Soria está llena de pueblos con encanto y tesoros románicos: los imprescindibles de la gran desconocida de Castilla y León
Medinaceli, El Burgo de Osma y Berlanga de Duero son solo tres de las muchas joyas que atesora Soria. Una provincia llena de arte, historia y paisajes por descubrir.
Soria es nuestro mayor tesoro escondido, no ya de Castilla y León, la región con más Patrimonio de la Humanidad, sino de toda España. Vive ajena a los grandes núcleos turísticos y a la reinvención sin fin, y apenas ha sucumbido a los delirios de la modernidad. En Soria capital, aún es posible ponerse machadiano por el viejo Duero o rescatar de la memoria el poema de Gerardo Diego, "el mismo verso pero con distinta agua". Y también detener el tiempo para admirar la belleza desnuda del románico en los arcos a la intemperie de San Juan de Duero, en la fachada de Santo Domingo o en el ábside de San Juan de Rabanera.
Qué ver en Soria: arte y naturaleza
Toda la provincia es así, con un patrimonio cultural que va desde los yacimientos paleolíticos de Torralba y Ambrona hasta ciudades celtíberas y romanas tan renombradas como Numancia, Tiermes y Uxama, pasando por esa joya mozárabe que es la ermita de San Baudelio o por el gran castillo de Gormaz. Un recorrido fascinante, en medio de un gran silencio, por la historia y entre espacios naturales que la hacen más apetecible aún.

Empezando por la Laguna Negra, situada a 1.800 metros de altura al abrigo de un pinar infinito y rodeada de cuentos y leyendas, hasta el Pico de Urbión, a 2.228 metros, de donde parte el río Duero ufano con destino a Oporto, o el espectacular cañón del Río Lobos, que conduce a una ermita románica. Sin olvidar otros parajes menos conocidos, pero también a destacar, como el acebal de Garagüeta, el más grande Europa, o el sabinar de Calatañazor. Y con múltiples rutas de senderismo por las que perderse.
Este recorrido que planteamos pasa por algunos de los pueblos de Soria más ilustres, que se han conservado tal cual con el paso del tiempo. Tienen castillos, iglesias principales, arquitectura tradicional y calles empedradas. En ningún sitio como aquí para apreciar el valor de lo artesano, lo artístico y lo antiguo. Soria tiene un encanto particular; se diría que analógico.
Medinaceli, municipium romano y ducado
Medinaceli es uno de esos pueblos que le dejan a uno con la boca abierta de lo monumental que es y lo bien que se mantiene. Con la particularidad de que se halla a 1.210 metros de altitud en el Alto Jalón y entre las cuencas del Duero, el Ebro y el Tajo. Esta geografía privilegiada no les pasó desapercibida a los celtíberos, que plantaron la ciudad de Occilis en sus cercanías. Ni a los romanos, que la elevaron a la categoría de municipium y levantaron a su mayor gloria el famoso arco en el siglo I d.C., el único en la península de tres arcadas. En el siglo XIV ascendió a condado y seguidamente a ducado.

Sus calles son de piedra, laberínticas y tan estrechas que sus lados se pueden rozar con los dedos de la mano y sin estirar los brazos. Además, hay muralla, mirador del Cid, restos del castillo, puerta árabe -por la que se accedía al mercado-, nevero medieval y una plaza Mayor porticada, donde estuvo el foro, en la que se alzan dos de sus edificios más sobresalientes, ambos del siglo XVII. Por un lado, el palacio de los Duques de Medinaceli, que atesora un mosaico romano. Por otro, la alhóndiga, con su doble galería. Y, sobre esta, la torre de la colegiata de Nuestra Señora de la Asunción, del gótico tardío (1561). Se edificó sobre una iglesia románica, una de la doce que había en 1196.
El Burgo de Osma, un casco antiguo con mayúsculas
Este otro conjunto histórico-artístico soriano, uno de los más notables de la región, también nos lleva hasta la época de los celtíberos y los romanos, que la nombraron Uxama Argaela. El Burgo de Osma ya era sede episcopal a finales del siglo VI, de donde deriva su sobresaliente patrimonio. Entre el siglo X-XI, los árabes la dotaron de castillo, que aún está en pie, y en el s. XV, el burgo medieval se protegió con una muralla, de la que se ven algunos tramos.

De todo su excelso patrimonio despunta la catedral de Nuestra Señora de la Asunción, románica en un primer momento, pero después gótica -atención al claustro-, renacentista -véase la fachada-, barroca -ahí está la torre- y neoclásica -la girola, la capilla de Palafox o la sacristía mayor-. Además, hay que pasearse por la calle Mayor, admirar el Palacio Episcopal (s. XVI), desembocar en la plaza Mayor para detenerse en el ayuntamiento (XVIII) y el antiguo hospital de San Agustín (XVII-XVIII), y abandonarse a este interesantísimo suma y sigue.
Berlanga de Duero, el Cid y una ermita mozárabe
Esta villa enclavada en la hoz del río Escalote, en territorio fronterizo, tuvo como primer alcalde nada menos que al Cid Campeador, a quien Alfonso VI le otorgó el señorío. Solo por eso ya resulta increíble, pero es que además luce un soberbio castillo del siglo XV dominando el paisaje. A sus pies, un casco urbano en el que aún se respira el ambiente medieval, con calles empedradas en las que se suceden las casas señoriales, el palacio de los Duques de Frías, el convento, la puerta de Aguilar y, presumiendo de arquitectura castellana, la plaza Mayor.

La colegiata, de factura gótica y paradigma de la planta de salón, acapara todas las miradas. De esa misma época, siglo XVI, es la ermita de la Soledad, que tiene a su vera el singular rollo gótico. Pero la palma se la lleva la ermita de San Baudelio, un templo mozárabe del siglo XI situado en Casillas de Berlanga, a solo nueve kilómetros. Todas sus paredes estaban cubiertas de pinturas. Algunas todavía están en su sitio, pero otras se reparten entre el Museo del Prado y los museos de Boston, Nueva York, Cincinnati e Indianápolis. Su Centro de Interpretación, sin embargo, se ubica en el propio Berlanga.