Este pueblo de Francia parece un cuadro y está a solo dos horas de España: aquí murió un gran poeta
Matisse y Derain revolucionaron aquí la pintura hace más de un siglo. Hoy Collioure sigue viviendo alrededor del color, especialmente cuando llega el otoño y la Côte Vermeille cambia de tono.
En el verano de 1905, Henri Matisse llegó a Collioure (uno de los pueblos más bonitos de Francia) con poco dinero pero muchas ganas de cambiar las reglas del arte. Poco después apareció André Derain. Entre los dos pasaron unos meses pintando el puerto, las barcas, los tejados y las montañas con colores a su manera única. En menos de tres meses, Matisse produjo más de quince lienzos, cuarenta acuarelas y alrededor de un centenar de dibujos; Derain, treinta pinturas y decenas de dibujos y bocetos. Cuando algunas de aquellas obras llegaron al Salon d'Automne de París, la reacción fue unánime. El crítico Louis Vauxcelles acabaría popularizando el término "fauves" (fieras) para referirse a aquellos pintores que decidieron que un cielo podía ser rosa y una montaña naranja si les daba la gana.
Más de un siglo después, este pequeño puerto de los Pirineos Orientales continúa viviendo entre colores saturados: fachadas rosas, ocres y amarillas, persianas verdes, barcas catalanas y el campanario de Notre-Dame-des-Anges entrando directamente en el Mediterráneo.

El mejor momento para visitar Collioure es a partir de septiembre, y especialmente durante octubre. Baja la presión turística, sigue habiendo días templados y las laderas que rodean el pueblo empiezan a acompañar la paleta de sus fachadas. Estamos en plena Côte Vermeille (Costa Bermeja), uno de los paisajes más singulares del sur de Francia: viñas plantadas sobre pendientes, terrazas estrechas y kilómetros de muros de piedra seca. Cuando las hojas cambian de color, el paisaje se llena de amarillos, cobres y rojizos.

Collioure, un pueblo que cambió la historia del color
Lo inteligente al llegar es resistirse unos minutos al paseo marítimo y mirar Collioure como hicieron quienes llegaron aquí antes de que existieran las tiendas de recuerdos. El pueblo era entonces una localidad pesquera y vitícola. Su transformación en enclave artístico comenzó con aquella estancia de Matisse y Derain en 1905 y continuó con una lista de visitantes que incluye a Picasso, Signac o Braque.
El llamado Chemin du Fauvisme permite seguir hoy algunos de los puntos desde los que ambos artistas pintaron Collioure. Hay reproducciones colocadas frente al paisaje original y es un ejercicio que merece la pena: comparar La fenêtre ouverte de Matisse o las vistas de Derain con un lugar que todavía es reconocible obliga a entender hasta qué punto aquellos pintores estaban manipulando lo que tenían delante.
Conviene entrar también en el Musée d’Art Moderne, instalado en la Villa Pams, y dedicar tiempo al Château Royal. La enorme fortaleza pegada al puerto: Collioure fue mucho más que refugio de artistas: su posición fronteriza convirtió este punto del Mediterráneo en un enclave estratégico durante siglos.
Hay otra visita también imprescindible. En el pequeño cementerio municipal está enterrado Antonio Machado, que cruzó la frontera huyendo de España en enero de 1939 y murió en Collioure apenas unas semanas después. Su tumba continúa recibiendo cartas, flores y banderas republicanas.

Beberse el paisaje
Si hay algo que nos encanta realmente del otoño de Collioure son sus viñas. Aquí el viñedo no ocupa una amable sucesión de colinas: trepa. Las cepas crecen sobre pendientes que caen hacia el Mediterráneo y buena parte del trabajo sigue realizándose manualmente.
De esas laderas salen los vinos AOP Collioure y, un poco más al sur, los Banyuls. Garnacha negra, garnacha gris, cariñena o syrah aparecen en unos vinos muy ligados al paisaje. Merece la pena salir andando del núcleo urbano para entenderlo. Las rutas hacia el Fort Saint-Elme o las que continúan en dirección a Port-Vendres permiten pasar en pocos minutos de las calles del pueblo a un territorio de terrazas, muros de piedra y Mediterráneo.

Collioure también es un paraíso para los amantes de las anchoas. Su elaboración está documentada aquí desde hace siglos y todavía sobreviven casas históricas como Roque y Desclaux, donde se pueden comprar preparadas en sal o en aceite. Es uno de esos productos que explican mejor un destino que muchas cartas de restaurante diseñadas para turistas.
Para sentarse a comer, interesa mirar hacia el producto local y los vinos del Rosellón. Y si el plan incluye dormir, Les Roches Brunes es la dirección que mejor encaja con una escapada especial: apenas 18 habitaciones y suites, todas orientadas al mar, en una construcción sobre la roca frente a la bahía.

Después del último bañista
En otoño, el mercado, las terrazas, las galerías y las pequeñas calles del barrio de Mouré adquieren otra dimensión cuando uno puede detenerse sin formar inmediatamente un atasco humano.
Y el mar sigue ahí. La costa que continúa hacia Port-Vendres, Banyuls-sur-Mer y Cerbère es uno de los tramos más atractivos de la Francia mediterránea y conserva algo que Collioure, víctima de su propio éxito, a veces pierde: tranquilidad.
Desde la frontera española, Collioure está a poco más de media hora en coche; desde Girona, aproximadamente una hora. ¡Qué suerte tenemos!