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En esta península de Turquía veranean los turcos: pueblos blancos y calas paradisíacas
En esta espectacular península de Turquía veranean los propios turcos: pueblos blancos y calas paradisíacas
Calas de agua transparente, pueblos blancos, tabernas familiares y uno de los hoteles más espectaculares del Mediterráneo conviven en un equilibrio cada vez más difícil de encontrar. Tenemos que hablar de la península de Datça.
Un solo dato nos sirve para que te hagas una idea de lo que te espera en la península de Datça: más del 70% de su superficie permanece protegida frente a grandes desarrollos urbanísticos. Esa decisión, tomada hace décadas, ha condicionado por completo su evolución. Su gran atractivo son pequeñas bahías repartidas a lo largo de más de 235 kilómetros de costa, pueblos de pocas calles, olivares, almendros y una de las geografías más singulares de Turquía.
La península comienza en Marmaris y se adentra unos 80 kilómetros entre el mar Egeo y el Mediterráneo hasta alcanzar el cabo de Tekir, donde se encuentran las ruinas de la antigua ciudad de Knidos. Esa ubicación ha convertido este territorio en un lugar estratégico desde la Antigüedad. Fenicios, dorios, romanos y bizantinos dejaron aquí su huella mucho antes de que el turismo apareciera en el mapa.
Hoy sigue siendo uno de esos destinos que los propios turcos recomiendan cuando alguien pregunta dónde escapar durante el verano. Muchas familias de Estambul, Esmirna o Ankara tienen casa en la zona o regresan cada temporada durante varias semanas.

Más que playas: pueblos, arqueología y buena gastronomía
Datça merece recorrerse despacio porque cada pocos kilómetros cambia el paisaje. El núcleo principal concentra el puerto deportivo, restaurantes con el mejor pescado fresco, terrazas junto al agua y un agradable paseo marítimo que al atardecer se llena de vecinos mucho más que de turistas.
A apenas unos minutos aparece Eski Datça, el antiguo pueblo. Sus calles empedradas, las casas tradicionales restauradas y los patios cubiertos de buganvillas te inspirarán como a tantos artistas y escritores que han viajado hasta aquí. El poeta Can Yücel, una de las figuras más importantes de la literatura turca del siglo XX, pasó aquí buena parte de su vida, y su antigua vivienda sigue siendo uno de los lugares más visitados del pueblo.
La gastronomía también tiene personalidad propia. Datça produce las almendras más apreciadas de Turquía y buena parte de la economía local gira alrededor de este cultivo. En verano abundan los puestos donde comprar almendras frescas, miel de tomillo, aceite de oliva o vinos elaborados en pequeñas bodegas de la región. Los restaurantes apuestan por una cocina sencilla basada en pescado del día, pulpo, calamar, verduras de temporada y los clásicos meze turcos.
Las playas tampoco responden al modelo de grandes arenales. Aquí predominan las pequeñas bahías de aguas muy transparentes, muchas de ellas rodeadas de pinares. Palamutbükü es la más conocida por la calidad de su agua y la oferta gastronómica situada junto al mar. Ovabükü conserva un ambiente mucho más tranquilo, mientras que Hayitbükü es una de las favoritas entre las familias por el fácil acceso y la poca profundidad de sus aguas.

D Maris Bay, el hotel que ha situado Datça en el mapa
Aunque la península mantiene un perfil discreto, existe una excepción que ha contribuido a darla a conocer fuera de Turquía: D Maris Bay.
El hotel ocupa una ubicación privilegiada dentro de una reserva natural, rodeado por montañas cubiertas de pinos y cinco playas a las que se puede acceder caminando o en pequeñas embarcaciones del propio establecimiento. Su arquitectura aprovecha el desnivel del terreno para que prácticamente todas las habitaciones disfruten de vistas abiertas sobre el mar.
Durante los últimos años se ha convertido en uno de los grandes hoteles de lujo del Mediterráneo oriental gracias a una propuesta que combina privacidad, diseño contemporáneo y una oferta gastronómica muy cuidada.
A diferencia de otros resorts de lujo, el entorno sigue siendo el verdadero protagonista. Las playas mantienen un aspecto prácticamente natural y buena parte de las actividades giran alrededor del mar: excursiones en barco, paddle surf, submarinismo o navegación por las numerosas calas que salpican la península.

Knidos: una ciudad de hace 2.400 años frente al mar
Recorrer la península hasta el extremo occidental supone llegar a uno de los enclaves arqueológicos más importantes de Turquía. Knidos fue una de las ciudades más influyentes del mundo griego entre los siglos IV y II a. C., famosa por su puerto, su actividad comercial y por albergar la célebre Afrodita de Praxíteles, considerada una de las esculturas más admiradas de la Antigüedad.
Hoy pueden recorrerse el teatro, los templos, parte de las murallas y los restos de los dos puertos naturales que hicieron prosperar la ciudad. La visita resulta interesante al final de la tarde, cuando baja la temperatura.

La carretera hasta Knidos ya merece el viaje por sí sola. Durante cerca de 40 kilómetros atraviesa pequeñas aldeas, campos de almendros y miradores que te harán parar para hacer algunas fotos.
Datça no necesita una gran campaña de promoción internacional. Lleva décadas funcionando gracias al turismo nacional y a un número creciente de viajeros que llegan por recomendación. Quien dedica unos días a recorrerla descubre una costa donde todavía es posible alternar un desayuno en una plaza de pueblo, un baño en una cala casi vacía, una visita arqueológica y una cena frente al mar. Y todo sin recorrer grandes distancias.