Las playas gallegas que eligen los madrileños que más disfrutan del verano desde hace años
Cada verano, miles de madrileños cambian el asfalto por el Atlántico. No es una moda reciente: llevan décadas regresando a las mismas playas. Es normal. Quien prueba Galicia repite.
Si alguien quiere comprobar que Madrid tiene salida al mar, basta con acercarse a las Rías Baixas un fin de semana de agosto. Los coches llegados desde la capital llenan los aparcamientos como las bateas ocupan las rías y las terrazas cambian ligeramente de acento. La escena se repite desde hace décadas y ha terminado formando parte del paisaje. Tanto que esta zona de Galicia acabó adoptando un sobrenombre por sus playas que despierta tantas sonrisas como rechazos: Gali-fornia. Hay quien lo utiliza con orgullo, quien lo detesta y quien simplemente asume que resume un fenómeno muy real.
No es difícil entender por qué tantos madrileños eligen Galicia. Mientras buena parte del Mediterráneo ha ido elevando sus termómetros y multiplicando la presión turística, Galicia sigue ofreciendo lo que ahora es un lujo: temperaturas relativamente suaves incluso en pleno agosto al menos por la noches, playas inmensas donde todavía es posible caminar, una gastronomía difícil de igualar y una costa tan diversa que permite cambiar completamente de paisaje recorriendo apenas unos kilómetros.

Donde empezó todo: las playas clásicas de las Rías Baixas
Si existe un lugar que explica esta relación entre Madrid y el verano gallego, ese es Sanxenxo. Antes de convertirse en uno de los destinos más conocidos del norte de España ya era un clásico para muchas familias madrileñas, que comenzaron a llegar durante los años setenta y ochenta atraídas por un modelo de vacaciones muy distinto al del Mediterráneo.
La playa de Silgar sigue siendo el gran salón al aire libre de la localidad. Su paseo marítimo concentra hoteles históricos, cafeterías, heladerías y restaurantes donde resulta habitual encontrarse con varias generaciones de una misma familia veraneando juntas. Hay pocas playas españolas donde se perciba con tanta claridad esa sensación de continuidad: los niños que jugaban aquí hace treinta años son hoy quienes empujan el carrito de sus hijos.
A pocos kilómetros aparece A Lanzada, probablemente el arenal más icónico de las Rías Baixas. Sus más de dos kilómetros de arena abierta, el viento constante y el oleaje atlántico la han convertido en uno de los grandes referentes del surf gallego y en una playa donde siempre parece haber sitio, incluso en los días de mayor afluencia. Es también uno de los escenarios que mejor representa ese imaginario de Gali-fornia.
Más recogida resulta Areas, una playa que muchos consideran una de las mejores de la ría de Pontevedra para ir en familia. El agua suele estar algo más calmada y el ambiente conserva ese equilibrio entre residentes y visitantes habituales que hace que muchos regresen exactamente al mismo rincón año tras año.
Portonovo, O Grove, Combarro o la isla de A Toxa completan un recorrido que buena parte de esos veraneantes conoce casi de memoria. Lo curioso es que rara vez hablan de "viajar" a Galicia. Dicen simplemente que "suben", como quien vuelve a una segunda casa.

Las playas donde repiten quienes llevan media vida viniendo
Muchos madrileños empiezan pasando todos los veranos en Sanxenxo y terminan ampliando el mapa. Descubren otros arenales, prueban nuevas rutas y acaban encontrando playas para visitar.
Una de ellas es Rodas, en las islas Cíes. La limitación diaria de visitantes, necesaria para proteger el Parque Nacional Marítimo-Terrestre de las Islas Atlánticas, ha permitido conservar uno de los paisajes costeros más espectaculares de Europa. Conseguir plaza para desembarcar en agosto exige planificación.
Más al sur, Corrubedo supone una experiencia completamente distinta. El enorme sistema dunar protegido, la laguna de Carregal y la amplitud del arenal crean una sensación de espacio difícil de encontrar en otros destinos del verano español. El paisaje tiene tanto protagonismo como la propia playa.

La inmensa Carnota, con más de siete kilómetros de longitud, permite algo que cada vez resulta menos frecuente en agosto: caminar varios minutos sin sensación de agobio. Muy cerca esperan el hórreo más largo de Galicia y el monte Pindo, dos visitas para un plan bastante más completo que solo un chapuzón.
En la Costa da Morte, Nemiña, Praia do Trece o Soesto siguen atrayendo a quienes prefieren el Atlántico en su versión más salvaje. Son playas donde el viento decide el carácter del día y donde el paisaje mantiene una fuerza difícil de domesticar. No gustarán a todo el mundo pero sí impresionarán.

El lujo de las playas gallegas
Galicia lleva años apareciendo entre los destinos que más crecen durante el verano, pero la mayoría de quienes vienen desde Madrid no persiguen novedades. Buscan exactamente lo contrario: regresar al restaurante donde llevan reservando mesa veinte años o comprar la empanada en el mismo obrador.
También ha cambiado la forma de veranear. El teletrabajo ha permitido alargar las estancias y repartir mejor las vacaciones. Cada vez es más habitual encontrar familias instaladas durante varias semanas en municipios como Bueu, Cangas, Muros, Porto do Son, A Guarda o incluso en la Mariña lucense, destinos donde el ritmo continúa siendo mucho más pausado.
Los hosteleros conocen bien esa fidelidad. Hay clientes que reservan el mismo apartamento desde hace treinta años y camareros que han visto crecer a tres generaciones de una misma familia. No hay mejor sello de calidad.