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Un pueblo en la única reserva natural de la provincia de Valladolid: está muy cerca de una villa histórica
Un pueblo en la única reserva natural de la provincia de Valladolid: está muy cerca de una villa histórica
Castronuño es un pueblo desconocido de Valladolid que está en medio de una reserva natural cuyo protagonista es el Duero, recién llegado de la histórica Tordesillas. Una iglesia románica hace de guardiana de este espléndido paisaje.
Las Riberas de Castronuño son una golosina ahora que se acerca a pasos agigantados la primavera. Este espacio natural, único en Valladolid, engloba el curso del río Duero entre las localidades de Tordesillas y Castronuño, separadas ambas por 29 kilómetros. Muy conocida la primera, en especial por el tratado histórico que se firmó entre sus muros; nada conocida la segunda, donde el río dibuja un meandro espectacular para salvar el cerro de La Muela.
Una iglesia de los monjes-soldados hospitalarios
Es también donde el más machadiano de los ríos tiene a su mejor guardiana, una iglesia románica, que se debe, como todo en la villa, a la Soberana y Venerable Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, cuyos miembros fueron sus amos y señores desde 1156.
Es heredera de la iglesia de Santa María del Castillo, llamada así porque se levantó con las piedras de este, y que corrió su misma suerte. Curiosamente, tenía hechuras de fortaleza, con una torre cuadrada claramente defensiva. Debió de ser del tipo de la de Villalcázar de Sirga, en Palencia.

No son las únicas construcciones medievales desaparecidas. Tampoco queda ni rastro de la muralla ni de las seis ermitas que salpicaban Castronuño. Solo la iglesia que nos ocupa, que fue en un principio ermita del Santo Cristo de San Juan, aunque su porte, mayor de lo habitual, resultaba premonitorio.
La mandó levantar en la primera mitad del siglo XIII, cuando el románico empezaba a recibir influencias góticas, Fernán Rodríguez de Valbuena para cobijar, justamente, las reuniones de la Orden y servir de panteón para él y el resto de comendadores sanjuanistas.
Castronuño, un pasado noble de castillos y señores
Se siguieron los modelos de la arquitectura cisterciense, como era habitual entre los templarios y los hospitalarios (los monjes-soldados), con sencillas arquerías y sobria ornamentación vegetal.
En su interior conserva policromías y custodia en el altar mayor un Cristo gótico en madera tallada del siglo XIV, uno de los tres de estilo renano en Castilla y León, la región con más Patrimonio de la Humanidad del mundo. Presenta los brazos alzados y una expresión desgarrada de sufrimiento.

Castronuño fue repoblado en el siglo XII por Nuño Pérez de Lara, noble castellano perteneciente a la poderosa casa de Lara, quien está enterrado en el monasterio de Uclés, uno de los imprescindibles de Cuenca.
De este pasado de castillos y señores da cuenta la representación, cada segundo domingo de agosto, del Sitio de Castronuño. En esta recreación histórica, un centenar de vecinos reviven la guerra civil castellana que enfrentó a los partidarios de Juana la Beltraneja y los de Isabel I por la sucesión del trono. Fue a raíz de esta contienda cuando los castronuñenses, hartos de sometimientos, decidieron épicamente desmontar el castillo piedra a piedra.
El parque de la Muela, un mirador entre bodegas
Dicho castillo se hallaba en el Alto de La Muela, desde donde se domina toda la vega del río. Y delimitando todo el perímetro estaba la muralla. Ya solo queda apelar a la imaginación y, desde luego, disfrutar del entorno puesto que es un balcón privilegiado por el que asomarse al gran meandro del Duero, uno de los más grandes de Europa, que llena de sentido esta Reserva Natural de las Riberas de Castronuño - Vega del Duero.

El parque de La Muela es un área recreativa donde tiene cabida un anfiteatro para actuaciones musicales y donde, para colmo, hay excavadas multitud de bodegas, algunas de las cuales ya existían en el siglo XV, de las que asoman las chimeneas. Siguen funcionando como tal, alumbrando los míticos vinos de Valladolid, de la variedad autóctona albillo real, a la manera tradicional. No es el único barrio de bodegas; también está el de la calle Miralrío.
Es en este parque donde se alza la Cantarera, una escultura de la artista local María Acosta Hernández en homenaje a las mujeres de Castronuño, así como un Monumento a los Pescadores, con la barca de Abundio Hernández, que fue el último pescador del Duero.
Desde allí se llega por un sendero escalonado a la fuente de la Salud, a la orilla del río. De este manantial natural cogían el agua las cantareras para abastecer sus hogares de agua.
Riberas de Castronuño, un paraíso ornitológico
Ni que decir tiene que el paisaje que preside esta pueblo vallisoletano es un paraíso para los amantes de la naturaleza en general y de la observación ornitológica en particular. Al río en sí mismo se suma el bosque de ribera que lo abriga, plagado de sauces, álamos, fresnos y majuelos, que brindan refugio a importantes colonias de garza real, garceta común y martinete. Sin olvidar el embalse de San José, que las aves acuáticas eligen para pasar el invierno.

Las Riberas de Castronuño es el camino que coge el Duero desde la histórica Tordesillas, donde ya no hay una iglesia y el recuerdo de un pasado esplendoroso, sino un catálogo monumental de órdago. Sí desapareció el Palacio Real que acogió durante cuatro décadas a la última Trastámara, la reina Juana I de Castilla, la apodada la Loca.
Pero ahí están las Casas del Tratado, donde España y Portugal se repartieron los territorios del Nuevo Mundo; la plaza Mayor porticada; el fabuloso Real Monasterio de Santa Clara, uno de los mejores ejemplares de arte hispanomusulmán de Castilla y Léon, y el puente medieval, que nos hace volver otra vez los ojos hacia el Duero.