La forma más pausada de disfrutar de Mallorca es este hotel de estilo Art Nouveau donde se retiraban los grandes viajeros del XIX
Piscina del Gran Hotel Sóller. Foto : Granhotelsoller.com

La forma más pausada de disfrutar de Mallorca es este hotel de estilo Art Nouveau donde se retiraban los grandes viajeros del XIX

Un hotel modernista en una isla mediterránea que fascinó a viajeros decimonónicos y sigue siendo un refugio perfecto para quienes buscan historia, diseño y una Mallorca más auténtica.

Aleks Gallardo | Febrero 20, 2026

A algunos viajeros del XIX les fascinaba Mallorca por una razón que hoy resulta casi anacrónica: buscaban silencio. Cuando llegaban al valle de Sóller, uno de los pueblos más bonitos de la isla, y veían un edificio modernista en plena eclosión agrícola, lo interpretaban como un gesto de modernidad inesperada, un puente entre la isla rural y la Europa que ya empezaba a transitar hacia la Belle Époque. Ese edificio sigue en pie con el mismo aplomo de entonces: el Gran Hotel Sóller.

Lo curioso es que, en un destino dominado por resorts costeros y hoteles de playa, se haya convertido justamente en una referencia de lujo silencioso, orgullosa de su arquitectura afrancesada y de su historia viajera. Propone una forma concreta de estar en Mallorca, más pausada, más vinculada al carácter del valle y menos obsesionada con la postal estándar.

Nadie espera encontrar un edificio modernista de 1880, con aires afrancesados y balcones de hierro trabajados, exactamente aquí, en un valle cubierto de naranjos.  Tal vez por eso los exploradores del XIX, fatigados de navegar entre Marsella y Argel o de escribir diarios interminables desde Atenas, lo escogían como lugar de retirada temporal. “Descanso” era seguro la palabra más repetida en sus crónicas.

El Gran Hotel Sóller: una rareza modernista

El Gran Hotel Sóller nació en 1880, en una época en la que el valle empezaba a enriquecerse gracias a los comerciantes que viajaban entre Mallorca y Francia. Sus primeros propietarios, Ramón Casasnovas y su esposa, quisieron levantar una casa señorial que proyectara esa nueva prosperidad y confiaron el proyecto a uno de los arquitectos más respetados de la isla: Joaquín Pavía Birmingham.

Era un profesional con un currículum de peso, responsable del Palacio de la Diputación —hoy sede del Consell de Mallorca—, de intervenciones en la Catedral de Palma y de trabajos de restauración tan singulares como el Templo de Vesta en Roma. Que aceptara diseñar una residencia privada en Sóller ya dice mucho de la ambición del encargo.

Durante los primeros años, la finca funcionó como hogar familiar y como uno de esos palacetes del interior mallorquín donde la vida se repartía entre el día a día doméstico y los negocios. De hecho, en la parte posterior del edificio se instaló una fábrica de curtidos y zapatos, un taller que llegó a producir botas que acabaron en los pies de soldados de la Primera Guerra Mundial. No hay muchos hoteles de cinco estrellas que puedan presumir de ese tipo de pasado industrial.

A mediados del siglo XX, con el turismo irrumpiendo con fuerza en Mallorca, la familia Casasnovas decidió dar un giro y convertir la residencia en un hotel. Aquella reconversión coincidió con el despertar turístico de Sóller, un municipio que, pese a su compleja conexión con Palma (el túnel aún tardaría décadas en llegar), comenzaba a atraer a viajeros atraídos por la Tramuntana.

El Hotel Sóller abrió con un espíritu cercano y un servicio muy personal, y pronto creó una comunidad fiel de huéspedes —sobre todo franceses y escandinavos— que volvían verano tras verano. Algunas de esas historias persisten: uno de los descendientes de los primeros clientes escribió recientemente recordando los veranos de su infancia en el establecimiento.

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Piscina del Gran Hotel Sóller. Foto: Granhotelsoller.com

Como ocurrió en gran parte de la isla, los años setenta trajeron cambios menos favorables. La expansión de las grandes cadenas hoteleras y la transformación del turismo en un fenómeno de masas dejó en desventaja a hoteles familiares como este. El encanto se mantenía, pero las cuentas no. Finalmente, el edificio cerró, igual que otros alojamientos de la zona, en un golpe que afectó a la economía local durante los siguientes años.

Sin embargo, el cierre no significó el abandono inmediato. Durante un tiempo, el antiguo palacete se utilizó como centro cultural, un paréntesis que mantuvo vivo el edificio mientras en el valle se debatía qué hacer con aquel símbolo del pasado. Cuando también esa actividad terminó, el inmueble quedó vacío, devorado lentamente por la humedad y las plantas trepadoras. Muchos sollerics recuerdan aquellos años en los que el jardín, a pesar del deterioro, seguía siendo un lugar evocador.

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Deluxe Room en Gran Hotel Sóller. Foto: Granhotelsoller.com

La recuperación llegó de la mano de alguien que conocía bien esas calles: Andrés Gelabert, solleric de nacimiento y empresario turístico en Estados Unidos, regresó a su pueblo después de haber presidido la compañía Medieval Times. Al reencontrarse con el edificio, tuvo clara la idea: devolverle su condición de referente y convertirlo en un hotel capaz de competir con los mejores. Así comenzó una restauración profunda que respetó la arquitectura original y devolvió al inmueble la elegancia que había perdido.

El último capítulo de esta historia empieza en 2016, cuando la familia francesa Le Mer, propietaria del grupo Alvotel, adquirió el hotel con un objetivo claro: mantener el carácter del edificio de 1880 y garantizar la continuidad de un servicio clásico y cuidado. Bajo su gestión, el Gran Hotel Sóller ha conservado su estilo señorial a la vez que se ha adaptado a las exigencias del viajero actual, consolidándose como uno de los alojamientos con más identidad del noroeste de la isla.

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Entrada al Gran Hotel Sóller. Foto: Granhotelsoller.com

Sóller: el valle que seduce a los que llegan sin prisa

Para entender por qué este hotel fue un imán para viajeros de hace más de un siglo, basta salir a caminar unos metros. Sóller es un destino que se descubre mejor a un ritmo lento, sin itinerarios rígidos. La plaza de la Constitución —con la iglesia de Sant Bartomeu y su fachada modernista diseñada por Joan Rubió, discípulo de Gaudí— es el punto de encuentro natural. Aquí conviven cafeterías antiguas con terrazas donde aún se puede pedir un “granissat de taronja” sin sentir que estás participando en una atracción turística.

El tranvía que une Sóller y el Puerto de Sóller, inaugurado en 1913, es otra de las herencias que explican el pasado viajero del valle. No es necesario subir por nostalgia: sigue siendo el transporte más práctico —y fotogénico— para conocer el puerto.

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Sóller, un paraíso entre montañas. Foto: Martin Katler (Unsplash)

Dónde comer y qué hacer en Sóller

Para quienes buscan una mesa memorable en Sóller, el nombre que más se repite entre los locales es Ca’n Boqueta. Su menú degustación, basado en producto de kilómetro cero y una cocina mallorquina reinterpretada con criterio, se ha convertido en una referencia sólida.

A pocos kilómetros, en la carretera hacia Deià, Béns d’Avall (abierto solo en temporada) confirma por qué sigue siendo uno de los templos gastronómicos de la isla: una estrella Michelin bien asentada y unas vistas sobre la Tramuntana que funcionan casi como una sesión de meditación guiada.

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Puerto de Sóller. Foto: Pexels

Los visitantes que disponen de dos días suelen combinar la contemplación con rutas sencillas. Una de las paradas obligadas es el Mirador de Ses Barques, a solo cinco kilómetros del centro: la carretera es accesible y la recompensa, una de las panorámicas más claras del valle de Sóller. El café del mirador tiene una vista que compensa cualquier expectativa.

Otra buena manera de adentrarse en el paisaje es acercarse al pequeño núcleo de Biniaraix, donde arranca el histórico camí del Barranc. Aunque no se recorra entero, el paseo por el pueblo, con sus casas de piedra y silencio rural, basta para entender la liturgia senderista de la zona.

Y si hay un clásico que no pierde su atractivo, es el tren histórico de 1912 que une Sóller con Palma: más que un transporte, es un pequeño viaje en el tiempo que atraviesa túneles excavados a mano y cultivos que explican la prosperidad del valle.

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Iglesia de Sant Bartomeu. Foto: Petros Kaltsis (Unsplash)

TURIUM TIPS

Ve temprano al Mirador de Ses Barques: a primera hora hay menos tráfico y la luz sobre el valle es mucho más limpia.
Toma un granissat de taronja en la plaza: es la bebida local por excelencia y sigue siendo un ritual cotidiano para los sollerics.
Llega a Deià por la carretera costera: el tramo entre Sóller y Llucalcari es uno de los más bonitos de la Tramuntana.
Explora Biniaraix antes de que suba la temperatura: el empedrado histórico del llogaret se disfruta mejor sin calor.