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El secreto de la costa almeriense es este pueblo con una ruta a pie por calas paradisíacas
El secreto de la costa almeriense es este pueblo lleno de flores con una ruta a pie por calas paradisíacas
Sopalmo es la quintaesencia de Mojácar. Una barriada blanca, verde y con flores que conserva toda su autenticidad lejos del bullicio turístico. Tiene el encantador toque bohemio y un mar salvaje y virginal.
Mojácar, en el Levante Almeriense, suena a verano. Su estampa blanca recortándose sobre el cielo azul, su estructura laberíntica invitándonos a jugar al escondite, su posición estratégica como mirador frente al mar desde sus privilegiados balcones, la poderosa sierra de la que cuelga y sus tentadoras playas de agua cristalina. Todo actúa como un poderoso imán. Una sensación que se agudiza cuando se enfila el camino que lleva a Carboneras y sale al paso la pedanía de Sopalmo, tan llena de flores, tan bohemia, tan cuidada. El conjunto es de una gran belleza, la de nuestros pueblos mediterráneos.
En Sopalmo no hay ni la sombra del furor turístico de Mojácar playa, del trajín vacacional, del desfile de chiringuitos y restaurantes cantando sus excelencias. Apenas un bar y un conjunto de casas que ha preservado la autenticidad en medio de una naturaleza generosa, acentuada por las calas paradisíacas de origen volcánico, preludiando ya las del Cabo de Gata. Además, una pequeña ermita, construida en el siglo XX, que no hace sino sumar encanto, engalanada como está, y a su lado una fuente donde el agua brota de un nacimiento natural. Bucólico por demás.
Qué ver en la barriada mojaquera de Sopalmo
No extraña que Sopalmo haya despertado el interés de artistas y pintores, como le ha pasado de siempre a Cadaqués, el pueblo de Dalí. Su luz y sus paisajes están a la altura de cualquier impresionismo. Hoy esencialmente bohemio, ayer naturalmente agrícola, lugar de paso de pastores, mineros y, según cuentan las crónicas, hasta de clérigos, que iban camino de la ermita de Carboneras, que estaba bajo la jurisdicción de la iglesia de Mojácar. Esta iglesia, dedicada a Santa María, se construyó a finales del siglo XVI, muy probablemente en el lugar donde estuvo la mezquita, también como fortaleza.

La pedanía de Sopalmo, que hoy nos resulta tan coqueta en medio de la carretera de la costa, que ofrece unos paisajes espectaculares, experimentó un notable crecimiento con la explotación de la Mena de Macenas durante el siglo XIX. De esta mina se sacaba el hierro que se transportaba en carros hasta Garrucha para ser fundido y cargado en barcos con destino a Marsella, la ciudad más antigua de Francia. Ello significó también la conversión de los agricultores en mineros, que procedían no solo de este caserío, sino también de otros como el Agua Enmedio, llamado así por estar entre dos ramblas.
De pueblo minero a pueblo residencial
Es más, la Compañía del Águila empezó a explotar en 1880 tres minas de hierro en la misma sierra Cabrera, entre Sopalmo y La Adelfa, entre ellas la Constancia, con lo cual este núcleo de población se vio favorecido. Algunos de los caminos que hoy recorremos como rutas de senderismo eran los que recorría el mineral. En este caso, por la rambla del Sopalmo hasta la playa de Macenas, donde se subía a los barcos mediante gabarras. Como explican desde el Ayuntamiento de Mojácar, "de estas minas salieron casi un millón de toneladas de mineral durante los diez años de explotación".

Esto ha quedado para la historia, porque, ya en el siglo XX, Sopalmo se convirtió en un lugar residencial de enorme atractivo, dadas su indudable belleza y su privilegiada situación, suficientemente cerca y suficientemente lejos del mar, y lo mismo respecto a Mojácar, con quien guarda una distancia muy de agradecer. Esta independencia se ve, por ejemplo, en que celebra sus propias fiestas, en agosto, como casi toda España. Lo hace en honor a Cristo Rey, su patrón, y por todo lo alto, con verbena, la tradicional corrida de cintas y la coronación de la reina y las damas.
La ruta de senderismo de la Granatilla
Además de ponernos ya en el camino hacia Carboneras, que es la puerta de entrada al Cabo de Gata, con Agua Amarga a dos pasos y después todos los pueblos que integran el Parque Natural, Las Negras, La Isleta del Moro o San José, desde aquí sale una ruta de senderismo muy especial. Se trata de la rambla de la Granatilla, que es donde terminan los diecisiete kilómetros de costa de los que disfruta Mojácar, que empiezan en la Marina de la Torre, en el límite con Garrucha. Atrás quedan el Descargador, el Cantal, la Cueva del Lobo o las Ventanicas. Y, por delante, la afamada playa de Macenas, vigilada por su castillo del siglo XVIII.
Este camino, que sale al lado del bar, en la misma carretera, baja por la rambla hasta dar con la cala de la Granatilla, que es salvaje, como lo es también la de Bordenares, con poblados fondos marinos. En este rincón marítimo completamente virgen, donde no hay servicios de ningún tipo ni nada que altere el medio ambiente, se alterna la roca volcánica con la arena.

La ruta, de descenso en la ida y ligero ascenso a la vuelta, no presenta ninguna dificultad. En total, no llegan a los seis kilómetros. Se camina por el cauce de la rambla entre abundante vegetación y paredes rocosas que muestran una curiosa paleta de colores, desde el gris al marrón pasando por el púrpura, para recreo de los amantes de la geología.
Y andando por donde iría el río se va a desembocar al mar. En Almería, ya se sabe, no hay ríos, sino lechos esperando su caudal. En esta cala paradisíaca se siente la inmensidad del mar y la naturaleza. Quienes quieran seguir costeando pueden alargar la ruta hacia el castillo de Macenas o el Sombrerico.