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Este monasterio se hizo famoso por el gran poder de sus abadesas: es una joya medieval
La nueva mirada de Abadía Retuerta
Estrena temporada con delicatessen de campo, un wellness que gana profundidad, un programa que consolida su apuesta por el arte y la celebración de los 30 años de su bodega.
Este mes Abadía Retuerta ha vuelto a abrir sus puertas en el corazón del valle del Duero para seguir sorprendiendo. El monasterio del siglo XII, imponente con su sobria fachada y sus viñedos, se reinventa para acoger al visitante que busca apaciguar cuerpo y mente.

A menos de dos horas en coche de Madrid, este cinco estrellas –miembro de The Leading Hotels of the World y poseedor de tres llaves Michelin– se ha marcado un propósito claro para 2026: que la experiencia siga creciendo hacia dentro, sin perder el pulso del territorio. Algo que se manifiesta en sus cartas renovadas, en un programa de bienestar con más recorrido, en colaboraciones pensadas por estaciones y en un calendario cultural que refuerza el vínculo entre vino y creación. Como subraya su CEO, Enrique Valero, es importante mantener un espíritu de mejora continua: “Esto no significa cambiar por cambiar, sino conocer muy bien qué inspira tu modelo de negocio (el nuestro está muy arraigado en el lugar). Y partir de esa premisa hay pensar en el cliente, no centrarse en el producto, lo que te obliga a estar pendiente de la evolución del mercado y las tendencias de consumo. El mundo del lujo está pidiendo a gritos experiencias inmersivas, y nosotros eso lo entendimos muy bien hace ya 16 años. Nuestro objetivo es que las personas que nos visitan se hagan fans del lugar por lo que sienten y aportan, no por lo que nosotros les contamos”.

Con sabor local
La gastronomía en este exclusivo enclave es una forma de leer el paisaje. Sus restaurantes Refectorio, con estrella Michelin, y Vinoteca estrenan propuestas que ponen el foco en tres ideas: huerta propia, estacionalidad y proveedores locales. El resultado busca versionar la cocina de la cuenca del Duero con un punto contemporáneo, sin desarraigarla, y con un maridaje que no es un mero añadido, sino el hilo conductor. De hecho, los platos han sido pensados para dialogar con los vinos más emblemáticos de la casa.
Y es que en un destino donde la bodega cumple tres décadas, comer y beber son dos capítulos de un mismo relato, el de espacio con más de 900 años de historia vitivinícola, leído desde el conocimiento y el buen hacer. Por eso, para celebrar este aniversario, han diseñado una serie de eventos conmemorativos que ponen en valor su legado, su innovación y la singularidad de unos caldos respaldados por su propia Denominación de Origen Protegida. “Nuestro proyecto pivota sobre las viñas, porque es la manera en la que ha renacido esta abadía. Fue el primer paso que dimos en los 90 para crear un concepto de terruño. El vino es un maverick que interpreta el territorio y se diseña como una pieza de arte. Buscamos una uva que enriqueciera el suelo, que se adaptara al cambio climático, y conseguimos crear un vino con la personalidad de un sitio que hemos llevado a todo el mundo a través de una botella. Teníamos claro que tanto para el buen vino como para la buena hospitalidad se necesitan dos cosas: visión de qué quieres ser y tiempo para ejecutarla. Nosotros hoy somos un referente por cómo gestionamos y la huella es positiva”. Esta compañía emplea a 160 personas, de las cuales el 87% son de la zona. “Estamos creando empleo, impulsando la formación y poniendo en el mapa Sardón de Duero, y eso es nuestro mayor orgullo. Porque es mucho más importante el cómo que el qué”, sentencia Valero.

Lo que sigue manteniéndose en la reapertura de este singular hotel es su filosofía de crear un impacto positivo. Recientemente certificado como B Corp, contempla la recuperación de un antiguo bosque y del histórico Jardín de los Monjes. Además, ampliará su huerto orgánico, que alimenta a sus restaurantes.
Entre vino y bienestar, el arte cierra el triángulo del placer para un viajero con inquietudes que va persiguiendo la excelencia. La finca mostrará este año la obra de su cuarta artista en residencia, Paula Anta. Además, el compromiso de este establecimiento con la cultura se deja ver colgado de las paredes de sus habitaciones, porque todo aquí es una invitación a mirar distinto, a entender que un destino también se construye desde lo intangible.

Laboratorio cultural
Abadía Retuerta traslada su filosofía a la capital con The Craft, un céntrico local donde se podrá contemplar hasta abril Naturalezas Vivas: Arte y Vino, que propone una aproximación sensorial a dos lenguajes que, a menudo, se consideran inaccesibles: el arte y el vino. La tesis que plantean en esta muestra es que ni uno ni otro exigen conocimiento previo para disfrutarlos, basta con tener una mente abierta y aproximarse desde el más puro disfrute. Reivindican una experiencia “dionisíaca” –más vivida que analizada– y se plantea como la segunda de cuatro exposiciones dedicadas a los pilares de Abadía Retuerta. En ella se pueden admirar obras, entre otros artistas, de Paula Anta, Gilliam Dandoy, Willem Claesz Heda, Arturo Garrido o Marina González.