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Pueblos mediterráneos para soñar con el verano: casas blancas, mar azul y chiringuitos
Cuatro pueblos mediterráneos en España para soñar con el verano: casas blancas, mar azul y chiringuitos
Mojácar, San José, Altea y Cadaqués son pueblos esencialmente mediterráneos que nos tientan como cantos de sirena. En vez de atarnos al mástil para no sucumbir, vamos tras ellos para invocar al verano. Los cuatro se pintan de blanco y azul.
Todos los pueblos que vienen a continuación son blancos y están situados en nuestra costa mediterránea como balcones al mar. Hasta se podría decir que anclados. Solo verlos ya es empezar a saborear el verano, la arena, el chiringuito y las vacaciones. Da igual que sea a pie de playa que perdiéndose en el laberinto de sus calles recoletas y empinadas.
Mojácar, en Almería, se muestra altivo a los pies de la majestuosa sierra Cabrera como un gran mirador sobre el infinito mientras nos abre las puertas al Parque Natural de Cabo de Gata, con calas recónditas y paradisiacas. Es en el Cabo donde encontramos otro de nuestros pueblos mediterráneos más tentadores por su fisonomía y su blancura, San José, a su vez umbral de esas dos playas que son una inmersión total en esta semidesértica y hechizante naturaleza, los Genoveses y Mónsul.
Mediterráneo arriba, ya queriendo rozar Ibiza y Formentera, está el alicantino Altea, irresistiblemente blanco con sus cúpulas en azul. A Cadaqués lo tenemos en el Alto Ampurdán, en el corazón de la Costa Brava, componiendo unas extraordinarias marinas en medio de los parajes vírgenes del Cap de Creus, poblado por las formas rocosas que inspiraron al mismísimo Dalí.
Mojácar, un pueblo blanco en el Levante Almeriense
A Mojácar le pasa como a Altea, que se desdobla, en este caso en Mojácar pueblo y Mojácar playa. Como cabe imaginar, en la playa es donde se concentran todos los servicios turísticos, hoteles, restaurantes y chiringuitos, sin apenas respiro. Aunque es verdad que, pese a estar inundando de urbanizaciones y establecimientos, conserva el espíritu almeriense de casa cúbica, agrupándose en residenciales tipo hormiguero y explotando, por fortuna, más lo horizontal que lo vertical. Entre los chiringuitos, nos quedamos con el Aku Aku, por su carta de arroces, pescado fresco y tapeo al ladito del mar.

El Mojácar antiguo, en cambio, ofrece esa estampa de pueblo colgado en la montaña, con las casas escalonadas, adaptándose a las irregularidades del terreno a la manera tradicional, a semejanza de los pueblos de la Alpujarra, pero sin que su altitud llegue a tanto ni la sierra que lo respalda, la Cabrera, se asemeje a la majestuosidad de Sierra Nevada.
Pero su encanto de pueblo de trazado árabe, calles estrechas y empinadas, rincones floridos y demás, no se lo quita nadie. Imprescindible acceder por la Puerta de la Ciudad, como en los tiempos en que abría la muralla; detenerse en el Torreón, que funcionó como aduana y hoy es una pensión con toques art déco; visitar la iglesia de Santa María, levantada en 1560 sobre la antigua mezquita casi como una fortaleza; y asomarse a sus dos miradores más privilegiados, el de la plaza Nueva y el del Castillo.
San José, una aldea de pescadores en Cabo de Gata
San José lo tiene todo para encandilar a los buscadores de rincones puramente mediterráneos. Este pueblo de pescadores lo es. Turístico sí, pero a su manera. De nuevo, sus blanquísimas casas, muchas de ellas con su toque marinero de azul, se ordenan salvando la altura impuesta por el cerro en que se asientan y disponiéndose a modo de cávea sobre la bahía de aguas turquesas a la que es imposible no mirar y en la que se resguarda la playa del casco urbano, la Calilla. Frente a La Isleta del Moro, que está a orillas del mar sin apenas escalar, San José trepa por acantilados y laderas.

Lo tenemos en pleno Cabo de Gata, parte integrante del municipio de Níjar, uno de los pueblos más visitados de Andalucía. Su fama se debe también a dos hermosos escenarios naturales que se despliegan en sus cercanías: las playas de los Genoveses y Mónsul. En ellas y entre ellas, un paisaje virgen, donde crecen a su aire palmitos, pitas y chumberas, entre el blanco de la arena desértica y dunar y el negro de la roca insinuante y volcánica. Imposible que no escuchar de fondo la música de Ennio Morricone.
San José es el pueblo más grande dentro del parque natural y, por tanto, el que tiene mayor oferta hotelera y de restauración. La zona del puerto deportivo está llena de restaurantes que sirven los productos del mar y los típicos arroces. Entre ellos, el Casa Pepe, localizado en la parte antigua, donde ya paraban los pescadores medio siglo atrás. Está decorado al estilo nijareño y literalmente sobre el mar.
Altea, la cúpula del Mediterráneo
Altea, en la comarca alicantina de La Marina Baixa, suma al blanco de sus casas, que colonizan las laderas de sus dos colinas, sus cúpulas en azul, que lo coronan como una parada clave en esta ruta costera mediterránea que se podría hacer en barco. Hablamos de Altea pueblo, que ha sido bautizado como la cúpula del Mediterráneo, a causa de la que luce, en tejas cerámicas azules y blancas, la iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, que ha pasado por distintas fases desde que se levantó en el siglo XVII integrada en el conjunto amurallado.
Aún quedan restos de esas murallas. De hecho, se puede entrar al casco histórico, como en los viejos tiempos, por el Portal Vell e ir hasta el Portal Nou, disfrutando de paso de cada rincón. También hay que acercarse a la torre de Bellaguarda, en la parte más alta y en el barrio más antiguo, que fue un punto clave de vigilancia ante posibles incursiones piratas en el siglo XVI. Hoy es un balcón privilegiado sobre la bahía y la sierra de Bernia, atravesada por rutas de senderismo de gran interés.

Por lo demás, se agradece que Altea esté tan lleno de flores y tan cuidado. Y también que en un pispás se pueda bajar hasta sus playas de grava y bolos, como dicen. La playa de la Olla es famosa por L'Illeta, islote al que se puede llegar a nado. Aquí se encuentra precisamente uno de sus clásicos chiringuitos, el Cranc, entre palmeras y frente al mar, donde rendirse ante unos calamarets encebollados, un arroz negro o unas gambas ajillo con huevo y sobrasada.
La playa del Mascarat presume de buenos fondos, luego perfecta para el buceo. Y la de Cap Negret tiene vista impresionantes de la sierra. Su contrapartida, Cap Blanc, la más extensa, está muy cerca del animado Club Náutico y enlaza ya con la costa de Alfaz del Pi. Desde la cala de Soio se ve, por un lado, el peñón de Ifach (Calpe); por el otro, la Punta Bombarda o Albir (Alfaz del Pi).
Cadaqués, el pueblo de Dalí y del Cap de Creus
Cadaqués, pueblo de postal, es marinero, artístico y bohemio como el que más. Un conjunto de casas blancas con puertas y ventanas azules (o de otro color), flores por todas partes, la iglesia de Santa María y el paseo que recorre el pueblo de punta a punta entre galerías de arte, tiendas de artesanía y locales con encanto. Tiene además la ventaja de que es bastante inaccesible -hasta finales del XIX estuvo prácticamente aislado- y está rodeado por los parajes vírgenes del Parque Natural del Cap de Creus, a donde se asoma el faro que es el punto más septentrional de la península y por donde es posible caminar hasta calas solitarias con un agua azul y cristalina.

Cómo no pensar en Dalí cuando se atraviesan esas sendas llenas de asombrosas formaciones rocosas, en especial las del paraje de Tudela, que inspiraron sus dibujos. O cuando se vagabundea por las calles de Cadaqués y uno se posa ante su estampa mediterránea. Y, sobre todo, cuando se traspone a la otra bahía, la de Port Lligat, que es donde está la casa-museo del artista. Una pequeña aldea de pescadores que sigue siendo como era, de calles empedradas, casas pintorescas y las barcas de colores ancladas a la orilla de un mar dionisiaco. Normal que sea tan querido por los artistas.
También quieren los artistas y demás diletantes y viajeros de pro al Maritim Bar, un histórico en pleno paseo marítimo que abrió sus puertas allá por 1935 y donde se puede ir a desayunar, tapear, comer o tomar un cóctel. Como en aquellos tiempos lo hicieron Salvador Dalí, que arribaba en barca; Josep Pla, que lo conquistaba por tierra; Marcel Duchamp, soñando con la enésima partida de ajedrez, o Gabriel García Márquez, con sus "Cien años de soledad" a cuestas. Mejor, como pasa en estos restaurantes de Menorca, si es el atardecer.