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Aquí nació el glamour de la Riviera Francesa: la increíble historia del Hôtel du Cap-Eden-Roc
El hotel donde nació el glamour de la Riviera Francesa: la increíble historia del Hôtel du Cap-Eden-Roc
Entre Cannes y Niza existe un rincón donde escritores, aristócratas, estrellas de Hollywood y magnates comenzaron a construir el imaginario de la Costa Azul. Todo empezó mucho antes de Instagram y de los yates.
La Riviera Francesa no siempre fue el lugar donde absolutamente todo el mundo quería pasar agosto. Alguien tuvo que inventar esa idea. Ponerla de moda. Convertir el destino en un sueño de verano. Y, aunque solemos asociarla a Brigitte Bardot, al Festival de Cannes o a los yates de Saint-Tropez, buena parte de ese imaginario empezó unos kilómetros más al este, en una finca de pinos centenarios situada en la punta del Cap d'Antibes. Allí se levanta el Hôtel du Cap-Eden-Roc, probablemente el hotel que más ha contribuido a convertir la Costa Azul en sinónimo de glamour internacional.
La publicista de Hollywood Peggy Siegal lo definió como "un reportaje de Vogue hecho realidad". Slim Aarons inmortalizó allí algunas de las fotografías más icónicas del lujo mediterráneo del siglo XX. Y F. Scott Fitzgerald encontró suficiente inspiración entre sus terrazas y sus huéspedes para convertirlo en el ficticio Hôtel des Étrangers de "Suave es la noche". Son tres formas distintas de decir lo mismo: pocos hoteles han generado un universo cultural tan reconocible.
Pero tenemos un dato curioso: cuando abrió sus puertas en 1870, el plan era completamente diferente. Su fundador, Hippolyte de Villemessant, creador de Le Figaro, imaginó un gran hotel de invierno para la aristocracia británica. La ubicación era extraordinaria, pero el negocio no terminó de despegar. La auténtica revolución llegó medio siglo después.

El verano que cambió la historia de la Costa Azul
En 1923 ocurrió algo aparentemente sencillo que acabaría transformando la Riviera. Gerald y Sara Murphy, un matrimonio estadounidense de inmensa fortuna y enorme influencia en los círculos artísticos de París, convencieron a la dirección del hotel para mantenerlo abierto durante el verano. Hasta entonces la temporada alta era el invierno.
Aquella decisión cambió las reglas del juego. Los Murphy comenzaron a invitar a sus amigos a pasar largas temporadas en el Cap d’Antibes. La lista parece el cartel de un festival cultural imposible: Pablo Picasso, Ernest Hemingway, Gertrude Stein, Cole Porter, Jean Cocteau, Ezra Pound, Igor Stravinsky, Fernand Léger, Rudolph Valentino o el propio F. Scott Fitzgerald, que acabaría inmortalizando ese ambiente en una de sus novelas más celebradas.

Fue entonces cuando la Riviera dejó de ser únicamente un refugio climático para convertirse en un escenario social. Las fiestas en la playa, las cenas interminables y las tertulias junto al mar empezaron a atraer a una generación de artistas y millonarios que inventó una nueva forma de entender el verano. Es difícil saber qué sucedía realmente en aquellas noches —la discreción siempre ha sido parte de la identidad del hotel—.
La fama del hotel siguió creciendo durante las décadas siguientes. Rita Hayworth vivió aquí parte de su romance con el príncipe Aly Khan; Marlene Dietrich inició en el Cap d'Antibes su relación con Joseph P. Kennedy durante el verano de 1938; y las familias Kennedy, Windsor o Grimaldi convirtieron el establecimiento en una segunda residencia estival.
Es imposible separar la leyenda de la realidad en un lugar donde el silencio siempre ha formado parte del servicio. Otro detalle resume bien esa filosofía: no aceptó tarjetas de crédito hasta 2005.
Mientras el resto del mundo se acostumbraba al plástico, aquí todavía se pagaba mediante transferencias o facturas personales. La privacidad siempre ha cotizado más alto que la comodidad.

La piscina más famosa de la Costa Azul y dónde perderse
Aunque el edificio principal conserva el aire elegante de finales del XIX, la imagen más conocida del hotel es mucho más reciente. La piscina excavada directamente sobre la roca, inaugurada en 1914 y alimentada con agua de mar, se ha convertido en uno de los lugares más fotografiados del Mediterráneo. Slim Aarons la inmortalizó en una imagen icónica. ¿El problema? La piscina ya no es la misma, está en el mismo lugar pero ahora tiene otra silueta y un apellido infinity, cómo no.
El hotel ocupa cerca de nueve hectáreas de jardines donde conviven pinos, cipreses y vegetación tropical. Incluso existe un pequeño cementerio para perros, una rareza que recuerda hasta qué punto algunas familias aristocráticas llegaron a considerar este lugar como una auténtica residencia de verano.
Cada primavera, además, el Hôtel du Cap-Eden-Roc vuelve a ocupar titulares durante el Festival de Cannes. Muchas de las fiestas más codiciadas no suceden realmente en La Croisette, sino aquí, lejos del ruido.

Una guía para descubrir el Cap d’Antibes
La mejor forma de entender por qué este hotel sigue siendo especial consiste en salir de él. El Sentier du Littoral, también conocido como Chemin des Douaniers, rodea buena parte del Cap d'Antibes a través de un recorrido de unos cinco kilómetros entre acantilados, pequeñas calas y antiguas villas Belle Époque.
Muy cerca aparece la Villa Eilenroc, una elegante residencia construida en 1867 rodeada de jardines abiertos al público. Desde aquí se obtienen algunas de las mejores vistas sobre la bahía de Juan-les-Pins.
La Plage de la Garoupe es una de las playas más atractivas de la península. No es especialmente grande, pero mantiene ese equilibrio entre tradición y sofisticación que caracteriza a esta parte de la Costa Azul. Muy cerca, Keller Beach conserva el ambiente de los clásicos clubes de playa franceses.

Antibes merece dedicarle al menos una jornada completa. Su casco histórico sigue protegido por las murallas diseñadas por Vauban y conserva un entramado de calles donde abundan pequeños comercios, galerías y terrazas. El antiguo Château Grimaldi alberga el Museo Picasso, instalado en el edificio donde el artista trabajó durante varios meses en 1946 y dejó una importante colección de obras.
A pocos minutos aparece Juan-les-Pins, sinónimo de arquitectura art déco y sede del festival Jazz à Juan, uno de los encuentros de jazz más antiguos de Europa.
Cannes queda a media hora, aunque conviene escaparse también al barrio de Le Suquet y al mercado de Forville para descubrir una ciudad menos pendiente de la alfombra roja que en su mes de celebración. En dirección contraria, Niza ofrece una combinación difícil de igualar entre museos —Matisse y Chagall son imprescindibles—, gastronomía y paseos frente al mar.
La Costa Azul está llena de hoteles extraordinarios, pero pocos pueden presumir de haber cambiado el destino de todo un territorio.