Este espectacular monasterio mudéjar es una joya de la humanidad: está en la villa medieval más bonita de Extremadura
Guadalupe es un pueblo medieval de Cáceres que atesora una joya única, su Real Monasterio. Un monumento gótico plagado de elementos mudéjares que luce como una pieza de orfebrería. Un faro de espiritualidad inevitablemente turístico.
A la cacereña Guadalupe le pasa como a la coruñesa Santiago de Compostela. Que son bonitas de por sí y además albergan una joya arquitectónica que lo es también de la religiosidad popular: el Real Monasterio de Guadalupe. Por tratarse, en este caso, del hogar de la Virgen guadalupana y, en consecuencia, haber sido el más concurrido centro de peregrinación del antiguo reino de Castilla. Estamos hablando nada menos que de la patrona de Extremadura y de la reina de la Hispanidad.
De hecho, fue la aparición de la Virgen a un pastor de nombre Gil Cordero en el siglo XIII, al hilo de la leyenda, lo que dio origen a una choza que luego se convirtió en ermita, y la ermita en iglesia y la iglesia en el majestuoso templo (XIV) que hoy se levanta como razón de ser del Real Monasterio de Santa María de Guadalupe.
Se trata de uno de los mejores ejemplares del mudéjar peninsular, reconocido, por supuesto, por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. Aunque eso no quita para que tenga también elementos góticos, renacentistas, barrocos y hasta neoclásicos, lo que lo hace más fascinante aún.
Qué ver en el Real Monasterio de Guadalupe
Ya de primeras, sorprende su monumentalidad, presumiendo de fachada del gótico tardío, flanqueada por dos imponentes torres medievales, entre las cuales despunta un rosetón. La propia plaza en la que se alza tiene lo suyo, porticada con soportales de madera y balconadas en forja, en línea con la arquitectura popular que tanto embellece al municipio. En su centro se encuentra la pila bautismal donde fueron bautizados los primeros nativos de América llegados con Cristóbal Colón, amén de otras personalidades.

A Nuestra Señora de Guadalupe se llega por una escalinata tras la cual están las dos puertas ojivales de bronce. Una vez dentro, los pies querrán irse directamente al claustro mudéjar, que es una filigrana digna de contemplarse, pero hay más para ver, e incluso extasiarse. Sobre todo, ante el retablo mayor, pleno de barroquismo y con una pieza singular, el llamado escritorio de Felipe II, un bargueño renacentista de cedro y acero con damasquinados en plata y oro que el hijo de Carlos V donó al monasterio para que se utilizara como sagrario.
Cuadros de Zurbarán y el claustro mudéjar
Por lo demás, es una sucesión de tesoros artísticos que van desde la reja, de estilo gótico-renacentista en hierro con detalles dorados, hasta el coro, con tres órganos, sillería barroca, pinturas al fresco de ángeles músicos en las bóvedas y la Virgen del Coro, de madera policromada y con la luna a sus pies. Pasando por la solemne sacristía, que no podía ser más barroca ni deslumbrante, aderezada por ocho soberbias pinturas de Zurbarán. Y no son las únicas.
Todo el monasterio está lleno de piezas que son pura historia. Mención aparte merece el Camarín de la Virgen, una construcción barroca de planta octogonal que se levantó ex profeso en 1696 para albergar su imagen. No le falta detalle ni suntuosidad. Lo adornan nueve cuadros de Luca Giordano (XVII).

El claustro mudéjar (XIV-XV), cuajado de arcos islámicos apuntados que se hacen de herradura en la primera planta, es la gran sorpresa de este monasterio. Más esplendoroso aún lo hace el templete que se levanta en el centro (1405), de planta cuadrada, con cuatro arcos góticos en cada fachada y rematado con una pirámide. Por si fuera poco, está embellecido con piezas de cerámica en verde, sobre todo, al más puro estilo mudéjar. Aún queda por ver el lavatorio, con azulejos vidriados, que no es sino la fuente en la que los monjes procedían a lavarse antes de entrar al comedor, y los museos.
Tres museos y una hospedería con comedor de Moneo
Está el museo de los libros miniados, códices escritos sobre pergamino, iluminados y encuadernados en el monasterio desde el siglo XIV hasta el XIX. El de los bordados, que reúne la vestimenta y el material litúrgico confeccionados en el telar propio sobre brocado, terciopelo, raso y telas moriscas, aunque hay piezas también de otros talleres. Y el de pintura, con artesonado mudéjar. La experiencia vuelve a sublimarse con tres cuadros de El Greco, ocho bocetos de monjes del taller de Zurbarán o una tabla de pequeño formato de Goya.

El monasterio tiene además hospedería, de 47 habitaciones, con acceso propio y el gran comedor proyectado por Rafael Moneo (1994). Se halla en las dependencias que fueron hospital y farmacia, asomadas al claustro gótico. Como decíamos, el monasterio de Guadalupe es una caja de sorpresas. Llegó a administrar hasta cuatro hospitales y un centro docente para cirujanos, que fue la primera institución en España donde se practicaron autopsias.
Cuatro hospitales, cinco arcos y 17 fuentes
Fue exactamente en el hospital de San Juan Bautista o de Hombres (XV), donde hoy está el Parador de Turismo, que ocupa también el Colegio de Infantes o Gramática. Además, dependían del recinto religioso el Hospital Nuevo, para mujeres peregrinas y necesitadas; el de San Sebastián, creado para dar acogida a peregrinos pobres y cofrades enfermos, y el de la Pasión, para la cura de enfermedades contagiosas.
Aunque acapara toda nuestra atención, hay vida -y mucha- en Guadalupe más allá del monasterio.
Lo que se conoce como la Puebla es un casco antiguo encantador, donde se pueden apreciar los arcos de los dos cinturones defensivos que lo protegían. Como el del Tinte, que daba paso a los talleres de este gremio; el de las Eras, que enlaza con la plazuela de la fuente de los Tres Chorros, entre soportales de madera; el de Sevilla, una de las estampas más características del municipio; el de San Pedro, que tuvo en tiempos el control fiscal, y el del Chorro Gordo, que comunicaba con la judería.
Además de los arcos, en Guadalupe hay hasta 17 fuentes, todas de agua potable.