Tasmania, el destino que todos los australianos recomiendan: naturaleza salvaje y un museo provocador
Al sur de Australia, Tasmania ha convertido su aislamiento en ventaja: naturaleza radical, hoteles extraordinarios, buena comida y uno de los museos más provocadores del país.
Australia tiene aproximadamente el tamaño de Europa, pero el primer viaje suele concentrarse en un puñado de nombres que siempre se repiten: Sídney, Melbourne, Uluru, la Gran Barrera de Coral. Pero cuando la pregunta cambia y se dirige a los propios australianos —¿dónde pasarías tú una semana?—, Tasmania es el destino que aparece una y otra vez.
Separada del continente por el estrecho de Bass, la isla —lutruwita en palawa kani— tiene poco más de medio millón de habitantes y una geografía difícil de encajar en la imagen habitual de Australia. Bosques templados, montañas, lagos glaciares, playas de arena blanca y un clima que obliga a llevar algo más que bañador en la maleta. Alrededor de una quinta parte de su territorio pertenece al área natural declarada Patrimonio Mundial por la Unesco.
La sorpresa está en todo lo que ha crecido alrededor de ese paisaje. Tasmania se ha convertido en uno de los polos gastronómicos más interesantes del país, produce algunos de sus mejores vinos de clima frío y whiskies reconocidos en todo el mundo, y ha desarrollado una hotelería muy vinculada a la arquitectura. A eso hay que sumar MONA, el museo que consiguió colocar a Hobart en el mapa cultural internacional.

Hobart y el museo que cambió las reglas
Hobart es una de las capitales estatales más pequeñas de Australia y el lugar desde el que empezar. Su gran sacudida llegó en 2011, cuando el excéntrico coleccionista David Walsh abrió MONA, Museum of Old and New Art, a orillas del río Derwent.
La mejor entrada es por agua. Un ferry sale de Brooke Street Pier y, media hora después, deja al visitante frente a un museo excavado en gran parte bajo tierra. Dentro, antigüedades egipcias, instalaciones contemporáneas, sexo, muerte, máquinas, vino y humor negro comparten espacio. Lo que verás aquí no lo has visto en ningún otro museo. MONA convirtió Hobart en destino cultural y propició la llegada de nuevos hoteles, restaurantes y proyectos creativos.

La ciudad merece tiempo fuera del museo. Battery Point conserva casas georgianas y pequeñas calles residenciales; Salamanca Place ocupa una hilera de antiguos almacenes de arenisca frente al puerto; y el sábado, Salamanca Market reúne a centenares de productores y artesanos.
La comida es otro argumento. En New Norfolk, a unos 35 kilómetros de Hobart, The Agrarian Kitchen trabaja casi exclusivamente con ingredientes procedentes de su propia finca. Tasmania tiene una relación muy directa con el producto: ostras, salmón, quesos, manzanas, bayas, trufas, vinos y destilados. Sullivans Cove ayudó a cambiar la reputación internacional del whisky tasmano cuando su French Oak fue elegido mejor single malt del mundo en 2014 y volvió a conseguir el reconocimiento en 2019.

Freycinet, Cradle Mountain y la carretera
El coche permite descubrir la otra Tasmania. La costa este conduce hacia Freycinet National Park, donde está Wineglass Bay, una de las playas más reconocibles de la isla. Para verla desde arriba hay que subir hasta el mirador; bajar después hasta la arena convierte la excursión en una ruta de unos seis kilómetros.
Muy cerca, Saffire Freycinet representa esa versión del lujo que ha dado prestigio a la isla. Diseñado por Circa Morris-Nunn Architects, el hotel mira hacia las Hazards Mountains y toma del paisaje su paleta de grises, rosas y verdes. El lujo está en el aislamiento, las vistas y el acceso directo a uno de los grandes parques nacionales australianos.

Hacia el interior aparece Cradle Mountain-Lake St Clair National Park: lagos glaciares, montañas y bosques donde viven wombats, wallabies y demonios de Tasmania. La ruta alrededor de Dove Lake permite acercarse al paisaje sin embarcarse en el célebre Overland Track, una travesía de varios días reservada para quienes quieran hacer del senderismo el centro del viaje.
Al sur de Hobart, la península de Tasman ofrece otra ruta excepcional: Three Capes Track, 48 kilómetros repartidos en cuatro jornadas entre bosques y enormes acantilados sobre el océano. Muy cerca está Port Arthur, antiguo asentamiento penitenciario y uno de los lugares esenciales para acercarse a la cara más violenta de la colonización británica de Australia.

Bruny Island y la Tasmania que se come
Desde Hobart también merece la pena reservar un día para Bruny Island. El ferry tarda unos veinte minutos y al otro lado esperan playas, bosques, pequeñas granjas y The Neck, la estrecha lengua de tierra que une las dos partes de la isla.
Aquí la parada tiene nombre propio: Get Shucked. Sus ostras del Pacífico se cultivan en las aguas de Great Bay durante años y llegan abiertas al momento a una pequeña barra junto a la carretera. Cerca se producen quesos, cerveza, miel y sidra.

Una semana permite enlazar Hobart, Freycinet y Cradle Mountain sin convertir el viaje en una carrera; con diez días aparecen Bruny Island, la península de Tasman y esas carreteras secundarias que terminan llevando a una bodega, una playa vacía o una destilería.
Quizás ahí esté la razón por la que los australianos insisten tanto con Tasmania. Sídney, Melbourne o la Gran Barrera de Coral son imprescindibles cuando te planteas Australia como destino. Pero si tienes tiempo, llegar hasta Tasmania te dará una perspectiva única de lo que ocurre down under.