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En Socuéllamos, provincia de Ciudad Real, hay dos mares: el de las viñas y el de las amapolas. La llamada Bodega de Europa despliega por primavera una auténtica alfombra roja natural. Hay que ir a verla. Parece un cuadro de Monet.
Es época de floración, de salir al campo y maravillarse ante el espectáculo que nos ofrece totalmente gratis la naturaleza. En el ciudadrealeño Socuéllamos, llegadas estas fechas, con la primavera a todo color, se despliega una auténtica alfombra roja gracias a las amapolas. Es el momento de desfilar por la que es también patria del vino.
Los amantes de los paisajes, la fotografía y hasta el impresionismo están de enhorabuena. Quién puede negar que esto parece un cuadro de Claude Monet. Como si estuviéramos en el Musée d'Orsay, en París, ante "Les coquelicots" en una nueva apuesta por los verdes y tranquilos prados frente a las urbes contaminadas y masificadas.
Socuéllamos, un mar de viñedos y otro de amapolas
Orgullosos de cómo se embellece el entorno, desde este municipio de Ciudad Real animan al personal a darse un chapuzón en el Mar Rojo de la Mancha o asistir a la subida de "la marea roja". Una llanura que se tiñe de carmín. O, dicho de otro modo, un paraíso a solo dos horas de Madrid. Se nota que tierra adentro siempre hubo nostalgia de mar. Esta vez no hay que irse a Castelluccio, en los Apeninos, que por abril se convierte en un tapiz multicolor, ni esperar a que el milagro propiciado por la lavanda suceda en Brihuega para julio.

En Socuéllamos, a las 27.000 hectáreas de viñedos -dicen que el mayor del mundo- se suman ahora miles de amapolas que ilustran esta estampa. En definitiva, sus dos mares: el de las flores y el de las viñas. Se ve de maravilla desde el Museo Torre del Vino, dedicado a su principal motor económico, dentro de la Denominación de Origen La Mancha. Este museo, ubicado en la antigua estación de ferrocarril, cuenta con un mirador panorámico a 40 metros de altura, con ascensor ídem. Los socuellaminos lo llaman el Faro de la Mancha.
Estamos en otro de los hitos del enoturismo patrio, que no todo iba a ser Rioja o Ribera. Ya Cervantes escribió en el "Quijote": "Tanto alababa el vino que lo ponía por las nubes, aunque no se atrevía a dejarlo mucho en ellas porque no se aguase". Es más, su venta de Manjavacas pudo inspirar aquella en la que Alonso Quijano fue armado caballero. Y en los aposentos de la Casa de la Encomienda de la Orden de Santiago pernoctó, al parecer, Santa Teresa de Jesús.
Un pueblo de comendadores en el corazón de la Mancha
Desde el Consejo Regulador de la D.O., que agrupa a 15.000 viticultores y unas 250 bodegas, recuerdan que la proximidad a la capital del reino hizo que los vinos de La Mancha se sirvieran habitualmente en la corte durante el fructífero Siglo de Oro. Marcó su destino la carta puebla (documento jurídico medieval) que le otorgó a esta villa don Juan Osórez, Gran Maestre de la Orden de Santiago, por la que eximía del pago de tributos a todo aquel que plantara viñas.

Amapolas y vino no están nada mal como reclamo, y no digamos ya si añadimos el poder inconmensurable de los buenos libros y el alentador senderismo. Este último está dirigido, en el caso concreto de Socuéllamos, a dejarse embriagar por los rojos campos. La ruta Monte de Lodares, de tres horas y media de duración y dificultad moderada, parte de la plaza de toros y va en dirección a la estación de tren para coger el camino de los Santos hasta el puente sobre el río Córcoles y la bodega EHD.
Tres rutas de senderismo para ver los campos en flor
Después, hay que internarse en el paraje de Macatela para llegar a la ermita de San Antonio y admirar ese maridaje impagable de las también llamadas ababoles y los viñedos. La sorpresa no termina ahí porque también salen al paso los típicos chozos manchegos, construcción destinada a pastores trashumantes y viticultores, heredada del siglo XV y uno de los mejores ejemplos de arquitectura popular en piedra seca, esto es, sin argamasa.

Una segunda ruta sería la de La Tinaja y Malagana, que comienza en la piscina municipal de verano, discurre entre olivares, viñedos y cereal, siguiendo el curso del río Córcoles hasta la Casa de la Tinaja y con parada obligada en el Monte de la Raya, un rincón idílico que pide pícnic. En total, 16 kilómetros, que pueden hacerse en cuatro cómodas y bien aprovechadas horitas.
La tercera es la ruta de la Casa La Torre, la más larga, 21 kilómetros. Tiene su inicio junto a dos ánforas halladas en los yacimientos íbero-romanos de El Bernardo y Torre de Vejezate, que dan testimonio de la importancia del cultivo de la vid en esta tierra desde el siglo I a.C. Se camina junto al Záncara hasta el Paraje de Titos, que toma el nombre de un molino donde se molía la harina de almortas o titos. Además, en este entorno fluvial se puede dar un paseo al gusto y disfrutar de un almuerzo al aire libre.