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Esta ciudad balneario es el destino favorito de la aristocracia europea y el mejor lugar para olvidarse del estrés
Cuando el estrés aún se llamaba “agotamiento nervioso”, Baden-Baden ya ofrecía una solución: agua caliente, paseos largos y silencio.
Durante el siglo XIX, cuando Europa aún viajaba en carruajes y las vacaciones eran una cuestión de estatus, había un nombre que se repetía entre emperatrices, escritores y grandes fortunas: Baden-Baden. Y todos venían aquí por lo mismo: a “tomar las aguas”, a dejarse ver en los salones y a recomponer el cuerpo y la cabeza tras las tensiones de la vida moderna en uno de los mejores balnearios del mundo. Doscientos años después, la ciudad mantiene esa misma función, solo que el estrés ya no viene de la corte imperial, sino del calendario, el móvil y la hiperconexión.
Situada al suroeste de Alemania, en la ladera de la Selva Negra y a apenas una hora de Estrasburgo, Baden-Baden conserva una elegancia difícil de imitar. No es monumental en exceso, algo que se agradece para despejar la mente. Su atractivo está en el conjunto: arquitectura Belle Époque, parques cuidados, balnearios históricos y una sensación constante de orden, calma y bienestar que se percibe nada más llegar.
Una ciudad construida alrededor del agua
Los romanos ya conocían el poder de las aguas termales que brotan aquí a más de 60 grados y que deberían estar entre los mejores balnearios de Europa. Fundaron Aquae Aureliae y sentaron las bases de una tradición balnearia ininterrumpida durante dos mil años. Pero fue en el siglo XIX cuando alcanzó su edad dorada y se transformó en el gran centro termal de Europa.
Reyes prusianos, aristócratas rusos, banqueros franceses y escritores como Dostoyevski o Turguénev convirtieron la ciudad en una especie de capital social del continente. Aquí se negociaban matrimonios, se cerraban acuerdos y se escribían novelas entre baño y baño. La ciudad creció para atender esa demanda: hoteles palaciegos, parques paisajísticos, teatros y paseos diseñados para caminar sin prisa. Ese legado sigue intacto.

Los balnearios: el verdadero centro de la ciudad
Baden-Baden no se desarrolló alrededor de una plaza mayor, tampoco alrededor de una catedral, sino alrededor de sus aguas termales. A diferencia de otros destinos wellness contemporáneos, aquí el termalismo nunca fue un complemento: fue la razón de existir.
El máximo exponente de esta tradición es el Friedrichsbad, inaugurado en 1877. Su edificio neorrenacentista resume la edad dorada de la ciudad. En su interior se conserva intacto el ritual romano-irlandés, una secuencia de 17 estancias que alternan calor seco, vapor, inmersión y reposo.
El recorrido, de casi tres horas, se realiza siguiendo una lógica corporal precisa, diseñada para estimular la circulación y liberar tensión física. Temperatura, iluminación y tiempos responden al mismo método que seguían los visitantes aristocráticos del siglo XIX.
Frente a él se encuentra Caracalla Therme, construido en los años ochenta sobre restos romanos. Más abierto y luminoso, combina grandes piscinas interiores y exteriores bajo cúpulas de cristal, con vistas directas a la colina. Es el espacio donde se cruzan viajeros y locales, y donde se entiende cómo el termalismo forma parte de la vida cotidiana de Baden-Baden.
Ambos balnearios conviven como dos caras de una misma tradición: el ceremonial histórico y la experiencia contemporánea, unidos por un mismo recurso natural que brota a más de 60 grados y alimenta la ciudad día y noche.

Una arquitectura pensada para caminar despacio
Baden-Baden fue diseñada para pasear antes de que el paseo se pusiera de moda. Durante el siglo XIX, la aristocracia europea llegaba aquí para pasar largas temporadas, y la ciudad se adaptó a ese estilo de vida. No se trataba de ver monumentos, sino de caminar, conversar y dejar pasar el tiempo.
El eje fundamental es la Lichtentaler Allee, un parque lineal de más de dos kilómetros que acompaña al río Oos. Diseñado como jardín paisajístico al estilo inglés, conecta balnearios, hoteles históricos, villas aristocráticas y museos. Es una avenida verde sin tráfico para recorrerse sin rumbo, donde la arquitectura aparece de forma gradual entre árboles centenarios.
Alrededor de este eje se levantaron edificios como el Kurhaus, con su columnata clásica y su casino —considerado uno de los más bellos de Europa—, el teatro, las antiguas casas de baños y los hoteles-palacio que definieron el carácter urbano de la ciudad. No hay grandes contrastes ni rupturas visuales. Baden-Baden se construyó como un escenario continuo. Esa coherencia es lo que permite recorrer la ciudad durante horas sin sensación de saturación.
Pasear aquí es el modo natural de conocer la ciudad. Entre balneario y balneario, entre parque y colina, Baden-Baden se descubre caminando, exactamente igual que lo hacían sus visitantes hace dos siglos.

Dormir como lo hacía la aristocracia
Baden-Baden conserva algunos de los hoteles históricos más refinados de Alemania. El Brenners Park-Hotel & Spa, abierto en 1872, sigue siendo el gran referente. Situado junto a la Lichtentaler Allee, sorprende con su arquitectura clásica, servicio impecable y uno de los spas médicos más reputados de Europa. Aquí se alojaron reyes, presidentes y artistas durante generaciones.
Otra dirección icónica es el Maison Messmer, antiguo palacio urbano reconvertido en hotel de lujo, con vistas directas al Kurhaus y acceso inmediato a los balnearios.

Comer bien es igual de importante
La gastronomía local refleja el carácter de la ciudad. Restaurantes como Röttele’s Restaurant & Residenz o Le Jardin de France —con estrella Michelin— trabajan cocina francesa y centroeuropea con técnica impecable. También hay espacio para tabernas refinadas donde probar platos de la región de Baden: vinos blancos del Rin Superior, espárragos de temporada y repostería clásica alemana reinterpretada con ligereza.
Comer es parte del tratamiento, como debe ser.
Naturaleza y cultura alrededor
Más allá del centro, Baden-Baden funciona como puerta de entrada a la Selva Negra. Senderos perfectamente señalizados parten directamente desde la ciudad hacia colinas boscosas, miradores y pequeños pueblos termales.
A pocos minutos se encuentra el Monte Merkur, al que se accede en funicular y desde donde se obtienen vistas abiertas sobre el valle del Rin. También destacan el Museo Frieder Burda, con una de las colecciones de arte moderno más importantes de Alemania, y el Festspielhaus, uno de los mayores teatros de ópera del país.