí solos el viaje. Haciendo uso de esos eslóganes que promueven que el camino es aún mejor que el destino, pero sin llegar a tanto, enseguida resulta evidente que el recorrido forma parte del encanto de esta escapada que se adentra en el interior de Las Landas. Mi sugerencia es salir desde el País Vasco. Por ejemplo, desde Gernika, aprovechando para recorrer una de las villas más simbólicas de la historia vasca, o partir de Guetaria, después de comer frente al puerto o en el casco antiguo, donde nunca faltan buenas parrillas para disfrutar del pescado del día. A partir de ahí, apenas dos horas de coche bastan para que el paisaje vaya cambiando. Eso sí, es importante abandonar cuanto antes las grandes carreteras e ir tomando las vías secundarias, que atraviesan bosques, maizales y pequeños pueblos de esta región gala para sumergirse una ruta slow de lo más placentera.

Sin prisa, el recorrido –entre poblaciones diminutas con casas de piedra y contraventanas de madera e iglesias que atesoran siglos– va creando una atmósfera bucólica que anticipa lo que te encuentras al llegar a Les Prés d'Eugénie, una enorme finca de más de 15 hectáreas con el marchamo Relais & Châteaux que invita perderse a placer unos días.
Una de las cosas que más llama la atención es que no hay una entrada monumental ni un edificio concebido para impresionar desde la distancia; de hecho, este pequeño tesoro de relax, que cuenta con una casita de madera convertida en spa y un centro termal, queda bastante disimulado al no estar a los ojos del viandante sino oculto en un área boscosa, lo que seguramente explica que más del 70% de sus huéspedes sean nacionales.
Entre los árboles centenarios se abren frondosas áreas ajardinadas, fuentes y espacios para la privacidad y la pura contemplación. Razones poderosas para olvidarte de la urbe, del tráfico y de la rutina al poco de llegar y empezar a apreciar el olor a verde, el canto de los pájaros y el placer que da hacer las cosas sin prisas. Es un lujo disfrutar de la forma consciente que tienen en este lugar de entender la hospitalidad, brindando descanso, contacto con la naturaleza y el deleite que supone degustar productos cultivados a escasos metros (esta finca, atendida por 230 profesionales, cuenta con sus huertos, sus colmenas y sus proveedores locales). Todo aquí lleva la impronta de lo bien hecho, de la excelencia, pero sin resultar ostentoso; al contrario, el ambiente destila sencillez y, sobre todo, verdad.

Uno de los ejemplos más reveladores del sustrato de autenticidad sobre el que se asienta este lugar es la propia historia de Andreu Coma, un aragonés que dirige con maestría este bucólico resort desde hace seis años. Conoce cada rincón del complejo porque su historia profesional ha transcurrido en gran parte entre estas mismas paredes. Llegó en 2005 para realizar unas prácticas de cocina y nunca imaginó que acabaría dirigiendo el hotel. “Estuve diez años en las cocinas, después dirigí otros establecimientos del grupo y regresé para hacerme cargo de Les Prés d'Eugénie".
Mientras caminamos, la conversación va dibujando la historia de este peculiar lugar, impulsado por Christine Barthélémy. Su padre, fundador de uno de los principales grupos termales franceses, adquirió la propiedad a comienzos de los años sesenta. “Christine trabajaba entonces en México, en el sector financiero, pero regresó para hacerse cargo de una finca que poco tenía que ver con lo que hoy conocen los viajeros. Fue ella quien empezó a transformar el lugar, diseñando los jardines, recuperando edificios y definiendo una forma muy particular de entender el lujo”.
Monsieur Coma resume aquella filosofía con una anécdota que explica mejor que cualquier discurso cómo se ha ido conformando este lugar. "Aquí nunca se cortaba un árbol para levantar un edificio. Si había un árbol, se construía alrededor de él".
Puede parecer un detalle menor, pero basta recorrer la finca para comprender que esa manera de pensar sigue presente. Los espacios verdes no están diseñados para deslumbrar, sino para integrarse con el paisaje; las distintas construcciones siguen conservando la escala de un pequeño pueblo; y los senderos que conectan este ecosistema invitan más a pasear que a fotografiar.

Un genio en los fogones
La llegada del gran Michel Guérard a Les Prés d'Eugénie (antes de que revolucionara la gastronomía francesa) cambió definitivamente el destino. Todo comenzó por casualidad. Corría la década de los sesenta del siglo pasado cuando un cocinero del establecimiento fue enviado a París para completar su formación con Pierre Troisgros, pero acabó viajando a la cocina un entonces joven chef llamado Michel Guérard. Christine quiso agradecer personalmente aquella ayuda y, de aquel encuentro, nació una historia de amor que acabaría transformando este rincón de Las Landas en una referencia internacional de la gastronomía y el bienestar.
Pero la historia de Les Prés d'Eugénie se remonta bastante tiempo atrás. De hecho, no puede entenderse sin otra mujer que dio nombre al pueblo mucho antes de que existiera el hotel. Hasta mediados del siglo XIX este rincón del interior de Las Landas era apenas una pequeña aldea conocida por sus aguas termales. Todo cambió cuando la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, hizo escala aquí durante uno de sus viajes hacia Biarritz. Fascinada por las propiedades de las aguas, comenzó a acudir regularmente para someterse a tratamientos termales y, en 1861, autorizó que la localidad adoptara su nombre. Aquel gesto marcó el inicio de la transformación de Eugénie-les-Bains en una estación termal de referencia.
Más de un siglo después, Christine y Michel Guérard encontrarían en ese mismo lugar el escenario perfecto para desarrollar una idea de hospitalidad que hoy sigue resultando plenamente actual. Lo que comenzó como un pequeño establecimiento ha ido creciendo durante cinco décadas hasta convertirse en un conjunto de seis edificios históricos repartidos la propiedad: un Palace con cuarenta y cinco habitaciones; un antiguo convento convertido en alojamiento; La Maison Rose, un coqueto hotel de tres estrellas con 36 habitaciones; varios restaurantes, un instituto dedicado a la cocina saludable, un balneario médico y un château rodeado de viñedos a pocos minutos de allí. Nada, sin embargo, transmite la sensación de complejo turístico. Al contrario. Todo mantiene la escala de una pequeña aldea donde el huésped termina sintiéndose un vecino más que pasea por estos antíguos edifícios señoriales.

Aquí no encontrarás mármoles, vestíbulos impresionantes ni un desfile constante de coches y chóferes a la puerta. Y eso es, justamente, lo que más se agradece: el silencio, el espacio, el contacto con el medio natural, el gusto francés…
Les Prés d'Eugénie ninguna habitación es igual a otra. Los muebles proceden, en su mayoría, de anticuarios franceses que Christine visitó durante décadas. Muchas piezas, de hecho, llegaron en el maletero de su coche después de un viaje familiar. Otras fueron restauradas por los propios artesanos de la finca. “Siempre que viajaban volvían con algún mueble, con un cuadro o una chimenea”, recuerda Coma. Y esa mezcla de hallazgos, que aúna el estilo oriental o el africano con el gusto decimonónico clásico o el rústico regio francés, lejos de crear un decorado, da al conjunto una personalidad difícil de imitar.
Alta gastronomía dietética
Otro de los grandes motivos para visitar este sorprendente establecimiento es su exquisita propuesta culinaria, atendida por 48 cocineros y pasteleros. Resulta inevitable asociar Les Prés d'Eugénie con las tres estrellas Michelin (de las que disfruta desde hace 50 años) del restaurante Michel Guérard, el gran gurú de la cocina francesa y un visionario al desarrollar en aquella época la Cuisine Minceur, una propuesta que demostró que era posible unir alta cocina y alimentación saludable en un tiempo dominado por las salsas pesadas y la mantequilla. Aquella apuesta, adelantada a su tiempo, sigue viva en el Institut Michel Guérard, la escuela de cocina del complejo, donde profesionales de todo el mundo continúan formándose en cocina dietética y bienestar.
Además de este histórico restaurante, en un ambiente regio, donde los platos se sirven en la mítica porcelana fabricada por la casa Bernardaud, de Limoges, dentro de la enorme finca hay propuestas muy diferentes, desde la elegancia relajada, tipo brasserie, de L'Orangerie, con una estrella Michelin, hasta el ambiente informal del Café Mère Poule, abierto también a los vecinos del pueblo, o La Ferme aux Grives, una posada con delicias de la huerta, patés, panes artesanales y aves que se cocinan al modo tradicional en una enorme chimenea de este espacio diseñado para complacer. Y justamente esa mezcla es la que evita que Les Prés d'Eugénie se convierta en un lugar reservado únicamente para ocasiones especiales. Aquí se puede disfrutar de una gran cena o sentarse a media tarde en los bancos de madera de uno de los templetes para tomar una copa de vino mientras la vida pasa despacio.
Y hablando de vino, a unos diez minutos en coche del hotel espera otra de las sorpresas del viaje. El Château de Bachen, adquirido por Christine y Michel Guérard en 1983, se alza entre viñedos como una elegante casa solariega del siglo XVIII. Allí, la segunda generación elabora sus propios vinos, organiza cenas temáticas y recibe a pequeños grupos de visitantes. La visita permite comprender hasta qué punto Les Prés d'Eugénie nunca ha dejado de crecer y cómo lo ha hecho sin perder su identidad. “Lo que querían las hijas de Michel Guérad era darle vida a este palacio –explica Coma mientras recorremos los salones– no convertirla en un museo, sino en un lugar habitado. Y ese mismo espíritu lo han trasladado a lao 26 establecimientos singulares con los que cuentan en Francia, Suiza y Bélgica”.
Quizá sea esa la mejor definición de todo el proyecto. Les Prés d'Eugénie no pretende impresionar al viajero desde el primer minuto, pero te va conquistando irremediablemente y acaba atrapándote. Te vas de aquí comprendiendo que el gran placer es disponer del tiempo y la tranquilidad para apreciar algunas de las cosas más sencillas de la vida y te haces la promesa de regresar algún día.