Este es el hotel más icónico de St Moritz: tiene más de 150 años y es un refugio de lujo en mitad de la nieve
En 1856 abrió sus puertas el Kulm Hotel. En 1864, su dueño hizo una apuesta que cambió la historia del turismo de invierno. Desde entonces, muchos de los grandes hitos de St. Moritz se han visto exactamente desde el mismo sitio: las ventanas del hotel.
Antes del Kulm, los Alpes eran un destino de verano. Se venía a “tomar el aire” y a curarse en balnearios. En invierno, los hoteles cerraban. Johannes Badrutt, propietario del Kulm Hotel, pensó justo lo contrario: en 1864 invitó a un grupo de clientes ingleses a volver en diciembre, les prometió que el sol de Engadina en pleno invierno les iba a sorprender y les dijo algo muy sencillo: si no les gustaba, él pagaba el viaje de vuelta. Se quedaron hasta Semana Santa.
A partir de ahí, St. Moritz dejó de ser un lugar de paso y se convirtió en el primer destino de turismo de invierno del mundo. El Kulm fue el epicentro de esa transformación: aquí se organizaron las primeras pruebas de deportes de nieve, aquí se encendió en 1878 la primera luz eléctrica de Suiza en su Grand Restaurant y aquí se abrieron los Juegos Olímpicos de Invierno de 1928 y 1948 en los jardines del hotel. Muchas de las “primeras veces” del turismo alpino han tenido este edificio como escenario.
Hoy, casi 170 años después, el Kulm sigue siendo un hotel de 5 estrellas superior con unas 150 habitaciones y suites, pero lo más importante es que mantiene algo que no se compra: perspectiva. La vista desde sus ventanas, sobre el lago de St. Moritz y el valle de Engadina, explica por qué este lugar ha marcado la idea de lujo invernal durante más de un siglo.

El lujo de estar dentro y querer seguir mirando fuera
El concepto del hotel es muy sencillo: que no haga falta salir corriendo a ningún sitio para sentir que estás en el lugar adecuado. La arquitectura es la de un gran hotel clásico alpino, pero las habitaciones y zonas comunes se han ido actualizando con un criterio claro: respetar la historia sin vivir de ella.
Las habitaciones combinan madera, textiles cálidos y líneas limpias. No son ostentosas, son cómodas. Lo que impresiona no está dentro, sino fuera: muchas dan directamente al lago helado, a las pistas de Cresta Run y al anfiteatro de montañas que rodea St. Moritz. En invierno, desde la ventana se ven las pistas de patinaje, el movimiento de los remontes, los preparativos del Snow Polo World Cup o las carreras de caballos sobre el hielo del White Turf, según la semana.

El Kulm ha sido también siempre un laboratorio. Fue de los primeros en instalar teléfono, en apostar por un spa a gran escala en la montaña y, últimamente, ha vuelto a ir un paso por delante con su Alpine Sports Lounge, el “boot room” rediseñado por Norman Foster: un espacio para equiparse con calma, de madera de pino suizo, pensado tanto para esquiadores de invierno como para senderistas de verano.
En el plano gastronómico, el hotel funciona casi como un pequeño distrito culinario. Entre el Grand Restaurant, el Kulm Country Club, el restaurante peruano Amaru, el Sunny Bar & Grill, la pizzería y la Chesa al Parc, el abanico va de la alta cocina clásica a la brasserie alpina, pasando por cocina latinoamericana o platos típicos grisoneses. El desayuno, con vistas al valle, es prácticamente un rito.
El spa, de más de 2.000 m², está a la altura del resto: piscinas interior y exterior, zona de saunas, baño de vapor, circuito de agua y cabinas de tratamiento. Importa un detalle: muchas de esas instalaciones miran también al paisaje. De nuevo, la idea central del hotel se repite: que el lujo sea poder estar dentro, disfrutando del calor, sin perder un solo minuto de lo que pasa fuera.

Qué hacer sin alejarse demasiado del Kulm Hotel
Una de las ventajas del hotel es su ubicación: ligeramente elevado sobre el pueblo, a pocos minutos andando del centro, del lago y de los remontes. Desde recepción, en cuestión de minutos, puedes estar esquiando, patinando o sentado en un museo.
En invierno, la mayoría viene por la nieve, y con razón. St. Moritz tiene acceso directo a unos 350 km de pistas repartidas entre los dominios de Corviglia, Corvatsch y Diavolezza-Lagalb. Desde el Kulm es fácil organizarlo todo: forfait, transfers, material, clases privadas. Si te apetece algo distinto, a pocos minutos están la Olympia Bob Run y la Cresta Run, dos pistas históricas donde se practica bobsleigh y skeleton como antes, sobre hielo natural. No es un plan para todo el mundo, pero ver salir los trineos desde Kulm Park ya merece la pena.
Cuando no toca esquiar, la zona ofrece rutas sencillas alrededor del lago de St. Moritz, paseos en carruaje por el valle o excursiones en funicular a Muottas Muragl, uno de los miradores más espectaculares del Engadina. Desde arriba se ve la cadena de lagos y el conjunto de cumbres que han convertido esta zona en uno de los paisajes alpinos más reconocibles de Suiza.

En el propio St. Moritz, merece la pena reservar un rato para el Museo Segantini, dedicado al pintor que mejor entendió la luz de Engadina, y para el Engadiner Museum, que explica cómo se vivía en estas casas de piedra y madera antes de que el turismo lo cambiara todo. El contraste es interesante.
En verano, el Kulm cambia de escenario pero no de lógica. El hielo se sustituye por un campo de golf de 9 hoyos en Kulm Park, senderos señalizados, bici de montaña, navegación en los lagos y una vida al aire libre que aprovecha los más de 300 días de sol que la zona registra de media al año. El mismo ventanal que en enero enmarca el lago blanco, en agosto muestra un paisaje verde intenso con agua azul.

Por qué este hotel sigue siendo de los mejores
En un destino donde los hoteles de lujo se cuentan por decenas, el Kulm mantiene algo que no se puede copiar: el peso de haber estado ahí desde el principio. Fue el primer hotel de St. Moritz, fue quien abrió la puerta al invierno, fue el primero en encender una bombilla en Suiza y sigue siendo uno de los pocos lugares donde se percibe, de forma muy literal, cómo ha evolucionado la idea de lujo alpino desde el siglo XIX hasta hoy.
Más allá de los datos, hay algo muy simple que explica su atractivo: desde muchas de sus habitaciones se puede hacer lo que hoy casi nadie tiene tiempo de hacer en casa —sentarse frente a una ventana sin hacer nada más— y sentir que eso ya forma parte del viaje. Un hotel que, literalmente, inventó el lujo de mirar por la ventana… y sigue viviendo de hacerlo muy bien.
