El secreto mejor guardado de los amantes del esquí es este hotel francés rodeado de cimas nevadas
Antes de que Courchevel fuera sinónimo de exclusividad, este hotel ya estaba allí. Hoy, Cheval Blanc sigue marcando el ritmo del esquí chic desde el corazón de los Alpes franceses.
En 1946, mientras Europa intentaba recomponerse tras la guerra, Francia tomó una decisión poco habitual: crear desde cero una estación de esquí pública, moderna y planificada. Así nació Courchevel, un proyecto estatal pensado para democratizar la montaña, pero que acabaría convirtiéndose, con el paso de las décadas, en uno de los enclaves más exclusivos de los Alpes. En ese giro inesperado, del idealismo social al refinamiento extremo, hay un edificio que lo ha visto todo desde primera fila: el hotel Cheval Blanc Courchevel.
Antes de ser sinónimo de lujo contemporáneo, este hotel fue uno de los primeros alojamientos históricos de Courchevel 1850, levantado en los años cincuenta, cuando el esquí aún no era un estilo de vida, sino una práctica exigente, casi técnica. No había jet set ni alfombras rojas; había deportistas, ingenieros, arquitectos y una idea muy sencilla: esquiar bien. Que ese mismo edificio sea hoy uno de los hoteles más sofisticados de Europa dice mucho de cómo ha cambiado la montaña… y de cómo algunos lugares han sabido adaptarse sin perder el norte.
De refugio alpino a manifiesto de estilo
Cheval Blanc Courchevel no nació como una marca, sino como lugar. Durante décadas fue un hotel discreto, muy bien situado, conocido por quienes sabían moverse por Courchevel. La gran inflexión llegó cuando LVMH decidió que su entrada en la hospitalidad debía hacerse desde la montaña, no desde una gran capital. El mensaje era claro: el lujo contemporáneo no se mide por el tamaño ni por el exceso, sino por el control del contexto.
La renovación fue profunda, pero muy acertada. El edificio se transformó sin borrar su memoria. Hoy el hotel cuenta con 36 habitaciones y suites, una cifra deliberadamente contenida para un cinco estrellas de este nivel. No hay sensación de resort ni de gran hotel alpino: todo está pensado para que el huésped se sienta dentro del paisaje.
La arquitectura juega con madera clara, piedra natural y líneas limpias, sin caer en el cliché del chalet alpino. No hay cornamentas ni nostalgia impostada. Hay proporción, silencio, luz natural y una forma muy francesa de entender el confort: precisa, elegante, sin excesos.

Como se esquía aquí, en ningún sitio
Uno de los grandes activos del hotel es su acceso directo a las pistas. No en teoría, sino en la práctica. Sales del ski room y estás esquiando. Así de simple. En una estación como Courchevel, integrada en Les Trois Vallées, el dominio esquiable más grande del mundo con más de 600 kilómetros de pistas, esa inmediatez cambia la experiencia por completo.
El esquí aquí es, por supuesto, la actividad central del día. El hotel lo entiende y se organiza en torno a ello: horarios, servicios, ritmos. En el ski room todo funciona para que los huéspedes estén lo más cómodos posible: material preparado, botas secas, equipo ajustado, personal que sabe exactamente cuándo y cómo intervenir.
Volver al hotel después de esquiar no es regresar al bullicio, sino al recogimiento. Las habitaciones están pensadas para eso: aislar, recuperar, bajar pulsaciones. Chimeneas en algunas suites, tejidos cálidos, ventanales que convierten la nieve en parte del interior. El paisaje se integra.

Comer en altura
Hablar de Cheval Blanc Courchevel implica hablar de alta gastronomía (nunca mejor dicho) en un contexto extremo, algo que no siempre funciona. Durante años, el hotel albergó Le 1947, el restaurante dirigido por Yannick Alléno que alcanzó las tres estrellas Michelin, una rareza absoluta en una estación de esquí.
Más allá de las estrellas (que van y vienen), lo interesante fue el planteamiento: demostrar que la alta cocina podía convivir con el esquí sin convertirse en un ejercicio artificial. Menús pensados para el cuerpo activo, técnica al servicio del producto y un entorno que huía del ceremonial excesivo. Comer aquí no era "hacer una excepción", era seguir el hilo del día con otro registro.
A esto se suman propuestas más relajadas, como La Table de Partage, pensada para compartir, y un bar con terraza que funciona como punto de encuentro al final de la jornada. Lo que ofrece es conversación, copas bien servidas y descanso tras un día de esquí.

Cuidar el cuerpo después del esquí
El spa de Cheval Blanc Courchevel no es un complemento más sino una extensión lógica del esquí. Piscina interior con vistas a la montaña, circuito de aguas, sauna, hammam y tratamientos diseñados para la recuperación muscular y el descanso profundo. El bienestar no se vende como experiencia aspiracional, sino como necesidad. Después de varias horas en la nieve, el cuerpo pide calor, agua, silencio.

Courchevel más allá de las pistas
Aunque el hotel invita a quedarse dentro durante horas, Courchevel 1850 ofrece suficientes estímulos para salir. Boutiques de grandes maisons, galerías, paseos entre chalets históricos y una vida social que funciona siguiendo sus propios códigos.
Desde Cheval Blanc se organizan experiencias a medida: cenas privadas en refugios de alta montaña, accesibles solo en moto de nieve; vuelos panorámicos en helicóptero sobre el macizo del Mont Blanc; descensos fuera de pista con guías expertos. Todo con un denominador común: la discreción absoluta. En Courchevel, lo verdaderamente exclusivo es no tener que demostrar nada.
