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La isla idílica donde se refugian los amantes del lujo silencioso: está en Francia y tiene diez pueblos preciosos
A la isla francesa de Ré se llega cruzando el puente que parte de La Rochelle. Es la Costa Azul del Atlántico, solo que con muchísimo menos turismo. Entre faros, viñedos, marismas, calles empedradas, coquetas casas y el omnipresente mar.
A la Isla de Ré la podríamos llamar Costa Azul del Atlántico y no iríamos desencaminados. Por su blancura, el mar y la austera sofisticación de sus rincones. Solo que este paraíso francés de la región de Nouvelle-Aquitaine, departamento de Charente-Maritime, está mucho menos expuesto, por no decir directamente aislado, en honor a su nombre. Tal vez la diferencia entre cualquiera de sus diez pueblos preciosos y los que salpican la Riviera, un Saint-Tropez, un Antibes o un Cassis, el pueblo que enamoró a Virginia Woolf, sea la que hay entre el océano y nuestro Mediterráneo.
Isla de Ré, un puente emblemático y diez pueblos preciosos
A la idílica Île-de-Ré la encontramos entre Burdeos, capital mundial del vino, y Nantes, con un parque de atracciones espectacular. Se llega desde La Rochelle a través de un puente, inaugurado en 1988, que roza los tres kilómetros y se eleva 42 metros sobre el mar. Solo cruzarlo ya es una aventura, sin barco pero marinera. Una vez en Rivedoux-Plage, que es donde desembocamos, lo mejor es hacerse con una bicicleta. Todo en Ré parece estar hecho para la bici. Su trazado, sus caminos, sus paseos, su naturaleza, su ritmo.

Rivedoux-Plage fue en origen un puerto pesquero y es el pueblo más joven de la isla, con iglesia moderna y una línea más contemporánea de lo habitual en estas tierras. Otra de sus señas de identidad es haber sido la primera zona ostrícola, así como el primer lugar de veraneo antes de construirse el puente. Ya anticipa lo que vendrá a continuación. Como prólogo de la coquetería, el arte de vivir, el buen gusto y el amor a la naturaleza, que se practican sin postureo ni esfuerzo.
Qué no te puedes perder en la muy francesa Isla de Ré
En Ré no hay que ir en busca de un rincón encantador, una bonita marina, una calle pintoresca o un sendero espectacular junto al mar porque, sin temor a exagerar, todos lo son. Y quien lo probó, quien se adentró en esta isla francesa por demás, lo sabe. Si Rivedoux Plage es el pueblo más moderno, La Flotte es uno de los más antiguos. Un pueblo de callejuelas típicas, de animado puerto con pequeños bistrós y terrazas, paseo marítimo y mercado de corte medieval, con puestos como cobertizos de madera.
La Flotte también es lugar de referencia en la isla porque acoge las adorables ruinas de la abadía de los Châteliers, joya cisterciense del siglo XIII, cuyas piedras sirvieron para levantar el Fort La Prée, construido en el reinado de Luis XIII (1613) para defenderse de los ingleses y remodelado por Vauban, el ingeniero de Luis XIV. No hay que perderse por nada del mundo ruinas tan románticas.

Lo bueno que tiene Île de Ré es que todo está cerca. Ars-en-Ré es famoso por sus casas blancas con contraventanas verdes, verdadera seña de identidad; por sus calles empedradas sembradas de malvarrosas, por sus salinas y por el campanario en blanco y negro de la iglesia románica-gótica de Saint-Étienne, con cimientos del siglo VII. Con sus 42 metros de altura sirve de faro a los barcos que entran en el Fier d'Ars, un auténtico mar interior.
El faro de las Ballenas y las olas cuadradas
Pero si hay algo que se alza como verdadero símbolo de Ré es el faro de las Ballenas (1854), localizado en Saint-Clément-des-Baleines, donde reina la naturaleza virgen, parecen narrarse al aire historias de naufragios y se siente como en ningún otro sitio la llamada del océano. Se puede entrar, curiosear en el museo que alberga y asomarse a su mirador, para lo que hay que subir 257 escalones y salvar 57 metros de altura.
A un lado, las salinas; al otro, el proceloso e infinito mar. Y en el mar, el curioso fenómeno de las olas cuadradas: las aguas cruzándose y componiendo una especie de tablero de ajedrez. Este faro tiene un alcance de 50 kilómetros. Y, en efecto, se llama así porque se llenaba de ballenas; hasta hace un siglo, eso sí.

Es el territorio de la playa de Conche des Baleines, acaso la más bella de la isla, bordeada por dunas. Termina en Pointe de Lizay, en el municipio de Les Portes-en-Ré. En este pueblo, entre pinares y marismas, con la tranquilidad como bandera, uno tiene la sensación de estar en el fin del mundo, pero con coquetos restaurantes, terrazas y tabernas. Cerca está la Reserva Natural de Lilleau des Niges, un paraíso para las aves migratorias y para nosotros. Un sitio idílico para el senderismo.
La Couarde-sur-Mer, en el corazón de la isla, es más de lo mismo. Fue una famosa estación balnearia. Un laberinto de encantadoras calles donde las flores cobran protagonismo, como en este pueblo medieval; donde un quiosco de música junto a la iglesia es el escenario de conciertos estivales; donde las playas aguardan a los amantes del surf, o donde pasear sin más porque resulta suficiente. Hay molinos, casas antiguas y viñas, aunque la ostricultura le está ganando terreno a la viticultura.
Por qué Île de Ré es la isla del lujo silencioso
En Loix también parece haberse detenido tiempo. Nada altera la belleza de la isla, su apuesta por una vida lenta, que le ha valido la etiqueta de Cittaslow. El espectáculo al que se asiste es natural, capitaneado por las marismas, que albergan una biodiversidad excepcional. Se pueden contemplar desde un sendero que serpentea entre salinas y olivares, pasando por el molino de mareas, vestigio de la época dorada del comercio de la sal, que fue el siglo XV. Esto es el verdadero lujo silencioso.

Llegamos, por fin, a la principal localidad de la isla, Saint-Martin-de-Ré, famosa por las fortificaciones de Vauban, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. No es lo único señalado. El campanario de su iglesia ofrece una excelente panorámica desde el faro de las Ballenas hasta el puente, incluso se atisban las islas de Aix y Oléron. Todo lo explican en el Museo Ernest Cognacq, instalado en un edificio contemporáneo.
Ya en Sainte-Marie-de-Ré, uno no puede sino reconocer que se enamoró sin remedio de la isla. ¿La culpa? Del mar, los puertos, las salinas, las casas, las iglesias, los viñedos, la artesanía, las rutas, los faros y el saber que no hace tanto era un santuario de ballenas.