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A la isla de Sein se la conoce por su forma serpenteante y por ser la más plana de las que componen el Finisterre francés. Tiene casas de colores, calles estrechas e igualmente sinuosas y unos alrededores donde la naturaleza es apoteósica y virginal.
La pregunta de por qué nos enamoramos de las islas tiene fácil respuesta. Basta con mirar. Y no solo al veraniego mar Egeo, donde están las adoradas Cícladas, con Santorini y Mykonos a la cabeza, sino a las invernales islas Lofoten, en Noruega, por encima del Círculo Polar Ártico, con fama de ser uno de los archipiélagos más bonitos del mundo. La que hemos elegido para este viaje es igualmente digna de mención. La tenemos en la región francesa de Bretaña, en el departamento de Finisterre. Esto es, en el fin del mundo francés, que nos transporta instantáneamente, y con no poca magia, al Finisterre gallego, a Fisterra.
Isla de Sein, casas de colores y un faro divino
A la isla de Sein se la conoce por su forma serpenteante, que origina una ese inversa en un mar inundado de historias de marinos y pescadores. Sein apenas emerge de las aguas, con una altitud media de 1,5 metros, así que también es una isla plana, como le pasa a nuestra Tabarca, en la Costa Blanca alicantina. Igualmente, está habitada, con el puerto y el pueblo en su parte este. Al oeste, se halla el faro, muy evocador como todos los faros. El pueblo, por cierto, con unas hermosas casas de colores, que componen una marina con la que soñar.

Île de Sein, en francés, tiene una longitud aproximada de 1,8 km y una anchura máxima de 800 metros, aunque con apenas 30 m en su parte central, justo donde se traza la referida S. Se localiza a unos ocho kilómetros de la Punta de Raz, entre el mar de Iroise y la bahía de Audierne. El hecho de carecer de alturas y acantilados la ha expuesto históricamente a la voracidad de las tempestades, hasta el punto de que quedó sumergida casi al completo por las olas en sucesivas ocasiones durante el siglo XIX. Con el fin de protegerla, y salvaguardar la superficie de la isla inundable, se construyeron cerca de tres kilómetros de diques.
Una isla sin árboles en el salvaje Atlántico
Además, los vientos que soplan de continuo en la isla no dejan crecer a los árboles. Lo que se ve es pura horizontalidad, una línea continua que se confunde con el mar. En tiempos, cuando se cultivaban patatas y cereal, se tenían que cercar los campos con muros de piedra. De esto saben mucho las islas con climas ventosos. Desde nuestros Lanzarote y Menorca hasta Pico en las Azores (Portugal) o Pantelaria (Italia), la isla de los famosos, como la llaman.

La aventura, desde luego, es bretona y habrá que hacerla aún más apasionante con un paseo en barco para tomar las medidas a esta paradisíaca geografía desde todos los puntos de vista. Lo suyo es embarcarse en el velero Atlantis, de Audierne Yachting, que capitanea René, en Audierne, un pequeño puerto entre verdes colinas, y poner rumbo al oeste. Promete llevarte allí donde la naturaleza se muestra en su estado más salvaje, de faro en faro, hasta la Punta de Raz y con parada en Sein, sin perder de vista el vuelo de las aves marinas.
Sein, Ouessant, Batz: de isla en isla
En ausencia de relieve montañoso, lo que hay en Sein son playas de arena y cantos rodados, dibujando un paraíso lejano, hermanado con otras islas del Finisterre francés como son Ouessant, Molène, Batz o Glénan. Ella, la de menos altitud de todas, ocupa un lugar prominente en la historia porque sus hombres (un total de 150), marineros acostumbrados a luchar contra los elementos, se unieron al general De Gaulle en Londres, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, para participar en la resistencia. Hubo muchas pérdidas humanas y, en paralelo, muchas condecoraciones.

La isla de Sein nos invita a recorrer las demás, aunque sea con la imaginación. Ouessant es la más grande de todas, con una superficie de 8 por 4 kilómetros y también la más salvaje, debido a sus escarpados acantilados. Además, ostenta otro honor, el de ser la última isla de Bretaña, la más cercana a América. Todo es tan marinero aquí que querrás entrar en su Museo de Faros, así como en el Ecomuseo, en el que se recrea cómo era antiguamente la vida en la isla.
Un jardín exótico en el fin del mundo
Batz, en cambio, tiene fama de exótica por las plantas que la habitan, una extrañeza en estas latitudes, y es gracias a su clima templado. De hecho, la Punta Pen ar Cleguer atesora el jardín Georges Delaselle, donde viven más de 2.500 plantas de los cinco continentes. Es la más cercana a tierra firme, a solo un cuarto de hora en barco de Roscoff, un pueblo costero con una iglesia de estilo gótico flamígero imponente. "El puerto bretón más británico", como lo definen desde Turismo de Bretaña.

Molène, con una decena de islotes, destaca por la diversidad de su fauna, que incluye delfines, pero también focas grises y gran número de aves marinas. En el apartado gastronómico manda la salchicha que lleva su nombre, un embutido ahumado con algas, que haría las delicias -nos imaginamos- de Ángel León, nuestro chef del mar.
Terminamos esta singladura en el archipiélago de Glénan. ¿Habíamos dicho ya de alguna isla que era la más salvaje? Pues estas siete lo son aún más, con sus paisajes de fin de mundo. La isla de Saint-Nicolas, frente a las costas de Tregunc y Pont Aven, está unida a la de Bananec por un tómbolo de arena. Dibujan la perfecta imagen del bautizado como "Caribe bretón".