La otra Riviera francesa: una ruta por Hyères, Porquerolles y los pueblos que aún escapan del turismo masivo
Hubo un tiempo en que el sur de Francia se elegía por su luz y no por su estatus. Volver a Hyères y sus islas es recuperar el secreto mejor guardado de la modernidad europea.
En 1923, Charles y Marie-Laure de Noailles le pidieron al arquitecto Robert Mallet-Stevens una casa pequeña en las colinas de Hyères, uno de los paraísos del sur de Francia, que fuera "interesante para vivir". El resultado fue una obra maestra del racionalismo que acabó atrayendo a Man Ray, Dalí y Cocteau, transformando este rincón del Var en el epicentro de la vanguardia antes de que la Costa Azul se convirtiera en el cliché que es hoy. Mientras Niza y Cannes se entregaban al ladrillo y al turismo de masas, Hyères y su entorno mantuvieron una distancia prudencial.
El viaje empieza precisamente en esa colina, en la Villa Noailles, que hoy opera como un vibrante centro de diseño, fotografía y moda. Desde sus terrazas cúbicas y sus jardines escalonados, diseñados por Gabriel Guevrekian, se divisa el doble istmo de Giens, una rareza geológica que une la península con el continente y que encierra las salinas de Pesquiers. Aquí abajo el paisaje cambia drásticamente: no hay clubes de playa privados con música atronadora ni hamacas a precios prohibitivos; hay flamencos rosados, kilómetros de dunas protegidas y recolectores de sal que trabajan un terreno explotado desde la época de los romanos. La luz golpea de frente, con la misma intensidad cruda que fascinó a los impresionistas.

El arte de descalzarse entre viñedos y vanguardia
Para entender el carácter indómito de esta zona hay que bajar al puerto de La Tour Fondue y embarcar hacia Porquerolles. La mayor de las islas de Hyères (las antiguas Stoechades de los griegos) sufre la presión estival en sus calles principales, es cierto, pero basta con alejarse un kilómetro del desembarcadero en una bicicleta de alquiler para que el entorno cambie. En la costa norte, la playa de Notre-Dame ofrece una arena fina que nada tiene que envidiar a las postales del Caribe, flanqueada por un denso bosque de pinos piñoneros y eucaliptos que llega prácticamente hasta la orilla del agua.

Sin embargo, el verdadero giro de guion de la isla no es marítimo, sino artístico. Oculta entre viñedos con denominación de origen se encuentra la Villa Carmignac, una finca provenzal reconvertida en fundación de arte contemporáneo por el financiero y coleccionista Édouard Carmignac. El acceso al espacio ya advierte de que no estamos ante una galería convencional: el visitante debe descalzarse obligatoriamente antes de cruzar el umbral. Caminar descalzo sobre el suelo de piedra liofilizada de la galería, contemplando obras de Botticelli, Andy Warhol, Gerhard Richter o Roy Lichtenstein bajo un techo de cristal cubierto por una capa de agua que filtra la luz del sol del sur, redefine por completo la experiencia del lujo cultural.

Piedra medieval y el encanto del interior
De regreso a tierra firme, la ruta esquiva las carreteras principales que bordean la costa para buscar la verticalidad y el frescor del macizo de los Moros. Bormes-les-Mimosas suele aparecer en las guías de viajes por su explosión floral tardo-invernal, pero el interés real reside en su arquitectura del siglo XII y en cómo el trazado urbano ha sabido mantener una estructura de callejones cubiertos y pasajes estrechos —las llamadas rompiou—. Estas soluciones arquitectónicas medievales no siguen cumpliendo su función original de frenar las ráfagas del viento y, de paso, ralentizar el ritmo del paseante.

Unos kilómetros más allá, descendiendo de nuevo hacia la línea de costa pero manteniéndose al margen del circuito de los grandes yates, Le Lavandou mantiene un puerto pesquero que vende la captura del día a los pequeños restaurantes locales. Aquí la bullabesa y el aïoli se sirven como toda la vida, con el sabor concentrado de la roca, el pescado local y el azafrán auténtico.

El bosque frente al espejo del mar
La última parada de esta ruta alternativa exige un desvío definitivo hacia el interior profundo, subiendo por carreteras sinuosas que se adentran en Collobrières, autoproclamada la capital del castaño. Protegido por una inmensa y densa masa forestal de alcornoques y castaños que aísla por completo al pueblo del bullicio y el tráfico de la costa, este enclave vive a una velocidad que ignora los calendarios de las temporadas turísticas.
En la Confiserie Azuréenne se elaboran los célebres marrons glacés siguiendo una receta artesanal meticulosa que requiere semanas de preparación.
Caminar por las orillas del río Real, que atraviesa el pueblo bajo puentes de piedra del siglo XII, ofrece un contraste brutal con la luminosidad salina de las playas visitadas horas antes.
Volver al punto de partida, a las líneas limpias, blancas y racionales de la Villa Noailles en lo alto de Hyères, permite cerrar el círculo de un viaje que funciona, por encima de todo, como un antídoto contra la masificación.