Todos los motivos para viajar a esta bonita ciudad de la Provenza: un famoso pintor y una montaña mágica
Así de inspiradora es la Bastide du Jas de Bouffan, donde Cézanne empezó a pintar. FOTO : SOPHIE SPITERI/AIX TOURISME.

Todos los motivos para viajar a esta bonita ciudad de la Provenza: un famoso pintor y una montaña mágica

Aix-en-Provence es una ciudad eminentemente cultural. Porque es la cuna de Cézanne, por su festival de ópera y porque está llena de museos. El patrimonio histórico convive de maravilla con el arte contemporáneo. Por suerte, la tenemos a solo tres horas de España, muy cerca de Marsella.

Ángeles Castillo | Julio 14, 2026

Si a la Costa Azul fuimos tras las huellas de Pablo Picasso, concretamente a Antibes, Vallauris, Cannes y Mougins, a Aix-en Provence vamos en busca de Paul Cézanne (1839-1906), considerado padre de la pintura moderna. Estamos de nuevo en el sur de Francia, a apenas treinta kilómetros de Marsella, la ciudad más antigua del país, y del Mediterráneo. Y a solo tres horas de España. En la Provenza, la región sublimada en primavera por los campos de lavanda. Sobre todo cuando se convierten en la alfombra violeta desplegada en torno a edificios tan austeros y evocadores como la abadía cisterciense de Sénanque (s. XII), muy cerca del pintoresco e imprescindible pueblo de Gordes, más al norte, en dirección a Aviñón, la ciudad de los papas.

Qué ver en Aix-en-Provence

Aix-en-Provence tiene todo el encanto provenzal, amparado además por la montaña Sainte-Victoire, que Cézanne pintaba una y otra vez, hasta en ochenta ocasiones. No es el Mont Ventoux, que asombra con sus 1.909 metros y que llegó a escalar Petrarca en 1336, pero sí tiene un porte característico, que no solo sedujo al autor de "Los jugadores de naipes". También atrajo como un imán a Kandinsky y a Picasso, quien en 1958 adquirió el château de Vauvenargues, situado a sus pies. El malagueño vivió entre sus muros de 1959 a 1961 y allí está enterrado.

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La montaña Sainte-Victoire en Aix-en-Provence, que tantas veces pintó Cézanne. FOTO: MARTIGUES TOURISME.

Subir, por ejemplo, a la Croix de Provence, a 949 metros, no es una excursión más. Es ascender a un territorio que ha traspasado la barrera de lo real. La ruta de senderismo clásica sale de la presa de Bimont, cerca de Saint-Marc-Jaumegarde, a unos siete kilómetros de Aix, y exige estar en buena forma física, porque es un ascenso continuado con un desnivel de unos 800 metros. Pero las vistas desde la cumbre son un regalo.

La ciudad de las mil fuentes y el lujo silencioso

Aix-en-Provence, capital de la región histórica de la Provenza, fundada en el año 123 a.C. por el cónsul romano Cayo Sextio Calvino, tiene además el aliciente de ser la ciudad de las mil fuentes, que están en cada plaza recoleta y por todas partes. Animan un paseo que discurre entre fachadas de color ocre, que se debe a la piedra extraída desde hace siglos de las canteras de la zona, a un ritmo que no tiene nada que ver con el frenesí marsellés de gran ciudad, portuaria además, sino con los rituales cotidianos de una villa que abraza con familiaridad eso que se llama lujo silencioso. Nada la hace especialmente sobresaliente, pero todo lo es. El gran reclamo turístico, desde luego, es Cézanne.

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El Cours Mirabeau es una de las calles principales de Aix-en-Provence. FOTO: SOPHIE SPITERI/TOURISME AIX.

Aquí lo que se impone es vagar por el Cours Mirabeau, el animado bulevar entre plataneras que conecta la ciudad vieja y el señorial barrio Mazarin, y deleitarse con su elegancia arquitectónica, protagonizada por los palacetes de los siglos XVII y XVIII, y los cafés con solera. En Le Deux Garçons (1792), un joven Paul Cézanne compartía confidencias con Émile Zola, su amigo de la infancia. Zola, célebre por su implicación en el caso Dreyfus con la publicación del artículo "J'accuse", había nacido en París, pero el trabajo de su padre arrastró a la familia a Aix. Fue refugio también de Picasso o de Jean Cocteau, y lo sigue siendo de los asistentes a su famoso festival de ópera.

Mansiones del siglo XVII y arte contemporáneo

El barrio Mazarin se diseñó para los parlamentarios y la alta burguesía de la época. Tiene como icono la plaza de los Cuatro Delfines, de 1667, con una de las fuentes más hermosas y fotografiadas de la villa. Está rodeada de mansiones. En una de dos vías principales, la Rue Cardinale, está el Hôtel de Gallifet, un palacete del siglo XVIII dedicado al arte contemporáneo, y también el Collège Mignet, donde estudiaron los dos amigos.

Por esta calle se llega hasta la iglesia de Saint-Jean de Malte, que perteneció a los caballeros de San Juan de Jerusalén, luego Orden de Malta, establecidos en Aix desde el siglo XII. Es de estilo gótico provenzal y luce un campanario del XVI rematado por una aguja. Al lado, está el Museo Granet, en el antiguo palacio de Malta, con obras de Rembrandt, Ingres y Cézanne. Este museo tiene su ampliación en la antigua capilla de los Penitentes Blancos (1654).

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La torre del Reloj es una de las joyas monumentales de Aix. FOTO: MARTIGUES TOURISME.

Se respira aire artístico en cada rincón, que se acentúa con los mercados instalados en las plazas del casco antiguo, ya sea la Place des Prêcheurs o la Place de l'Hôtel de Ville, donde los tomates de siempre se mezclan con los quesos de cabra curados con hierbas provenzales y las flores. En esta última plaza se ubica la torre del reloj (1510), antigua puerta de entrada. Estamos en el barrio de Saint-Saveur, pisando lo que fue la ciudad romana, que llega hasta la catedral del mismo nombre, construida sobre el templo de Apolo en plena Edad Media, con tres naves, románica, gótica y barroca, además de un claustro que es una joya del románico y un campanario octogonal (s. XIV). Frente a ella, la universidad.

La casa familiar y el taller de Cézanne

Cézanne nació y murió aquí, pero además elevó a Aix a asunto casi mitológico. Hay una ruta que permite ir tras sus pasos. Nos lleva hasta la Bastide du Jas de Bouffan, la finca familiar de cinco hectáreas donde el hijo del banquero descubrió que quería ser pintor y donde vivió durante 40 años. Pintó incluso una docena de murales entre 1860 y 1870. Por fortuna, se puede visitar: curiosear en los dormitorios y en la gran cocina o pasear por los jardines.

A continuación hay que recalar en su atelier, enclavado en la colina de Lauves. Un estudio que se conserva tal y como el artista lo dejó en 1906. Fuera, un frondoso jardín. Dentro, su mundo. Desde las piezas de loza que dieron vida a sus naturalezas muertas hasta sus muebles y su material de trabajo.

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El atelier de Cézanne en Aix-en-Provence. FOTO: AIX-EN-PROVENCE TOURISME.

Pero se puede ir más allá, en un viaje que empieza en las canteras de Bibémus, de donde se extrae la piedra dorada de la ciudad, y termina en las formas geométricas de sus cuadros, que marcarían la senda seguida por Picasso y Braque hacia el cubismo. El acceso a la cantera, explotada desde la Antigüedad, pero prácticamente abandonada en época de Cézanne, está en la carretera de Aix a Vauvenargues. En esa planicie rocosa, el pintor alquiló una pequeña cabaña en la que pintar y guardar sus telas, desde la que veía la montaña Sainte-Victoire y se dejaba empapar por toda esa naturaleza.

TURIUM TIPS

El Château La Coste es la suma de vino, gastronomía, arte y arquitectura. Hay obras de Alexander Calder, Louise Bourgeois o Matisse, además de un restaurante que lleva la firma del arquitecto japonés Tadao Ando. Ofrece alojamiento.
La Fundación Vasarely también pone el contrapunto a una ciudad antigua como Aix-en-Provence. Inaugurada en 1976, responde a los valores que defendió este creador futurista, padre del op art.
En el Pavillon de Vendôme (1665), rodeado de un parque a la francesa, se puede ver cómo era una vivienda de Aix en los siglos XVII y XVIII. Es muy barroco y con una historia jugosa detrás.
Aix está lleno de museos. El Musée du Palais de L’Archevéché alberga una rica colección de tapices antiguos y de arte textil contemporáneo. En el Musée Estienne de Saint Jean, una mansión del XVII, hay muebles, cuadros, biombos, loza o trajes.
Hay que probar los calissons d’Aix en alguna de sus confiterías históricas, Roy René o Pâtisserie Béchard. Es una pasta de almendras con melón confitado y corteza de naranja.