NO TE PIERDAS
Esta es la ciudad italiana ciudad donde nació el tiramisú: tiene muy buena gastronomía
El Camino de Santiago más auténtico recorre el norte de España: la ruta poco transitada perfecta para desconectar
Más exigente, menos masificado y especialmente escénico: el Camino del Norte es la versión más auténtica del peregrinaje a Santiago, una ruta que combina costa, gastronomía y mucho silencio.
Cada año, cientos de miles de peregrinos pisan las calles empedradas de Santiago de Compostela con una concha colgando de la mochila. Según los datos de la Oficina del Peregrino, más del 75% de los que realizan el Camino de Santiago llegan por la ruta que atraviesa Pamplona, Burgos y León hasta llegar a Galicia. El resto —una minoría que ronda los 20.000 caminantes anuales— elige rutas más discretas: la Vía de la Plata, el Camino Primitivo o, cada vez con más convicción, el Camino del Norte.
Este itinerario, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2015, fue uno de los primeros caminos jacobeos documentados. En la Edad Media, los reyes cristianos y los monjes lo preferían porque discurría por zonas seguras frente a las invasiones del sur. Hoy, quienes lo eligen lo hacen por motivos muy distintos: buscan autenticidad, naturaleza y cierta dosis de exigencia física.
Desde Irún, en la frontera con Francia, el Camino del Norte recorre unos 830 kilómetros de litoral cantábrico. Cruza el País Vasco, Cantabria, Asturias y Galicia antes de confluir con el Camino Francés en Arzúa, a menos de 40 kilómetros de Santiago. No es una autopista para peregrinos: es una ruta irregular, con desniveles constantes, hoteles que merecen la pena, caminos rurales y vistas que alternan montañas, acantilados y aldeas.
Menos multitudes, más autenticidad
Lo primero que uno nota al empezar el Camino del Norte es la ausencia de ruido. No hay masas de peregrinos, ni colas para sellar la credencial, ni procesiones de mochilas iguales. Es un camino más solitario pero también, para algunos, más genuino.
En el País Vasco, los primeros tramos entre Irún y Markina-Xemein son un anticipo de lo que espera al viajero: fuertes pendientes, caminos húmedos y la constante presencia del mar. Es la parte más dura físicamente, pero también una de las más bellas. En Hondarribia, el casco histórico amurallado es un buen lugar para tomarse en serio la gastronomía desde el primer día: los bares del barrio de la Marina compiten con algunos de los mejores pintxos del norte.

A medida que el camino avanza hacia los espectaculares paisajes de Cantabria, los alrededores se suavizan y el tono se vuelve más rural. Santillana del Mar, con su trazado medieval perfectamente conservado, es parada obligada, y Comillas sorprende con el Capricho de Gaudí, una rareza modernista de 1885 en pleno Cantábrico.

Quien camine con tiempo debería desviarse a la Cueva de Altamira, donde las réplicas de las pinturas rupestres recuerdan que el arte también tuvo aquí su primera peregrinación.

En Asturias, el itinerario gana carácter. El puente romano de Cangas de Onís, la sidra escanciada en Villaviciosa o los paisajes de Ribadesella son momentos que marcan el paso. Es un tramo ideal para los que buscan equilibrio entre naturaleza y gastronomía: el restaurante Casa Gerardo (Prendes, dos generaciones de tradición y una estrella) demuestra que el Camino del Norte es también una ruta gastronómica de nivel.

Ya en Galicia, el paisaje cambia de nuevo. Las montañas se abren, los bosques se vuelven más densos y los pueblos más silenciosos. Desde Ribadeo, la costa lucense regala una de las postales más potentes de todo el recorrido: la playa de las Catedrales, con sus arcos naturales que solo pueden visitarse con marea baja y reserva previa. Es también el punto donde muchos peregrinos deciden empezar su ruta: una versión condensada y factible del Camino del Norte.

Comer y dormir en el Camino de Santiago
El Camino del Norte ha cambiado mucho en la última década. Donde antes había albergues básicos y menús del día, hoy hay hoteles boutique, casas rurales rehabilitadas y proyectos de diseño que reinterpretan la idea del refugio del peregrino.
En Llanes, La Hacienda de Don Juan combina arquitectura tradicional con spa, piscina y restaurante propio; en Luarca, el Hotel Rural Cantexos ofrece vistas a los prados y desayunos con pan recién hecho; y ya cerca de Santiago, A Parada das Bestas, en Palas de Rei, es una casa gallega convertida en hotel rural contemporáneo, con una cocina centrada en el producto local.
Comer bien no es un lujo en el Camino del Norte, es una obligación. Desde la merluza en salsa verde de Getaria hasta el cachopo asturiano, pasando por los quesos de cabra de Liébana o la empanada gallega, la gastronomía acompaña la ruta como un mapa paralelo. Incluso los menús del peregrino tienen otro nivel: muchos incluyen sidra natural o vino de cosechero.
El ritmo ideal es caminar entre 20 y 25 kilómetros al día, con descansos estratégicos para comer y descubrir los pueblos. Lo mejor, detenerse en un bar sin mirar el reloj o alargar la sobremesa en una terraza con vistas al mar.
Rutas más cortas: versiones asequibles del Camino del Norte
Aunque el trazado completo desde Irún a Santiago se recorre en unos 35 a 40 días, la mayoría de viajeros opta por hacer solo una parte, especialmente si no disponen de un mes entero. Existen varios puntos de inicio muy populares que reducen la duración sin perder la esencia del camino:
Estas rutas reducidas mantienen el espíritu del Camino del Norte, pero lo hacen más compatible con la vida actual. Muchos viajeros repiten: lo hacen por tramos cada año, completándolo en varias fases.

Datos y desvíos que merecen la pena
El Camino del Norte está lleno de rincones poco turísticos que justifican por sí solos la elección. En Cantabria, la Colegiata de Santa Juliana (Santillana del Mar) conserva uno de los mejores claustros románicos del país. En Asturias, el Monasterio de San Salvador de Cornellana ofrece un paréntesis de silencio absoluto. Y ya en Galicia, antes de llegar a Arzúa, vale la pena desviarse hasta el Monasterio de Sobrado dos Monxes, fundado en el siglo X, donde aún viven monjes cistercienses.
A nivel práctico, esta ruta exige algo más de preparación. El clima es impredecible: llueve con frecuencia incluso en verano, y el terreno puede embarrarse. Por eso se recomienda calzado impermeable, bastones ligeros y una chaqueta técnica. La recompensa es caminar entre eucaliptos, veredas rurales y pueblos con mucho encanto.
La llegada a Santiago (y lo que viene después)
Llegar a Santiago por el Norte tiene un sabor distinto. Siempre habrá otros peregrinos esperándote en la Plaza del Obradoiro con la sensación única de haber recorrido un territorio entero a pie, con todo lo que eso implica: cansancio, calma y la certeza de haber viajado de verdad.
Algunos peregrinos deciden continuar hasta Finisterre o Muxía, siguiendo la antigua tradición de llegar “al fin del mundo”. Son tres o cuatro días más y unos 90 kilómetros extra, pero la recompensa es simbólica: ver el sol caer sobre el Atlántico, con la mochila ya vacía.
