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Los pueblos más auténticos están en Guadalajara: de cuento y perfectos para desconectar
Los pueblos más auténticos están en Guadalajara: parecen de cuento y son perfectos para desconectar
La primavera es el mejor momento para explorar la Sierra Norte de Guadalajara y sucumbir al encanto paisajístico y arquitectónico de sus pueblos negros. Desde Campillo de Ranas a Valverde de los Arroyos.
No todos los pueblos bonitos son de colores y aquí, sobre el terreno, tenemos la prueba. Después de adentrarnos en el valle de Sajambre, en León, a la sombra de los Picos de Europa, y de recorrer pueblo a pueblo el idílico valle del Baztán, hacemos lo propio por la Ruta de los Pueblos Negros de Guadalajara, ahora que los días son más largos y la primavera está de nuestra parte. Felices de pasearnos por esta latitudes, al noroeste de la provincia, en la Sierra Norte, donde se esconde uno de los conjuntos más impresionantes de arquitectura popular. Venidos a más por el auge del senderismo y el turismo rural.
Recorriendo los pueblos negros de Guadalajara
No extraña en absoluto que puedan convertirse en Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Porque a lo puramente arquitectónico se suma lo etnográfico y paisajístico. Estos pequeños pueblos se han conservado tal cual, sin atender a los delirios de grandeza de la modernidad, manteniéndose firmes en una austeridad que conmueve y mimetizándose con el entorno. Corona este paisaje el pico Ocejón, con sus 2.048 metros, y sus dos escuderos, el Ocejoncillo (1.956 m) y la Peña Mala (1.768 m), en la vertiente sur de la sierra de Ayllón.

La negrura que, paradójicamente, pone el color a estas tierras se debe a las lajas de pizarra, usadas tanto para los muros como para las cubiertas. Al servicio de un urbanismo encantador que recuerda inevitablemente a las pallozas en el paisaje mágico de los Ancares. Dice la leyenda que "el último día de la creación, cuando ya no quedaba casi luz, Dios hizo estos pueblos, por ello la oscuridad...".
Cogolludo, un pueblo de altura para empezar
Arrancamos en Cogolludo, famoso por su Palacio Ducal, la primera gran obra civil del Renacimiento español, y por su plaza Mayor (s.XV) de gran belleza. Vamos en dirección a Tamajón, la puerta de entrada a los pueblos negros. Aquí hay que ver la ermita de Nuestra Señora de los Enebrales (s. XII), la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción (s. XIII) y el palacio de los Mendoza (s. XVI), sede del ayuntamiento. Pero lo más genuino viene ahora, cuando aparecen las típicas casas de pizarra y da la impresión de que el cuento (de hadas) empieza ya.

La ruta pasa por Campillejo, que hacia mediados del siglo XV tenía quince casas y una ermita, y no ha cambiado mucho desde entonces porque apenas llega a los veinte habitantes. Está a 1.100 metros de altitud, a los pies del Ocejón y muy cerca de El Vado, un pantano de montaña al abrigo de frondosos bosques de coníferas. ¿Senderismo? Es el sitio perfecto para practicarlo? ¿Bicicleta y piragüismo? También. La naturaleza resulta embriagadora.
Campillo de Ranas, el pueblo de los Episodios Nacionales
Y lo mismo puede decirse de El Espinar, otro referente en arquitectura negra, con iglesia de espadaña y porche, hermosas vistas sobre el Jarama y el cerro del Jaralón, amparándolo con sus 1.000 metros, que también impresionan desde Roblelacasa. A Robleluengo lo rodean espléndidos parajes naturales. A destacar el llamado Valle de Robles, que atesora un bosque de robles centenarios, y el río Jaramilla para rematar la bucólica estampa.

Estas cuatro aldeas forman parte de Campillo de Ranas, lo mismo que La Vereda, en estado de rehabilitación. Campillo cuenta ya con 150 habitantes, que aquí son multitud. Lo adorna la iglesia de Santa María Magdalena y, junto a ella, una fachada con un reloj solar que ya es todo un símbolo.
Tiene como reclamos en sus alrededores los dos hayedos más meridionales de Europa, el de Montejo de la Sierra y el de la Tejera Negra, además del nacimiento del río Jarama, que viene al mundo en El Cardoso de la Sierra, en la Peña Cebollera, colindando con Madrid y Segovia. Y puede presumir hasta de aparecer en los Episodios Nacionales de Galdós.
De Majaelrayo a Valverde de los Arroyos
De todos estos pueblos, el que quizá se lleva la fama es Majaelrayo, de 60 habitantes, que llegó a tener 130 casas y una escuela con 80 alumnos en el siglo XIX, cuando se vivía de la ganadería y la explotación del bosque para carbón vegetal. Todo su entorno es pura tentación: desde las riberas del río Jaramilla a la cascada de la Matilla. Igual que su patrimonio arquitectónico, encabezado por la iglesia de San Juan Bautista, con dos porches de madera y espadaña triangular con dos campanas.

Cuando se cita Majaelrayo, enseguida viene a la cabeza Valverde de los Arroyos, con 85 habitantes, que es donde están las chorreras de Despeñalagua, una espectacular cascada con una caída de cien metros, y los numerosos arroyos que le dan nombre. Aquí la arquitectura negra viene animada por un tinte dorado debido a la piedra gneis, una cuarcita con una luminosidad especial cuando le da el sol. Les pasa a los pueblos situados en la ladera oeste del Ocejón; también a Almiruete y Palancares.
Los danzantes que mantienen vivo el folclore
En Valverde, que parece un decorado de película, se encuentra la iglesia de San Ildefonso (XIX), que atesora una cruz procesional del siglo XVI, y el Museo Etnográfico, que da cuenta de la importancia que tuvo el textil. Y de Valverde son los danzantes más famosos de la provincia y hasta de la región, que interpretan las ancestrales danzas al Santísimo en la Octava del Corpus. La vestimenta no podía ser más colorida. Una vez aquí hay que acercarse a Umbralejo, un ejemplo de cómo se han cuidado y se han ido recuperando estos pueblos.